Eclipse

O el europeísmo como extraña cultura que nadie logra concretar sino como mercado financiero y ciudadela rodeada de vallas y muros, o la alternativa directa y clara, ya por fin, al euro, a la UE, al BCE y a la espada flamígera de la deuda.

Un eclipse, según han demostrado ciertas fotografías, puede confundirse con el fondo de una sartén. Para distinguirlo hay que tener en cuenta lo que dijo la máxima autoridad en este terreno, Antonioni: “Sol negro de nuestra cultura. De repente, hielo. Un silencio distinto de todos los demás silencios. Luz térrea, diferente de todas las demás luces. Y después la oscuridad. Todo lo que consigo llegar a pensar es que durante el eclipse probablemente se detengan también los sentimientos”.

Me he situado frente al fondo de una vieja sartén, y no he sentido nada de lo que describe Antonioni. Sin embargo, me he sentado ante la imagen prometeica del Otoño y he creído ver el sol negro de nuestra cultura…, de la cultura europea de izquierdas. Un sol negro que salía por detrás del Partenón. Prometeo y Sísifo a la vez.

Que el Otoño de 2015 va a serio, no tardaremos en comprobarlo. No tardaremos en comprobarlo aquellos que seguimos pensando desde el punto de vista de la explotación y el dominio, que creímos adivinar que se había abierto la oportunidad histórica de un proceso constituyente y que había cuajado, como instrumento estratégico, la cultura de la unidad popular. Y todo ello porque tras las elecciones de diciembre, según los resultados, o se inicia la restauración del bipartidismo, con una monarquía recién recauchutada, o empezaría un proceso constituyente como santo y seña de la respuesta, desde el sur, a la hegemonía de la austeridad y la deuda ilegítima. A veces pienso que el sol negro que se levantaba por detrás del Partenón era el Euro, elevado por la mano invisible del mercado, como un sacerdote que exaltara el santuario de ese dios económico que ahoga pero no aprieta. Por cierto, una mano invisible del mercado que no deja de darnos hostias (según le he leído en Twitter al responsable político de la célula de Comala). Porque la coyuntura se dirime entre dos respuestas, en cuyo lógica pendular, tras los sucesos de Grecia, se la juega la propia izquierda: o el europeísmo como extraña cultura que nadie logra concretar sino como mercado financiero y ciudadela rodeada de vallas y muros, o la alternativa directa y clara, ya por fin, al euro, a la UE, al BCE y a la espada flamígera de la deuda.

Cuando el protagonista de Juan Rulfo llega, en Pedro Páramo, a Comala, habla con la gente sin saber que ya están muertos. Que siguen hablando pero ya están muertos. Va a reivindicar lo suyo y se encuentra con un paisaje espectral presidido por un gran círculo, de bordes desdibujados, que nadie sabe si es un eclipse o el fondo de una sartén usada.

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