
Elegía a Javier Egea
Felipe AlcarazAtrapasueños
Elegía a Javier Egea, de Felipe Alcaraz, es un poema épico-lírico, clásico y moderno, que alterna distintos metros -entre ellos los pareados que recuerdan los dísticos elegíacos latinos- con la belleza rotunda de muchas palabras de origen árabe: alhóndiga, alcántara, zaguán, zénit, nadir… Felipe Alcaraz vuelve a Granada en este poema como en un viaje de reconocimiento, armado de una cámara fotográfica que compró en un viaje a la Unión Soviética y consciente de que Granada es la ciudad que, según la cita de Enrique Morente, entierra sus ríos y mata a sus poetas. A Granada volvió Federico el 14 de julio, y volvió para morir… En Granada murió Pablo del Águila, en el invierno del mismo año que sería recordado por el mayo del 68… Y Javier Egea, en el verano de 1999. Como escribió Cernuda, “para el poeta, la muerte es la victoria”, porque asume la muerte como el salto consciente a uno de los lados de la realidad, como una forma de resistencia, para ponerse a salvo definitivamente de la claudicación…
Javier Egea transita Granada entre la soledad y el silencio, buscando asideros imposibles, siempre erguido pero perseguido por la Nube que anunciaba el desenlace inminente, sintiéndose extraño en el proyecto acariciado y antes compartido de hacer una poesía “otra”, con conciencia de que sus antiguos amigos seguían, de alguna forma, juntos… Algunos lugares están ahí, pero ya no son los mismos, la gente que los habita ya es otra gente: muchos huyeron; otros se dejaron enterrar las alas, borrar las huellas de la lucha y de la historia… Y Granada, la ciudad en la que todo es posible, es el escenario de la conjura postmoderna, del fin de la historia, de la frivolidad de dar el nombre de una obra de teatro de Federico a una ensalada o de convertir su pasión y su muerte en espectáculo y comercio; (¿alguien recordará a Egea con el cóctel Troppo mare? –se pregunta-denuncia-escandaliza Felipe Alcaraz). Hay que borrar las huellas del pasado: Egea en la calle del Beso; Pasolini, Althusserl, Gramsci, protagonistas en los debates de los universitarios de los años 60, 70… hasta que el pensamiento único hizo estragos y decretó que había que normalizar la vida y la poesía. Javier Egea sintió todo eso como un puñal de silencio en las entrañas: el silencio lo dejó vacío y huérfano, sin terciopelo alguno en sus alcántaras… “me quedo solo, pero no me vendo”, -dejó escrito en un papel- y es que el poder, ya se sabe, “no admite los dardos certeros/ de esos solitarios/ que investigan el rincón/ húmedo y oscuro de las raíces”.
Granada aparece en su belleza y sus miserias en esta Elegía de Felipe Alcaraz, que integra el paisaje urbano –el Albaicín, la calle Elvira, la cuesta de San Gregorio, el Paseo de los Tristes…-, la vega, los castaños y las flores, los ríos, los lugares de encuentro de hace más de tres décadas: bares como La tertulia o El elefante, la Facultad de Letras, el Centro de Estudios Árabes de la calle Oficios… pero también la Historia: García Lorca camino de la muerte, los tres albañiles abatidos por la policía en el verano de 1970 y, latiendo en cada uno de los versos, la Historia reciente, el tema de fondo: lo que supuso la transición política y la postmodernidad de claudicación y de traición a los ideales por los que muchos habían luchado durante la dictadura, esa dicotomía entre la belleza insoportable blindada a la pobreza y el compromiso de estar a la altura de las circunstancias, a la cabal estatura del hombre y la mujer, de estar en la plaza como recomienda Alexandre: “baja, baja despacio y búscate entre los otros”…
Está claro que la historia es siempre la historia de la lucha de clases: hubo lucha, hubo águilas rotas contra un dios o cualquier mercado o patria y hubo –y hay- perdedores que no claudican, aunque tengan que optar por la muerte como una forma radical de resistencia. Granada, bella y durísima, humillante y ajena, la ciudad enemiga, ha sido el escenario de la batalla y de la muerte pero no todo ha terminado porque hay algo que se queda –también que se queja, diría Borges- y hay muertes imposibles; por eso la Elegía a Javier Egea termina con una “Inconclusión” que habla del encuentro en la lucha y de que no podrán con nosotros… Y por eso, Felipe Alcaraz dedica este poema a esa otra Granada que, desde la lucha, la resistencia o el exilio interior, sigue pretendiendo un tiempo diferente. Debe ser, repitámoslo de nuevo, que vencer es seguir luchando…







