Bajo la pandemia, políticos y expertos llaman continuamente a la responsabilidad individual. Saben que complementa las medidas institucionales y que sin ella los objetivos sanitarios no se alcanzan. Igual ocurre con los problemas ambientales: sin el compromiso personal no hay solución posible.
La crisis ambiental continúa, lo demuestran los impactos globales (sin que los locales y regionales hayan desaparecido), su rápida evolución y su marcada persistencia. Quizás el cambio climático sea el que mejor lo ejemplifica. Ciertamente se necesitan protocolos, convenios y legislación pero no son suficientes. Ya en la Cumbre de Río se definió la educación ambiental como vía imprescindible para alcanzar la sostenibilidad. Y aunque ni los más entusiastas creemos que sea el único instrumento, sin ella no se logran los objetivos marcados.
La educación ambiental interpreta, relacionando las causas y efectos de los sucesos ambientales, promueve valores (responsabilidad, respeto, sencillez y solidaridad) orientados a una forma diferente de entender la vida y capacita para que las personas no se queden solo en los cambios individuales sino que las estimula a trabajar socialmente, impulsando el asociacionismo (y no tanto el voluntariado) y la presencia en la sociedad civil.
Hay sectores a los que la legislación no llega (o lo hace parcialmente) como la vivienda, en la que el ahorro y eficiencia deben ser norma, la movilidad, con medios públicos y, en lo posible, no motorizados, la dieta, de proximidad y temporada, con baja presencia de carne entre otros elementos nocivos (como azúcar y aditivos) y el consumo, que debe ser cuestionado con actitudes críticas frente a la publicidad y la moda. Creer que el consumo reactiva la economía es pan para hoy y hambre para mañana en un planeta con recursos limitados. Sin olvidar las materias primas, el agua y la energía que se encuentran tras cada producto.
La educación ambiental debe alcanzar todas las edades y sectores. Debe descubrir el valor del ser frente al tener, lo verdadero frente a los sucedáneos. Y debe generar habilidades para que los ciudadanos se expresen y organicen. No se olvide que al término lo define el sustantivo (educación) y tras ella se promueve lo personal y lo comunitario, las dos dimensiones de todo ser humano.
Educar, etimológicamente educere, es sacar lo mejor de cada uno. Es lo que necesita el planeta (y la sociedad): vivir con valores que nos lleven hacia un futuro equilibrado para el que todavía estamos a tiempo, aunque ya no quede tanto.







