El fentanilo del pueblo

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La Superliga está muerta. Al menos ése es el veredicto forense de la mayoría de los medios de comunicación internacionales, tanto de los generalistas como de los especializados. Un proyecto de tres años se ha desplomado en alrededor de 48 horas. A estas alturas son muchos ya los análisis publicados sobre este fugaz pero intenso episodio del mundo del deporte que, como ha observado el escritor valenciano Xavier Aliaga, al menos ha tenido la virtud de “haber desnudado sin querer el problema de fondo: la vulgarización del deporte, la conversión en algo invasivo donde los intereses económicos y la pobreza espiritual están marcadas con rotulador rojo”. “Del fútbol que conocíamos no hay más que huesos”, lamentaba Aliaga, “la carne se ha podrido.”

Entre todos estos análisis ha terminado extraviándose una llamativa frase del principal impulsor de la Superliga, el presidente del Real Madrid, Florentino Pérez, en el programa de televisión en el que justificó su órdago. “Los jóvenes prefieren entretenerse de otra manera, dicen que un partido se les hace muy largo, a lo mejor hay que acortarlos”, afirmó Pérez, “hay muchos partidos de escasa calidad y ellos se van a otras plataformas.” No era la primera vez que una figura destacada del mundo del fútbol se pronunciaba en este sentido: otro de los impulsores de la Superliga, el presidente de la Juventus, Andrea Agnelli, aseguró a comienzos de marzo que ninguno de sus cinco hijos era capaz de ver un partido de noventa minutos junto a él. “Es algo de lo que tenemos que ocuparnos”, dijo, “sólo los devotos reales de un deporte quieren verlo de principio a fin”. El presidente de la Juventus planteó la posibilidad de seguir el ejemplo de la NBA y ofrecer una “suscripción para ver los momentos más destacados o los últimos 15 minutos del partido.” “Tenemos que darnos cuenta de que la capacidad de atención de los jóvenes de hoy, y eso significa de los consumidores de mañana, no es la misma que la de la generación anterior”, argumentó Agnelli, “necesitamos encontrar nuevas formas de llegar a la generación más joven.” Las declaraciones de Pérez o Agnelli se basan en estudios como el de la Otto Beisheim School of Management (WHU) de 2019 sobre la Bundesliga, según el cual la llamada Generación Z (los nacidos entre 1997 y 2009) se decanta por formatos más breves y entretenidos, así como por el contenido personalizado, como por ejemplo sumarios individualizados sobre determinados jugadores o los momentos más destacados de un partido, incluso si han de pagar por este servicio. De acuerdo con este estudio, hasta un 38% de los encuestados estaba dispuesto a ver una retransmisión de fútbol en realidad virtual (VR).

Sin embargo, la realidad es que hace años que se han desmentido ciertos datos que todavía hoy circulan en Internet sobre una supuesta reducción de la capacidad de mantener la atención por parte de las nuevas generaciones. “Los datos de consumo de ver partidas de videojuegos de otros (streaming) muestran que un tercio de ellos se meten sesiones de dos horas continuadas y un 15% de tres a cuatro horas”, escribía días atrás un periodista deportivo español para concluir que “no se trata de que sean dispersos, sino del interés que les despierta lo que ven”: “Un partido de fútbol no tiene la intensidad que demandan, en este aspecto, el baloncesto es el deporte que mayor seguimiento tiene entre ellos.” Este artículo apuntaba también a la existencia de cada vez más posibilidades de ocio ofertadas por diferentes plataformas de videojuegos (en particular, de e-sports), de vídeo (sobre todo YouTube) y contenido audiovisual por suscripción (Netflix, Amazon Prime, HBO), además de los servicios de mensajería instantánea (Telegram, WhatsApp) y las redes sociales.

En el fragmento más conocido de su Crítica de la filosofía del derecho de Hegel, Karl Marx definió la religión como “el opio del pueblo” tras describir cómo “la miseria religiosa es a la vez expresión de la miseria real y una protesta contra la miseria real”. Desde su publicación póstuma, y sobre todo desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, la expresión “el opio del pueblo” ha sido utilizada para referirse al carácter alienante de diferentes manifestaciones de la cultura de masas, desde la televisión hasta el deporte, sin tener en cuenta más que una parte del fragmento original. Pero ni siquiera en ese sentido parcial y mutilado es aplicable a los fenómenos culturales de nuestro tiempo. Si existe una droga con la que compararlos ésa es el fentanilo: entre 70 y 120 veces más potentes que la morfina, pero con una duración de su efecto menor, lo que obliga a los usuarios a aumentar la dosis para conseguir los mismos efectos.

Es interesante señalar que la mayoría de los artículos que abordan esta cuestión lo hacen desde una perspectiva más generacional que material, lo que por lo general termina arrojando resultados engañosos, si bien polémicos, que siempre son beneficiosos para los medios de comunicación interesados en atraer lectores por encima de cualquier otro criterio. Aquí cabe tener en cuenta ante todo la reducción de las horas tiempo libre que paradójicamente ha supuesto la extensión del modelo laboral de “horario flexible”, en el que “las horas de trabajo” (business hours) se han convertido “en cualquier hora disponible” (any hours) o incluso en “a todas horas” (all hours), una situación en muchos casos agravada por los confinamientos decretados por los gobiernos para evitar la propagación de la COVID-19 y la imposibilidad práctica de conciliar la vida familiar y la laboral.

Esta tendencia ha conducido a los productores de contenidos a ajustar sus formatos a la disponibilidad cada vez más escasa de la audiencia: los programas de radio, las series de televisión, las noticias e incluso la pornografía digital son hoy más cortos, más impersonales, más enfocados a conseguir un efecto inmediato y, en consecuencia, más conformistas y uniformadores. Los mensajes de estos contenidos son menos racionales y más emocionales, menos reflexionados y más explosivos, y se olvidan con una mayor rapidez cada vez mayor, remplazados por otros mensajes con los que comparten esas mismas características. El público se vuelve así más impaciente, cuasi adicto a las descargas de dopamina. Las consecuencias políticas y sociales a largo plazo son, como siempre, una incógnita, pero los procesos anteriores de dumbing down y la fusión de información y entretenimiento (infotainment) no invitan precisamente al optimismo. Neil Postman escribió en 1985 todo un libro, Divirtámonos hasta morir (Amusing Ourselves to Death), sobre la influencia que estaba teniendo la televisión en la degradación del discurso público, cuya plasmación política fue la elección de Ronald Reagan a la presidencia de EEUU.

La duración de los partidos de fútbol en comparación con otros deportes con tiempos más cortos, como el baloncesto o el hockey sobre hielo, ha sido históricamente otra de las razones aducidas para explicar los problemas a la hora de introducirlo en Estados Unidos, incluso motivo de gags en varios programas de televisión. Quizá haya, además, una crisis de los deportes de equipo frente a los más individuales (desde el running hasta el crossfit), agravada por la desaparición gradual del espacio público y, sobre todo, del espacio público seguro en las ciudades. La necesidad de que los deportes sean cada vez más espectaculares llevó años atrás a algunas voces incluso a reclamar la legalización del dopaje. “El mayor deporte empieza allí donde hace tiempo que dejó de ser saludable” (Der große Sport fängt da an, wo er längst aufgehört hat, gesund zu sein), escribió Bertolt Brecht en 1928. Obviamente, en otro contexto sobre la “crisis del deporte” muy diferente al actual. Quizá hayamos llegado a ese punto, tanto para deportistas como para espectadores, y quizá sea hora de comenzar a pensar en echar el freno de mano y desandar el camino.

Fuente: sinpermiso.info

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