Para las 150 familias de esta madrileña plaza, aunque se siga llamando Virgen del Romero, en realidad la han convertido en una creciente e insoportable cruz. Primero permitieron que los bares se apropiaran de los hermosos arcos que nos permitían circular al abrigo del sol y de la lluvia y donde jugaban nuestros hijos. Después autorizaron a una multinacional para que, tras tres años de interminables problemas, que hundieron a varios comercios, cavara un garaje al que todos nos oponíamos. De ese modo, en vez de aparcar en la calle, como bien planeó la multinacional que nos explota, maniobrando descaradamente para que desaparecieran por orden de la superioridad muchas plazas existentes en la calle, estamos obligados a utilizar y pagar su carísima cueva privada. Negocio redondo para ella… y algunos más.
Con la excusa de hacer el garaje (digamos parking por lo mucho que nos cobran) se cortaron entonces los grandes árboles que nos refrescaban en verano y apagaban los ruidos que han ido creciendo a medida que la voracidad recaudatoria del ente público -y los clásicos sobres- ha ido permitiendo a un bar montar de modo permanente en terreno público de la misma plaza dos distintos y feísimos cambalaches cubiertos. Ahora, después de conceder a otro bar el montar en terreno público más de cincuenta mesas (¡sí 50!), vemos que encima está montando también otro cambalache fijo y techado en plena plaza, entorpeciendo incluso el tráfico normal. Después de pagarlos ya tan caros, ¿dónde están los derechos, ya tan pocos y costosos, de los madrileños?







