Apología

En la prensa se habla de auge del terrorismo, pero los nombres de los que lo han causado, no aparecen como tales.

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Pongamos por caso que yo perteneciera a una Fundación dedicada a elogiar a uno de los mayores asesinos de nuestra historia. Pongamos por caso que alabara su decisión de sembrar el terror allá donde hubiera conquistado militarmente un territorio como forma de acabar, a través del miedo, con cualquier tipo de oposición a sus creencias y prácticas. Pongamos por caso que yo ensalzara los logros conseguidos tras un golpe de Estado que provocó, a parte el quebranto de la voluntad popular, más de un millón de muertos, ochocientos mil desaparecidos, otros cuantos cientos de miles de exiliados y cuarenta años de crímenes, represión, cárcel, torturas y exterminio de las libertades democráticas. Pongamos por caso que además, por dedicarme a enaltecer la figura de tamaño criminal, recibiera una pingüe subvención del Estado. Bueno, pues pongamos por caso, si yo digo que ojalá dicho sujeto hubiera muerto, no en su cama, sino fruto de un vuelo sin motor –como uno de sus compinches– seré acusado de enaltecimiento del terrorismo. Yo sí, no quien ha sido un auténtico terrorista, no quienes le aplauden sus crímenes.

Digamos que, tras toda una vida trabajando, mis escasos ahorros los he depositado en un banco donde, con engaños y triquiñuelas, se esfuman convirtiéndose en ficciones especulativas y cuantiosas dádivas repartidas entre quienes me han robado. Pierdo mi dinero y mi vejez, que yo creía asegurada, se convierte en un infierno; mientras, aquellos que me han estafado comen y cenan en restaurantes de lujo, sin preocuparse de llegar a fin de mes porque cobran desorbitadas pensiones vitalicias. Entonces se me ocurre comentarlo con otros que, tan perjudicados como yo, tienen el mismo cabreo y les digo que sueño con ver el banco en llamas y a los banqueros dentro. Y entonces, van y me detienen porque estoy incitando al terrorismo. Lo de mi dinero y lo de quienes se lo han quedado parece ser que no es incitación a nada, vamos, casi un chiste si no fuera por tantos a quienes han dejado sin nada, por tantos a quienes han quitado la vida.

Por mantener el monopolio de los recursos energéticos y servir así a quienes les han apoyado para hacerse con el poder político, ciertos gobernantes deciden salvar de las garras de la independencia a cierto país, para lo cual, tras una campaña de intoxicación que ponga de su parte a la opinión pública, mandan su maquinaria de guerra a bombardear y masacrar a la población civil. Mueren unos cuantos miles, el supuesto dictador, también. Pero el río de leche y miel en el que se iba a convertir el país invadido no aparece por ningún lado. Al contrario, se desata el fanatismo religioso y la violencia se convierte en el día a día de los sufridos habitantes. Del reparto de sus recursos, ya se encargan los que han promovido la invasión y de los beneficios, también. En la prensa se habla de auge del terrorismo, pero los nombres de los que lo han causado, no aparecen como tales. Sí que será acusado y encarcelado, sin embargo, aquel que clame venganza por sus hijos muertos.

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