¡Que no cunda el pánico! Ya sé que tras las recientes declaraciones del ministro de Hacienda en funciones reconociendo que la economía va bastante peor de lo que, a bombo y platillo, nos había augurado, todos hemos pensado en lo que se nos viene encima con el asunto del incumplimiento del déficit. No hace falta ser muy listo ni haber cursado un carísimo master para saber de dónde piensa sacar el dinero para pagar. Educación, Sanidad, Vivienda, Obra Pública, Pensiones, Dependencia, Cultura y otros aspectos del Bienestar Social llevan todas las papeletas. Al principio de esta descomunal estafa llamada crisis, nos señalaron como culpables por vivir por encima de nuestras posibilidades. Ahora, simplemente por querer seguir viviendo. ¡Si es que tenemos unas cosas!
Pero las culpas no hay que buscarlas en los gastos empleados en cubrir las necesidades de la población. Se supone que para eso pagamos impuestos. El déficit ha aumentado hasta límites escandalosos precisamente por causa del dinero que se le ha inyectado a la Banca, dicen que algo más de cien mil millones, pero que en realidad son dos billones – con B -, de los cuales se da por perdida la recuperación de la mitad, y eso, siendo bien intencionado. Dejando de lado los beneficios fiscales que también se le ha otorgado y que ascienden, tirando por lo bajo, a unos sesenta mil millones de euros, la misma Banca a la que le hemos regalado nuestro dinero, ahora, tras haber comprado la deuda del país con artimañas financieras, es quien nos exige el pago de los intereses de ésta. Suena a película de ciencia ficción, más bien a cuento de terror, pero es así. Entonces, el Ministro en funciones, que no funciona tan bien como alardeaba, nos avanza con su cara de rata surcada por sonrisa de rata, que habrá que continuar con los recortes para cumplir las exigencias de la Unión Europea. ¡Lo dice la Inmaculada Constitución, intocable en todos sus aspectos excepto en el imperativo de rellenar con dinero público las arcas de la Usura! ¿En serio nos lo dice? ¿Nos habrá visto cara de gilipollas? Pues eso debe ser.
Y sin embargo la solución es bastante más fácil y sobre todo menos dañina. Cualquiera en nuestras casas, cuando las cosas van mal, recapacita y elimina o reduce los gastos superfluos. En vez de la cerveza Premium, compras la de marca blanca, por poner un ejemplo; o ese pantalón tan mono que has visto puede esperar porque realmente con los que ya tienes te apañas. Y si eso es lo que hacemos en nuestro hogar, ¿qué impide hacerlo en el de todos?
Superfluo es, por ejemplo, el gasto de la Monarquía. La verdad es que es un artículo de lujo que no nos vale para nada y si sumamos el sueldo de Rey y Reina, multiplicados por dos, porque somos tan chulos que tenemos cuatro, le añadimos el de infantas, escoltas, gastos de representación, aviones, agasajos y multitud de partidas ocultas en el presupuesto de los Ministerios de Exteriores, Interior o Defensa, nos sale una pasta.
Superfluo es el diezmo anual que hay que pagar a la Iglesia Católica, dado que somos un país aconfesional. Once mil millones fijos en sueldos de instructores de ideología necrófila, sumados a los que se pierden por la exención de impuestos tales como el I.B.I. o los de sucesiones, donaciones y transacciones comerciales, es mucho dinero y no están las cosas para ir regalándolo. Eso aparte de lo que cuesta cuidar del patrimonio y las subvenciones a colegios y hospitales concertados, amén de multitud de Oenegés, que de no gubernamentales tienen poco ya que dependen del gobierno de un país extranjero llamado Vaticano.
Hay muchos más gastos superfluos que podríamos eliminar: las subvenciones a autopistas y demás desmanes urbanísticos; el déficit tarifario de las empresas eléctricas; el peaje por causa de la moratoria nuclear y la del carbón; los gastos ocasionados por la pertenencia a la Organización terrorista llamada O.T.A.N.;…
Si sumamos todos esos gastos y exigimos la devolución del dinero dado a la Banca, ya que presumen de beneficios, que no se preocupe nadie que podremos cumplir con nuestros compromisos como buenos vecinos europeos. Y eso sin ser radicales, sino sabiendo administrarse.
¡Vamos que al final, hasta nos sobra para unas cañas!







