La emigración es una realidad silenciosa, porque no hay a día de hoy datos fiables con los que podamos cuantificarla, pero está ahí, presente en nuestro día a día, aunque no se hable de ella como se habla de la tasa de paro u otros indicadores. El más semejante que podemos encontrar es el empadronamiento fuera de la Galicia de gallegos y gallegas: 20.812 en el 2015 en el extranjero, y casi la misma cantidad, 19.200 personas lo hicieron en otros puntos del Estado.
En Galicia sabemos de emigración. No es nada nuevo, pero no por eso es menos lamentable. Suramérica fue la esperanza de miles de labradores que buscaban fortuna o cuanto menos, un empleo con el que mantener a una familia que no tenía futuro en la tierra que dejaron atrás.
Hoy no viajamos en barco para mantener una familia desde Suramérica, sino para encontrar un futuro un poco menos miserable del que aquí se nos ofrece, pero el fantasma de los dolores más enraizados en nuestro pueblo está presente.
La emigración no puede ser entendida cómo una desgracia sobrevenida por causas desconocidas. Al contrario, tiene una causa que es evidente para el observador crítico. La falta de oportunidad en nuestro país no es por falta de trabajo, y mucho menos de emprendedores. La ausencia aparente de empleo deriva de una anarquía en la producción, una falta de planificación económica a largo plazo.
En resumidas cuentas: el paro es un problema inherente a un sistema de producción económico determinado. Y por tanto tiene solución.
Galicia nunca fue un territorio industrial potente dentro del Estado. Hasta hace relativamente poco predominó el trabajo en el campo, principalmente debido al fenómeno de la propiedad minifundista de la tierra, con el que las familias podían vivir, no sin penurias ni hambre. Esto, junto con la inmensa dificultad que tuvo la orografía gallega para una comunicación fluida de mercancías con el resto del continente, no propició el surgimiento de una industria potente nacional, no explotada y desarrollada a tiempo, debido precisamente al escaso valor comercial durante los últimos siglos.
El campo gallego, que antes servía de sustento para las familias en nuestro país, desfallece debido a las nuevas formas de producción imperantes en el mercado. Consecuentemente, la vieja forma de producción minifundista ya superada, provoca el abandono del medio rural, y la propiedad de las tierras se va paulatinamente concentrando en sectores como el maderero o ganadero, abocando a la desaparición a la mayor parte de esta forma de vida. La única salida a corto plazo que deja el mercado a la agricultura no intensiva en nuestra nación es la que otorga un mayor valor añadido a los productos de la tierra: la producción ecológica.
Sin embargo, a día de hoy son la industria del automóvil, el textil y la industria de la conserva asentada en las rías nuestros principales motores económicos, suponiendo más de la mitad del volumen de exportaciones.
Es evidente en nuestra realidad nacional que cuando la acumulación de capitales hace acto de presencia de forma anárquica en un territorio, acumula no sólo poder económico, sino (y derivado de este) político. Tenemos el ejemplo de la influencia en las rías de la industria conservera.
Y decimos de forma anárquica porque no hay un compromiso real con la tierra en la que están implantadas, ni existe en muchos casos la necesidad de la permanencia en nuestro territorio (como bien mostró Leche Río amenazando con llevar su planta ilegal a Madrid). El capital utiliza nuestra tierra para extraer beneficio, por encima de intereses ecológicos o sociales. El tejido productivo gallego no es para la gente, sino para la explotación de nuestra tierra para mayor beneficio de los y de las capitalistas.
En el momento en el que sea más rentable trasladar la producción, se hará, como en el caso de Alcoa.
En el momento en el que exista un exceso de oferta y dejen de ser necesarios trabajadores para mantener los ritmos de producción marcados, sin miramientos se hará un ERE, como aconteció en PSA en Vigo.
¿Acaso no es contradictorio que entretanto las empresas deslocalizan a mano de obra y servicios a terceros países, o busquen lugares más jugosos para acrecentar sus dividendos, tengamos que emigrar? ¿O hacer cola en el INEM?
El sistema capitalista de producción no busca el bienestar social, ni tan siquiera responder a las demandas de la sociedad. Sólo busca el beneficio, aunque sea destruyendo regiones enteras como Oriente Medio. No le importa la vida, sino la ganancia. Es en definitiva un sistema inhumano.
La emigración, la precariedad, el paro… son problemática que alcanzan al capitalismo, que no se rige sino por la improvisación de la ganancia, desoyendo los intereses de las personas, desde querer trabajar en su tierra hasta no entrar en una guerra imperialista.
La superación de estas problemáticas sólo puede ser la Democracia. Democracia que no puede ser sólo votar cada cuatro años sino la participación de la clase trabajadora en todos los asuntos que le alcanzan sin tener que ser representada por un gobierno comprado por aquellos que nos explotan. Democracia es poder trabajar todos y todas en aquello en lo que nos formamos sin tener que arrastrarse para encontrar un empleo con el que poder vivir dignamente y sin el miedo a ser despedido.
La superación del capitalismo pasa por el Socialismo. El control de la clase trabajadora de lo que produce y de cómo lo produce. Democracia y Socialismo van de la mano y sólo mediante esta combinación podremos contestar a las problemáticas de la clase obrera.







