No es fácil que alguien te cuente cuando pierde… Solo te cuentan cuando ganan. Estoy seguro de que es más la gente que viene a probar en Alemania y se vuelve a España que la que se puede quedar. Hay muchos frenos. No es fácil. No podeis llegar y pretender ser un gran empresario de la noche a la mañana. Tienes que amoldarte a la situación. Hay que empezar tranquilo para ir creciendo en las posibilidades. Los españoles en Alemania somos un número porque no somos alemanes y nunca vas a terminar de serlo. Eres un inmigrante. No vas a tener a alguien que te de una mano, como te pasa en España, y te tienes que arreglar solo. Por eso es muy difícil progresar y salir adelante.
Para muchos españoles y españolas hablar de migración es pensar en abuelas y abuelos, en relatos sobre barcos y despedidas, en aldeas remotas de todos los rincones de España. Pero las migraciones son a la vez memoria y actualidad.
No se vayan a creer que en Alemania se atan los perros con longanizas. Es durísimo, es la soledad total, es arreglarse solo y no tener a nadie. Mi mujer tuvo a nuestros dos hijos y no pudo estar con su padre al lado cuando murió . Hay que arreglarse solo. Venir a Alemania no es una gracia: tienes que venir a ganarte la vida.
En un empleo trabajé como soldador en una fábrica de acero inoxidable en Remscheid. Estando ahí noté que muchos de los clientes locales tampoco me entendían, así que tuve que comenzar a gesticular mejor y a hablar un poco más lento. Ahí tuve que atender pedidos por teléfono, algo que me atemorizaba por mi timidez. Algunos clientes molestos exigían que le pasara a un empleado alemán porque no me entendían, cosa que me afligía notablemente. Entre una cosa y otra pasó el mes y tampoco pude quedar fijo, caí en una depresión profunda que me llevó a mudarme de nuevo pero a otra ciudad, Wuppertal, donde actualmente trabajo.
Perder la dignidad
Ya no alcanzaba para comer ni comprar harina, tú sabes, desahucio tras desahucio. Vivíamos en España. Uno soporta no comer por las noches -uno es grande y fuerte – pero oír el llanto de tu hija y de tu hijo, doce y ocho años tenían en 2013, Yasmin y Leandro. Teníamos que comer casquería y criadillas de cordero con garbanzos. Lloraban todas las noches. Siempre supimos que lloraban de hambre. Observar la frustración en las manos de tu esposa y esos ojos que ya no te quieren mirar. Eso puede quebrar cualquier corteza. Eso te enferma. ¿Quién puede decir que yo pude elegir quedarme? El hambre no es no tener para comer. El hambre no es incluso tener vacíos los bolsillos. El hambre es estar lleno de restos, de basura, es tener solo para darle de comer a tus hijos. Si pagas no comes y si comes no pagas. Es perder la dignidad. Eso es el hambre.
Lo sabía, debía partir. El futuro en España no existe. Porque al que deja una familia en su país para buscarse la vida en otro, la muerte ya lo ha alcanzado. Y cuando estás muerto, pensar no es una prioridad.
De las despedidas de familia no quise hablar. Nadie sabía que habíamos marchado de Zamora. Se enteraron cuando conté que atravesé Francia. No querían saber nada de nosotros muchas personas de nuestra familia. El éxodo español supo romper en meses las históricas relaciones de hermandad entre familias y amigos. Persuadido por la oferta de trabajo a cambio de hospedaje, partimos hacia Alemania. Era toda una aventura. Trabajé de soldador, camarero y herrero. Pero la paga era poca y al final del día, con más de doce horas trabajadas, todo indicaba que no era saltar de lugar en lugar.
Reintentar la vida una y otra vez
Una tarde, al volver a casa, comentaban en una conversación unos españoles que visitaban la ciudad que necesitaban gente para la recogida de basura en su ciudad. No dudé en acercarme y ofrecer mis servicios:
Pasaron solo dos semanas hasta mi contratación. Alquilé un piso y comencé a trabajar en Wuppertal. Todas las mañanas, mientras trabajo, pienso en volver a Zamora. Me repito una y otra vez animo que lo consigues. No hay día que no lo repita. Con ese amor por los sueños, trabajo sin cesar. Así, finalmente, pude comenzar a ganar el dinero suficiente para cubrir los gastos vitales de mi familia y pensar en volver a estar todos juntos en nuestra patria.
Nuestros familiares y amigos nos extrañan pero la distancia, la pobreza y la soledad son intolerables para nosotros en España. Mi esposa me advierte que no volverá a España, tierra maltratadora como una madrastra, y que los niños tampoco lo harán. Que ya no sabe, incluso, si quiere continuar. Y entonces la vida se nos exilia una y otra vez y otra vez más y todos los sueños se rompen en el destierro y nos vemos obligados a reformularnos. A resoñar. Y nos inventamos palabras porque no alcanzan las que existen para decirlo todo, para expresar todo el dolor. El exilio nos obliga a reintentar la vida una y otra vez.







