Vamos a ver si nos dejamos de tonterías y estamos a lo que estamos. Resulta que ha habido unas elecciones y resulta que el número de votos deja claro que lo que los habitantes de este país no quieren es soportar otros cuatro años a esta gente del Partido de la Pobredumbre. Bien es cierto que, a pesar de la corrupción, de los recortes, de los privilegios a los que más tienen y el saqueo a los que menos, han conseguido algo más de siete millones de almas que les apoyen, pero eso, teniendo en cuenta la escasa cultura política que cuarenta años de dictadura ha dejado, la amnesia que ha calado en la población tras otros tantos de esta transición que no acaba de transitar y sobre todo, el casi absoluto monopolio informativo, puede parecerme hasta normal.
Lo que no me lo parece es esta pérdida de tiempo en la que nos mantienen aquellos a quienes hemos encargado gestionar los caminos por los que ha de transitar nuestro próximo futuro. Y he dicho gestionar, porque la dirección que éstos tienen que tomar, ya la hemos expresado en las urnas. De nada vale que se amparen en sumas de escaños, ahí están los votos, a pesar de la ley D`Hondt.
Lo que urge no es saber quién, sino qué y en eso creo que, básicamente, estamos de acuerdo. Lo que urge es, en primer lugar, quitarse de en medio a aquellos que han instaurado leyes como la de educación, en la que, aparte otros desmanes, se le confiere valor académico a la religión igualándola con las matemáticas, se cepilla las humanidades o discrimina al alumnado según sus posibilidades económicas, convirtiendo a nuestros jóvenes en mero objeto del mercado. Lo que urge es que las industrias vitales, las energéticas o las de comunicación, se sometan a un férreo control público para evitar esta política que siguen de ordeno, cobro lo que me viene en gana y mando. Que la sanidad sea para todos, gratuita, universal y de calidad. Que todos seamos realmente iguales ante la ley. Que haya una fiscalidad justa y que no paguemos más lo que menos tenemos. Que tanto las mujeres como los pueblos puedan decidir su destino. Que no valga más el voto de una monja de clausura en Soria, que el de un ciudadano de Madrid. Que la política exterior se base en el respeto y el diálogo y no en los intereses del imperio y las empresas armamentistas. Que se acabe con el mamoneo de la agricultura y la alimentación que mantiene en la absoluta inseguridad a los productores, a los intermediarios en auténticos mafiosos y a los consumidores en sumisos equilibristas, todo ello conscientes que no hay más planeta que el que hay. Que primen los intereses de la población sobre los de la banca. Que la defensa, desarrollo y conservación de los bienes culturales no se refiera solo a los de la Casa de Alba o el Vaticano, sino al de todos los españoles.
Eso y muchas cosas más es lo que urge. Y para encaminarnos hacia las soluciones, lo primero es juntarse y hacer un periodo constituyente que blinde todas esas necesidades y acabe con las que fueron patrimonio de otra época. Las diferencias, que las hay, ya habrá tiempo de componerlas. Pero lo que importa es poder tomar las riendas y dar comienzo a un tiempo nuevo que, no nos equivoquemos, si no lo hacemos ahora, costará mucho iniciarlo.
Hay que dejar claro que somos nosotros quienes tenemos que decidir. Aquí y ahora. Y si hay que hacerse escuchar, lo haremos.







