Hay muchas zonas aún sombrías en nuestras sociedades en las que la literatura, el teatro o el cine, en muy contadas ocasiones, han tenido la voluntad de entrar. Periodo de reflexión se acerca al mundo de la trata de mujeres, que es también el nuestro sólo que lo vivimos como una anomalía social, nos manifestamos contra él en forma de rechazo, de repugnancia pero contra el que no hacemos nada.

La obra de Sergio Martínez no intenta conocer este mundo, analizarlo, o descubrir sus dinámicas, pero, a cambio, trata de llevar a la escena personajes que dibujan, a grandes rasgos, las situaciones de esclavitud y explotación que viven mujeres de diversos lugares (África, Europa, Latinoamérica). Una, Joy, es el eje central sobre el que discurre la acción dramática: es una víctima de la trata, y está encerrada en un prostíbulo en España. Tras una redada de la policía en la que es interceptada como inmigrante ilegal, su vida y sus perspectivas de futuro cambian drásticamente al verse, por un lado, a punto de ser deportada a su país de origen (Congo), y por el otro, con la opción de acogerse a la ayuda institucional mediante el periodo de restablecimiento y reflexión (ese es el periodo que menciona el título de la obra).

Joy habla muy poco español y desconfía de la agente policial que la interroga. No acaba de hacerse una idea de cuáles pueden ser las consecuencias reales de sus actos, o de si es mejor denunciar a sus secuestradores o levantar un muro de silencio al respecto.

La acción pues se desarrolla en dos espacios, la comisaría y el prostíbulo, y en dos tiempos diferentes: antes de la redada y el presente del interrogatorio. Este esquematismo concentra el desarrollo de la obra en la caracterización de la vida de estas mujeres, en sus ilusiones, en sus temores, etc. Vidas marcadas por una rutina atroz y una constante amenaza.

La obra no esconde nada, vemos el retrato de unas mujeres víctimas, atrapadas por una mafia que las explota y les obliga a pagar la “deuda” que han contraído, una “deuda” que, en realidad, nunca termina, convirtiéndolas en esclavas sexuales. Entramos en ese mundo, el mundo de los prostíbulos de carretera, de los locales cerrados de donde no pueden salir, un mundo al servicio de los hombres.
Es imposible no poner en juego el problema moral que significa la existencia de este mundo, y menos no llevarlo al debate que cada cierto tiempo viene reproduciéndose en la sociedad acerca de qué hacer con todo esto: si aumentar la lucha policial, si derogar leyes que ilegalizan a las personas, si establecer más controles, si legalizar la prostitución, etc. Pero ese camino moral interpela al espectador en un solo sentido pudiendo hacerlo en muchos más.

En la obra de la Compañía En proceso hay elementos que favorecen una visión general de lo que produce este mundo: un problema de comunicación (diferentes idiomas que se convierten en una barrera), de desigualdad (diferente posición respecto a la ley), de vergüenza (diferente relato el que se hace a la familia que está lejos para no decirles dónde han quedado encerradas sus ilusiones). La agente de policía no puede hacer otra cosa más que cumplir las leyes: solo cuentan los datos, el contacto con la víctima es secundario. Las mujeres del prostíbulo parecen no poder hacer otra cosa sino someterse. La “madame” ofrece su mercancía después de muchos años repitiendo lo mismo, vemos cómo son tratadas, cómo la indiferencia y el desamparo son parte de ellas mismas y de sus vidas, cómo cada una de ellas ha aprendido “la lección” sobre qué hacer con sus clientes.

La obra se funda en los retratos de Nerea, una mujer joven española que ha crecido en una familia desestructurada y con problemas de drogas, que ha visto que todos los hombres que se han cruzado en su camino la han utilizado para hacer dinero con ella; Gabi, sudamericana que hace creer a su familia que trabaja en el mundo del espectáculo y que ella misma cree que ese sueño se puede cumplir; la misma Joy, la nueva recién llegada de África, e incluso la Policía, otra mujer que se debate entre la compresión y la falta de medios para poder actuar y ayudar. Retratos muy bien desarrollados interpretativamente por las actrices, a pesar de que están escritos desde una cierta rigidez y acudiendo a lugares comunes recurrentes.

La cercanía del público (se trata de una sala muy pequeña) y la marcada actuación hace que las historias contadas por estas mujeres resulten más impactantes y más incomodas. Se coloca así la pregunta acerca de cómo puede ocurrir esto en nuestros días y tan cerca de nosotros. Como se dice en la obra con cierta ingenuidad: “antes, cuando veía las luces de colores en la carretera todos los días pensaba en cosas normales, ahora no podré volver a verlas de la misma manera…”. En efecto, la mirada, tras pasar por la escena de Periodo de reflexión, se ha vuelto ya incómoda.