Ningún sacrificio por el euro, ninguna ilusión en el dracma

El 5 de febrero, apenas unos días después de conocerse el resultado de las elecciones griegas, el Banco Central Europeo anunció que no tomaría más deuda pública de aquel país como garantía para prestar dinero a los bancos helenos. Desde diciembre de 2014 hasta ese momento los bancos habían perdido 15.000 millones de euros en depósitos, por lo que necesitaban liquidez con urgencia. Hablando en plata: el BCE respondió al resultado de las elecciones griegas estrangulando a los bancos. Mejor dicho, no a los bancos, sino al nuevo gobierno, porque a los bancos se les dio una salida, el denominado mecanismo ELA, pero siempre que no compraran deuda pública. En esas condiciones tuvo que ir Grecia a negociar. Antes de formalizarse este chantaje, el nuevo gobierno tenía una propuesta para reestructurar una parte de los pagos pendientes. Pero el movimiento anterior impidió siquiera hacer la propuesta. No es que a Tsipras le quedara menos de un mes para que vencieran los pagos pendientes, es que el BCE ya le había cortado el oxígeno. El numerito organizado por Dijsselbloem y Schauble, con Guindos y su colega portugués actuando de dóbermans, era a beneficio de inventario.

Dado que el objetivo actual de Syriza no es una ruptura revolucionaria sino la renegociación de los acuerdos de los gobiernos anteriores con el fin de alcanzar algunas metas muy modestas, no se le puede negar que ha conseguido algo en este primer combate. Tiempo y algún logro significativo: en particular que no se fijen objetivos fiscales concretos y que no se apliquen las nuevas medidas de austeridad prometidas por el gobierno anterior. Estos acuerdos, así como la perspectiva del levantamiento de la medida inicialmente adoptada por el BCE, suponen en la práctica una tregua. Una tregua profundamente desigual, como no puede ser de otra manera entre un gobierno de izquierdas de un país pequeño y el lobby neo-social-liberal que forman 18 gobiernos más la Comisión el BCE y el FMI. No hay motivos para cantar victoria pero tampoco es el preludio de una catástrofe.

La tesis que pretende demostrar Syriza es que es posible derrotar a las políticas de austeridad desvinculando temporal y lógicamente el pago de la deuda del marco político-legal que impone el Memorándum. Para ello necesita tiempo; imponerse sobre las oligarquías griegas que constituyen, ahora, el eslabón débil de la coalición que forman la banca, las grandes empresas y el bloque de Bruselas. Y convertir el problema de Grecia en un problema de las élites europeas. Un primer paso simbólico en esa dirección fue la transparencia de la negociación; Varoufakis distribuyó a la prensa todos los papeles que se cruzaron. Por mucho que inventen los editorialistas y “expertos”, los papeles están ahí. Ahora debe ir más allá de lo simbólico, movilizar sus recursos como interlocutor del movimiento de resistencia en Grecia, de donde vino su victoria electoral cuando desmitificó el debate euro/dracma. Para que el pueblo entre también en la partida y no se limite a actuar de espectador, sino que se empiece a dar respuestas a las extorsiones sin límites que le esperan en los días venideros. Quizás otros tendríamos también que dejar de hacer de público.

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