Con la abdicación del monarca el impulso de la transición se ha agotado completamente. Es ya hora de volver a proponer lo que se nos escamoteó en la tan cacareada transición: un proceso por el que se legitimó la Monarquía instaurada por el dictador bajo las amenazas del ejército, todavía franquista y ya pregolpista, la Santa Sede, el Departamento de Estado y la socialdemocracia alemana. En ese momento se escamoteó la decisión sobre la república y se aceptó por prudencia política la monarquía. Pero hoy, casi cuarenta años después de ese momento y con una democracia consolidada, es ya el momento de volver a plantear las graves decisiones que se sustrajeron a la decisión del pueblo. A eso se añade el deterioro creciente de la institución monárquica por la actuación nada ejemplar de varios de sus miembros.
Aunque la crítica a la Monarquía tiene que ser esencial, por su irracionalidad y extemporaneidad, más que accidental, la deplorable actuación de algunos de sus miembros, estas últimas consideraciones no dejan de tener su importancia en la situación actual.
Cuando una proyección de las últimas elecciones asegura a los partidos defensores de la República más de un 25% de los votos no se puede permitir que los automatismos constitucionales impongan un Jefe del Estado sin refrendo popular. Es hora de que las opciones republicanas se movilicen para poder decidir sobre este asunto de trascendental importancia.






