Papel blanco.
Filo de papel, que corta sin mancharse,
observa desde el ático cómo llueve.
Allí abajo se ahogan —no hay que mojarse—
duele su silencio, aunque nada le mueve.
No es de nadie, se dice, equidistante,
trabaja sin sueldo, útil e ignorante.
Virgen de compromisos, casto y sin fisuras,
mientras el barro sube y él mira desde las alturas.
Fueron por los primeros y callaste,
fueron por los segundos y miraste,
cuando llamen a tu puerta —y llamarán—
ya no habrá nadie. Ya no quedarán.
Papel sucio.
Tinta que mancha, que infecta y que miente,
bulo que vuela y contamina cercanos,
envenena la plaza, mata lo que siente,
pudre las raíces de campos y llanos.
Cobarde entre los suyos, fiero ante el caído,
cucaracha al servicio del pie que lo ha vencido,
perro del amo que muerde al inocente,
lamebotas que escupe al diferente.
Agitador, escuadrista, falso nostálgico,
baila el odio ajeno, ciego y fanático,
custodia las cadenas de su propio encierro,
y llama libertad a tan oxidado hierro.
Papel vivo.
Color que estalla y nunca se diluye,
arte que transforma lo que el odio hiere,
hoz que siega el miedo, martillo que construye,
mural de esperanza que jamás se muere.
Orgullo que florece entre las grietas y fracturas,
grita por los mudos desde sus honduras,
la historia les da nombre, les marca su destino,
justicia como brújula, la lucha su camino.
No hay añoranza, hay alamedas por abrir,
futuro que se escribe sin miedo al porvenir,
papel que transforma, que lucha y que no olvida,
papel que es pueblo, historia compartida.







