La Revolución

Una vez establecidas las condiciones objetivas, las condiciones subjetivas no deben frenarse, recortarse, domesticarse. Al contrario, hay que inflamarlas.

La revolución, como el amor, todo lo desordena. Hay que estar preparados para esa etapa en que hasta puede dejar de salir agua por los grifos o algún día puedes vestir una camisa limpia y nueva pero arrugada. Se trata de un momento incómodo, pero así es la alegría y la juventud: la capacidad para afrontar el desorden. La capacidad para no intentar volver al orden anterior. La capacidad para crear un desorden que llegue a todos los niveles y sectores y termine cambiándolo todo. Por eso, una vez establecidas las condiciones objetivas, las condiciones subjetivas no deben frenarse, recortarse, domesticarse. Al contrario, hay que inflamarlas. El dirigente revolucionario debe actuar como un auténtico acelerador de la historia. El amante no tiene tiempo para ordenar las cajas y paquetes de su última mudanza.

Lenin, en Zurich, se disponía a ordenar las cosas de su habitación de manera definitiva, cuando saltó la liebre. Él, tan Prometeo siempre, no había previsto que pudieran darse las nuevas condiciones. Poco tiempo antes de que se iniciara el ciclo revolucionario en Rusia, en una conferencia en Zurich a unas decenas de estudiantes, dijo que él ya no alcanzaría a ver la revolución. Poco después se encontraba embarcado en el tren de la revolución, junto a otras 31 personas, rumbo a la estación Finlandia de Petrogrado. A partir de ahí funcionó como el gran acelerador de la historia, comprendiendo mejor que nadie el precipitado histórico que suponían las condiciones concretas del sujeto revolucionario.

Teníamos, quizás, una idea más lineal de las cosas, preñada de vanguardias y de soviets dominantes por encima de todo. Conocíamos a Lenin a través de las explicaciones reductoras de Stalin que, por cierto, no vio claro el momento revolucionario y un poco antes de la arribada de Lenin reconocía y legitimaba al gobierno provisional. En aquel momento, durante el largo viaje de Lenin en aquel tren “precintado”, una auténtica embajada rodante, alguien había previsto que Lenin tenía que jugar su papel histórico sustituyendo su abrigo y su traje, tan raídos ya, por unos ropajes nuevos. Por cierto, los caprichos de la coyuntura: el inmenso papel de intermediario que jugó un socialdemócrata suizo, a quien Lenin respetaba: Fritz Platten.

Dicen que los procesos constituyentes se conocen porque deja de existir el mes de agosto. Quizás este año ocurra algo parecido. Y, a mi juicio, habría que aprovechar ese tiempo, correspondiente al largo viaje de Lenin (permitidme la broma), para comprar ropa nueva y para refrescar conceptos como hegemonía, condiciones subjetivas, proceso constituyente, coyuntura, sujeto revolucionario, bloque social y político; y todo eso antes de desembarcar en la estación Finlandia de septiembre, muy cerca ya de unas elecciones generales que podrían cambiar nuestras vidas. Y que nadie se preocupe: no me he vuelto loco. Yo sé que no estamos ante un proceso revolucionario, pero los conceptos aludidos, que hay que refrescar, son operantes igualmente.

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