Reseña de la obra de Iliá Ehrenburg, Gente, años, vida. Memorias 1981-1967

Iliá Ehremburg, un escritor soviético

Gente, años, vida. Memorias 1891-1967, ed. Acantilado, Madrid 2014; traducción de Marta Rebón.

La editorial Acantilado ha publicado este año uno de los libros más extraordinarios del siglo XX en el género de las Memorias: Gente, años, vida. Memorias 1891-1967, de Iliá Ehrenburg. Es la primera vez que se publica íntegro en español. No puedo dejar de mencionar la enorme tarea que ha llevado a cabo Marta Rebón traduciendo un libro tan complejo, y extenso, pues hay que recordar que ocupa 1994 páginas de una edición cuidadísima y minuciosa, como es costumbre de esta editorial.

Ciertamente, los editores, fieles a la línea de difamación sistemática de la era soviética, han considerado interesante publicar este libro porque Iliá Ehrenburg -autor de El deshielo- ha pasado por ser un personaje que, siendo “colaborador del régimen comunista”, de alguna manera manifestó su desacuerdo con las políticas estalinistas, y tuvo particulares problemas, como él mismo reconoce en el libro, cuando pretendió junto con Vasili Grossman editar el famoso Libro negro; un libro que finalmente no sería publicado tal como ellos lo concibieron sino en versiones más abreviadas, después de que muchos de los extraordinarios documentos acumulados desaparecieran irremediablemente. Para la editorial, estas memorias tienen, entre otros méritos, el mostrarnos cómo el autor hizo propaganda a favor del comunismo entre los amigos que conoció en Europa, y el haber sido, citando palabras de Nadiezhda Mandelstam, “el único de sus libros que desempeñó un papel positivo en su país, porque –afirma- abrió los ojos a una minoritaria intelligentsia”. Sin embargo, estos méritos pueden confundir al lector. En todo caso, quienes mantengan un interés histórico, filosófico, o positivo por los acontecimientos del siglo XX en relación con el papel que en ellos jugó la Unión Soviética y, particularmente, este imprescindible autor, tendrán que evitar las solapas del libro y leerlo sin dilación.

Es la moda. Ahora que ya no existe la URSS seguimos viendo a Rusia bajo los mismos parámetros antisoviéticos y, con el conflicto de Ucrania en primer plano, se han rescatado todas las estrategias retóricas utilizadas en época de la Guerra Fría. Hollywood lo sigue haciendo a discreción. Por si eso fuera poco, rusos son también muchos de los malvados de todas las sagas de los juegos de ordenador, Play station, o Xbox. Los escenarios de las batallas de los juegos bélicos en territorio ruso son constantes, y sus imágenes siniestras abundan en la estúpida obsesión de Occidente por demonizarlos hasta el absurdo.

?Ocurre con la URSS algo parecido a lo que ocurre con la historia general de Hispanoamérica desde su conquista hasta la organización de las naciones independientes durante el siglo XIX. Ese enorme período ha quedado en tierra de nadie, porque nadie pretende recuperarlo en el ámbito de su propia historia. Para los nuevos estados es una historia nefanda, igual que para España, uno de los estados que más profunda y sistemáticamente reniega de ese pasado.

Dónde situamos ahora a Iliá Ehrenburg; quién lo va a reivindicar como autor. Quedan sus memorias en tierra de nadie, porque no son, en absoluto, las memorias de un renegado, tampoco las de un disidente. Al contrario, son las memorias de una de las figuras más emblemáticas de la literatura soviética. Un escritor soviético. Ni judío, ni ruso, nacido en Kiev, de familia judía, escribió en ruso y fue siempre comunista; y a medida que vamos avanzando en la lectura nos damos cuenta del profundo compromiso que conformó toda su vida con la URSS como plataforma objetiva del comunismo.

La obra tiene diferentes niveles de lectura, y en ella se abren yacimientos inexplorados para los historiadores. La urdimbre de la propia vida de Ehrenburg viene marcada por los grandes acontecimientos históricos del siglo XX que él vivió de cerca. No tanto la Revolución rusa, que lo sorprendió en París, donde estaba padeciendo las consecuencias del proceso de la I Guerra Mundial; pero sí la Guerra civil posterior a la Revolución, donde encontramos pasajes impresionantes de su etapa de formación vital. Su decantación hacia el periodismo, más por compromiso político que por estricta vocación, le llevó a involucrarse de un modo cada vez más decidido en los acontecimientos históricos: después de la Guerra civil volvió a París, y de ahí a España, donde vivió y cubrió la Guerra civil española. Son los capítulos dedicados a España de lo más emocionante del libro, su amor, pasión y respeto por “lo español” enciende brevemente nuestro ya apagado orgullo.

La vuelta a la URSS significó encontrarse de lleno con las purgas y sus consecuencias, el clima angustioso y fatal que rodeaba la vida de todos. Pero aún estaba por venir la mayor prueba de su vida, la Gran Guerra Patria, la desgarradora II Guerra Mundial, contada desde la perspectiva soviética, con pasión y orgullo, pero con honestidad y rigor. La angustia de los primeros ataques masivos, la Batalla de Moscú, la emoción de las primeras victorias, la esperanza de un segundo frente que los aliados habrían de establecer en Occidente para descargar la presión sobre Rusia, una esperanza que no llegó hasta 1944, porque los aliados, obviamente, esperaban que Hitler se desgastara hasta la extenuación, haciéndoles el trabajo sucio de destruir el comunismo. El orgullo de la victoria de Stalingrado, el sitio de Leningrado, la Batalla de Kursk, todo contado desde la perspectiva de un corresponsal de guerra cuyos artículos se leían por todo el mundo, en la particular batalla de los medios de comunicación. Esta circunstancia lo convirtió en un personaje público reconocido internacionalmente, y una de las dianas mediáticas del odio nazi.

Después del amargo fin de la guerra, y con el nacimiento de la Guerra Fría, realiza un viaje a EEUU, donde coincidió con Steinbeck (Steinbeck había sido recibido en Rusia anteriormente por Ehrenburg, en el transcurso del viaje que realizó con Robert Capa, un viaje que tuvimos ocasión de reseñar hace un par de años aquí en La Nueva España). Los comentarios sobre EEUU ponen de manifiesto no solamente la lejanía con la Unión Soviética, sino también el enorme grado de asimilación que padecemos hoy de las formas de vida estadounidenses que entonces sorprendieron a Ehrenburg. Las últimas etapas de su vida están dedicadas a su trabajo en favor de la paz mundial en el Consejo Mundial de la Paz. Su importante labor, en medio de las tensiones de la Guerra fría, resultó ser un fracaso, como podemos comprender hoy, precisamente desde que el desmoronamiento de la URSS en 1991 desató la fiera imperialista con la Primera Guerra de Irak en 1991. Los últimos años, desde 1959, quedan recogidos, en cierta medida, en la propia escritura de estas memorias. Porque estas memorias no son solamente el volcado de recuerdos más o menos lejanos de una vida, sino un verdadero trabajo de documentación a través del cual él mismo va rectificando sus propios recuerdos. Y esta circunstancia, creo, es la que confiere especial valor documental a este relato histórico.

Esta urdimbre particular del siglo XX constituye el marco histórico en el que transcurrió la vida de Iliá Eherenburg. Un drama vivido en un presente conformado por todos aquellos con quienes coincidió, las personas cuyos planes se articularon con los suyos de diversas maneras. Sin duda, resultan muy interesantes los perfiles que ofrece de los pintores afincados en París, Modigliani, o Picasso, Léger o Chagall (con cuyo recuerdo se cierran las memorias); escritores como Maiakovski, Meyerhold, Ósip Mandelstam, Alekséi N. Tolstói, Hemingway, Antonio Machado, Neruda, Isaac Bábel, etc., científicos como Joliot-Curie, Bernal, o el curioso etólogo circense Vladimir L. Dúrov, quien ofreció a la Marina soviética la idea de adiestrar leones de mar y focas para usarlas en la guerra. Sus Memorias son, además, una reflexión, una historia y un vigoroso viaje a través del arte del siglo XX, particularmente de la pintura y la literatura, y en vano trataríamos de dejar aquí un fiel reflejo de la enorme cantidad de personajes que pasan a través de sus páginas, o de los momentos históricos por ellas recogidos.

Resulta particularmente interesante la labor de recuperación de la memoria de todos aquellos que lucharon en la Segunda Guerra Mundial. Como Grossman, participó en el trabajo de documentación de todas las atrocidades realizadas por los alemanes en la URSS, particularmente, en Ucrania y Bielorrusia. Acostumbrados como estamos al diario de Ana Frank, son apabullantes los documentos recogidos por estos autores en territorio ucraniano, en ciudades que hoy vuelven a ser noticia, diría que mucho más triste que entonces, porque hoy Donetsk, Lugansk, Mariupol, Járkov, Odesa o Kiev viven una guerra civil y son los propios ucranianos quienes se destrozan entre sí azuzados por una errática Unión Europea.

Iliá Eherenburg es hoy un escritor sin patria, siendo como fue un embajador mundial de la URSS. Y ninguna patria le reclamará, salvo la de aquellos que luchan por la justicia social y el comunismo. Tan lejos están ya los ideales de la justicia social que parecen no ya utópicos, sino absurdos. Y, sin embargo, fueron reales en el presente que vivieron aquellos que conformaron la existencia de hombres comprometidos como Iliá Ehrenburg.

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