Obra: El grito en el cielo
Autor: Eusebio Calonge
Intérpretes: Celia Bermejo, Enrique Bustos, Gaspar Campuzano, Francisco Sánchez y Iosune Onraita
Director: Paco de la Zaranda
Compañía: La Zaranda
Función: Teatro Español (Madrid) el 31 de enero de 2016
Un escenario depurado de elementos pero capaz de representar constructivamente diferentes espacios de la acción dramática, y una mirada amarga sobre la condición de quienes viven sus últimos momentos y, paradójicamente, son reducidos a terapias de rehabilitación y tratamientos farmacológicos, caracterizan el último montaje de este grupo, La Zaranda, que sigue desarrollando un teatro insólito desde su fundación en 1978.
La extrañeza de sus proyectos escénicos procede de un tratamiento dramatúrgico que, como la espiral, va produciendo una línea curva (no es la linealidad del teatro habitual) que va dando vueltas alrededor de un punto de sentido, en este caso, la lucha por vivir al borde de la muerte. Los personajes pasan por un conflicto que se verá poco a poco ampliado sin que pierda sus contornos. Esta progresión de la acción dramática permite al espectador pensar, algo que el teatro actual suele impedir. La extrañeza de El grito en el cielo es que repone la dignidad de los viejos, de los terminales, de los desahuciados de la vida. La obra, como la espiral, supone una tragedia, un enfrentamiento imposible de ganar: los personajes buscan una salida allí donde van a encontrar su desintegración en la nada: en el horno crematorio del cementerio. Y, sin embargo, la Zaranda, extrañamente, extrae de esa situación de horror un sentido épico, porque aún luchan; y consigue mostrar, a partir de los movimientos torpes y lentos de los pacientes, un impulso radicalmente vital.
El procedimiento dramatúrgico no busca ilustrar la pena, más bien trata de presentar lo trágico también como risible. No hablamos de humor ni de comicidad, lo que hace la Zaranda está más cerca del Sastre de la tragedia compleja por la que, según el dramaturgo: “Yo me río antes y cuando Vd. alce su guardia para reírse conmigo se va a encontrar con que le he contado—sí, a traición—la tragedia que Vd. hubiera rechazado, o incomprendido, planteada en los términos inalcanzables para Vd. de una conciencia no degradada en pugna con la degradación”.
El mundo que están dejando estos personajes no les ofrece más que juegos terapéuticos, memorísticos y la misma música (Wagner) interpretada en distintas modos según los diferentes momentos planeados por la residencia en la que pasan sus últimos días. El montaje nos deja en el límite entre lo que uno puede y lo que ya no será, pero allí donde otros hubieran convertido este punto conflictivo en retórica, La Zaranda lo muestra en su dinamismo, en su tensión dramática. El título ya indica cuál es el nudo de esa espiral que conforma la escritura de la obra: la expresión “el grito en el cielo” es aquí tanto una queja como una liberación.
La excelente puesta en escena se sostiene en la composición de cuadros altamente expresivos que proceden de una trasposición de la temática central de la obra: un grupo de actores arropados con sábanas blancas que forman una figura continua mortuoria, una representación de pasillos realizado con muebles metálicos de almacenamiento industrial que parece también un tren, un monumento al grito que se proyecta más allá de lo que la humanidad ofrece en un agrupamiento encima de esos muebles. Una premeditada cadencia en los diálogos característica del grupo nos impulsa a comprender el discurrir de quienes aún están vivos.







