CRÓNICA DE TEATRO. Obra: ‘Hedda Gabler’

Revisión sin horizonte

Foto: marcosGpunto

Obra: Hedda Gabler
Autor: Henrik Ibsen. Versión de Yolanda Pallín.
Compañía: Centro Dramático Nacional, Mucha Calma y Noviembre Teatro.
Intérpretes: José Luis Alcobendas, Charo Amador, Ernesto Arias, Jacobo Dicenta, Cayetana Guillén Cuervo, Verónika Moral
Director: Eduardo Vasco

Integrado habitualmente en la corriente del realismo positivista que se completa con retratos psicológicos bien definidos, Ibsen es, sin embargo, un autor en transición: dramatiza los nuevos problemas de la sociedad burguesa al mismo tiempo que rescata, en muchos de sus personajes, el último aliento romántico que atravesó toda la Europa de finales del siglo XIX. Hedda Gabler es uno de los grandes textos de este escritor noruego, y uno de los ejemplos en que la escritura en transición es más evidente: por una parte, una trama que se inserta en la problemática del teatro realista burgués: una mujer insatisfecha con un matrimonio que no la hace feliz y que la somete al aburrimiento y a la rutina (como el emblemático e influyente caso de Madame Bovary), acosada por amantes que, sin embargo, no tienen el valor de aceptar la vida que ella desea; y, por la otra, la proyección en el diálogo de la angustia de Hedda Gabler porque su vida adquiera en algún momento algo de la pasión y de la grandeza que merece tener.

Toda la obra se desarrolla en esa tensión que la dirección ha querido rebajar. Una puesta en escena conceptual y minimalista: en lugar de los detallistas decorados decimonónicos un gran telón modernista que divide una escena dramática, pero que también se usa como espacio para el cambio de vestuario de los actores a la vista del público, en lugar de grandes muebles, sillas; y presidiéndolo todo un gran piano donde se va desarrollando toda la banda sonora de la obra. Dos símbolos (el gran telón y el piano) que funcionan como síntomas de que en medio de una austeridad gris se concentra el conflicto vital de un ser humano, de Hedda Gabler. Y un tercero: las pistolas del padre de Hedda que contienen todo su pasado y la oportunidad de una salida digna de ese mundo estéril a través del suicidio, como le propone a Lodvorg, uno de sus pretendientes.

La interpretación correcta, sin buscar intensidades interpretativas, muestra unos personajes en los que los contrastes son elaborados a partir del énfasis en hechos o actitudes que materializan lo que sienten: el marido de Hedda concentrado en sus investigaciones y en la ilusión por conseguir la plaza en la universidad; Lodvorg buscando una oportunidad de alcanzar el “sueño” de Hedda y cuyo gesto final es una pobre y desesperada muerte en un burdel; el juez Brack quiere seducirla; la ayudante, Thea Elvested, buscando desesperadamente el manuscrito supuestamente desaparecido, y así el resto.

La adaptación de Yolanda Pallín, o la dirección de Eduardo Vasco, ha decidido reducir el tamaño de las réplicas haciendo diálogos más sencillos lo que, al mismo tiempo, supone aligerar la densidad del texto de Ibsen, con los problemas que puede tener, para acercarlo al espectador de hoy.

Lo que no está claro es lo que debe hacer el espectador con una obra así. Nada del mundo de Hedda queda ya en pie. Tampoco se ha buscado volver a esta obra como quien hace arqueología. Y ni siquiera como una indagación en ese oscuro lugar de la vida cotidiana que denuncian novelas, películas y cuadros y que tiene que ver con la pesada carga hasta la extenuación de una vida cotidiana que no nos dice nada y que no nos deja hacer nada. Algo de esto, en la versión que una burguesa del siglo XIX podría sentir, traslada esta obra, pero el montaje deja insatisfecho: no arriesgarse, no decidir tomar a su cargo ese problema, lastra las posibilidades que aún hoy, después de su estreno en 1890, podría tener este texto.

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