Existen conceptos o definiciones que gozan de una percepción universalmente positiva. Ejemplos de esto podrían ser la belleza o la inteligencia, en tanto que todo el mundo anhela ser poseedor de estas características.
Podríamos considerar que en el plano socio-político ocurre de manera similar, puesto que ciertas etiquetas son altamente más deseables que otras. Sin lugar a duda, una de las más afirmadas y empleadas es la de la democracia. En el contexto globalizado del siglo XXI, la mayoría de los países quieren recibir la consideración de democráticos porque supone una baza a jugar en la geopolítica y en las relaciones internacionales -basadas en el softpower– que predominan.
Así pues, una vez tienes esta consideración por parte de la comunidad internacional, y junto a aquellos que también la tienen, puedes actuar en unas condiciones bastante favorables en el plano supranacional o internacional, tal y como ha sucedido históricamente con países como Estados Unidos.
No obstante, más allá de lo nominal y aparente, la democracia se debe dar en unas condiciones materiales concretas, que propicien su buen desarrollo. De este modo, vemos que si bien el régimen representativo-liberal aporta elementos necesarios para el desarrollo de la democracia, son de por si insuficientes para que ésta sea tal.
La democracia representativa o burguesa ha centrado su literatura, sus debates y sus acciones en una institucionalización creciente del conflicto político, afirmándose en el plano formal. Se han desarrollado debates históricos en torno a cuestiones como el sufragio o el sistema de gobierno, en los que las y los comunistas hemos participado y tratado de avanzar hacia vías de transformación popular.
Sin embargo, poco tratada ha sido una cuestión tan relevante para el desarrollo de un sistema democrático como es la libertad de pensamiento.
Una democracia presupone una igualdad política, motivo por el que todos los votos tienen el mismo valor. Del mismo modo, la extensión del sufragio y la posibilidad universal de ejercer cualquier cargo político son consecuencia de esta tesis. No obstante, esta idea de igualdad política, motora de distintas transformaciones, parece quedarse relegada a un segundo plano o prácticamente a la más absoluta insignificancia cuando se trata de cuestiones vinculadas con la socialización política, es decir, con la elaboración de un pensamiento político en la sociedad.
De esta manera, cabría preguntarse ¿hasta qué punto las decisiones tomadas por parte de la sociedad son el fruto de una reflexión racional realizada después de la experiencia? ¿No son acaso la consecuencia -al menos parcial- de un proceso desigual de socialización política, es decir, de impregnación de ideología por parte de los grupos de poder?
Verdaderamente, el ejercicio del pensamiento libre y crítico es la condición sine qua non se puede desarrollar la democracia, en tanto que de nada sirve la posibilidad de votar, de participar en política, si no tienes las herramientas, la capacidad y la no intromisión necesaria como para poder tomar decisiones racionales en relación con la cosa pública.
En consecuencia, no puede haber libertad de pensamiento cuando la agenda política es marcada por unos grupos de poder determinados, tal y como ha ocurrido este pasado verano con la cuestión de la okupación, por ejemplo, puesto que éstos determinarán en gran medida los temas que se someterán a debate público y orientarán la opinión ciudadana según sus intereses. Una verdadera democracia debe garantizar la no acumulación del poder, en este caso mediático, puesto que éste, por su capacidad de influencia, puede determinar en gran medida el pensamiento de la población.
Democratización del ámbito económico
No se puede realizar un ejercicio de reflexión crítica si el sistema educativo se encarga de reproducir las ideas y los valores dominantes. Es por esto que se debe trabajar en pos de un modelo educativo que se aleje de metodologías obsoletas al servicio de determinados intereses y abogue por la investigación empírica, del mismo modo que se deben revertir los valores actuales y promulgar aquellos que nos han llevado como seres humanos hasta donde estamos: la cooperación, la solidaridad y la curiosidad.
Y así, una tras otra, debemos tratar de transformar todas las herramientas de reproducción cultural de la élite, todos los medios empleados para transmitir su ideología y transformarla en sentido común: el sistema educativo, el penitenciario, el poder judicial, el poder mediático, la cultura popular, el sistema político… Es obligación de todas y todos que así sea.
Sin embargo, se debe considerar que en aquella persona que vive en una situación de explotación y que se preocupa día sí y día también por no vivir bajo el umbral de la pobreza, con apenas tiempo libre, no se dan las condiciones materiales necesarias para emprender esta difícil empresa, puesto que constantemente sus quehaceres cotidianos, vinculados con el mantenimiento de la vida misma, se lo impedirán.
Todo esto nos lleva inevitablemente a la cuestión laboral. Se debe pues abogar por una repartición del trabajo social necesario en la sociedad y por unas mejoras laborales cualitativas, no solo en el ámbito del ejercicio del trabajo sino en cuanto a la participación en las decisiones y la posesión de los medios de producción. Únicamente con un sistema laboral que dignifique a la persona en todos los ámbitos podremos tener a ciudadanos y ciudadanas con posibilidades de reflexionar críticamente.
En definitiva, las y los comunistas de hoy tenemos una ardua tarea por delante. Debemos profundizar en la democratización del ámbito económico y tratar de evolucionar hacia un mundo con menos imposiciones culturales -es decir, ideológicas- por parte de las élites. Solo así, con una sociedad de personas conscientes, libre pensadoras y racionales podremos avanzar hacia un horizonte sin dominación, puesto que el comunismo es una meta que se debe alcanzar conscientemente.






