Trágica contradicción que la máxima celebración cristiana no sagrada ni obligatoria pueda servir para causar el mayor daño a los prójimos más queridos

Navidad mortal

Merkel, al borde de las lágrimas, acaba de pedir a los alemanes que por una vez -pues pronto podrán vacunarse todos- cada cual festeje la Navidad en su casa.

El hecho es que los últimos datos comprueban que dos de cada tres padres y abuelos muertos por la pandemia han sido contagiados por sus hijos que no sabían que estaban afectados por el virus.

Y no hay ocasión en que se reúnan más personas de esas características que la Navidad ni que lo hagan con más tiempo sin mascarilla, para una larga comida, ni que -por ser tantos- hablen en voz más alta o incluso canten, difundiendo así más el Covid.

Trágica contradicción es también que la máxima celebración cristiana no sagrada ni obligatoria pueda servir en este desgraciado año para causar el mayor daño a los prójimos más queridos.

De ahí que una comunidad autónoma difunda en estos días una advertencia tan siniestra como realista: REUNIÓN FAMILIAR SIN PROTECCIÓN = ENTERRAR A TU ABUELA.

Demógrafo

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