La violencia machista, los crímenes machistas, el maltrato contra la mujer, la violencia de género, no son sino la peor cara, por criminal y asesina, de la sociedad patriarcal en la que vivimos y que empapa de una manera sutil, en la mayoría de las ocasiones, nuestro día a día.
El patriarcado es un mal endémico de las sociedades actuales desde que desapareció o fue expulsado a un rincón de la memoria el culto a la madre tierra y el matriarcado, nacido y muerto en las islas y en la cuenca mediterránea. El hombre ocupó el poder e impuso sus dioses, masculinos, sus leyes, favorecedoras de sus intereses, reestructuró la sociedad a su imagen y semejanza y escribió la historia desde un único punto de vista masculinizado y excluyente de las mujeres, salvo puntuales excepciones.
El mal de nuestro siglo, heredero de los milenios anteriores, es ese patriarcado: el concepto de sociedad cimentada para y por los hombres. ¿Acaso no han sido las mujeres las que por devoción u obligación han cocinado en los hogares? ¿No han sido ellas las que han vestido a sus semejantes? ¿Por qué, entonces, los grandes cocineros son hombres y la mayoría de los grandes modistos, también? Son dos ejemplos, de otros muchos. El hombre ha usurpado también los pocos espacios reservados a la mujer, que se vio constreñida a ellos bien que a su pesar. Incluso en el ámbito de la natalidad, el patriarcado se ha permitido regular el derecho o no a la maternidad, al voto, la prohibición hasta hace muy poco del derecho al aborto y ahora la derecha más rancia, vestida de liberalismo, pretende convertir a la mujer en un mero continente para tener hijos e hijas para otros más ricos que paguen por su vientre de alquiler. Puro patriarcado, capitalismo en esencia pura.
Ese patriarcado, consolidado en las sociedades capitalistas, es el mismo que consiente y permite que las mujeres, a igual trabajo, cobren menos que los hombres. El mismo que desmerece el esfuerzo de ellas con argumentos tan viles y falaces como que son más débiles, generan menos ingresos o están peor preparadas que sus contrapartidas masculinas. Patriarcado que defiende, incluso en determinados círculos de la izquierda, la prostitución. Bien como un derecho u opción de las mujeres, basado en su supuesta libertad de elegir qué hacer con su cuerpo, bien en la asunción sin más de que es una ¿profesión? que ha existido siempre y va a seguir estando entre nosotros hasta el fin de los tiempos.
Patriarcado y capitalismo
El patriarcado ha empapado de su bilis a todas las instituciones. Desde la monarquía, en la que es el varón quien hereda aunque tenga hermanas mayores (no será el caso en la próxima sucesión, que esperemos nunca llegue a producirse), hasta la propia judicatura, ocupada en muchísimos juzgados por personajes cercanos a partidos de extrema derecha o sectas católicas de resonancias franquistas. Un patriarcado que se da la mano del capitalismo explotador de las masas y que acrecienta la sumisión de la mujer por partida doble: por ser mujer y por trabajar y vivir en sociedades capitalistas. Si a esto sumamos la sumisión de muchísimas mujeres a hombres maltratadores y machistas que consideran a su pareja y a sus hijos como meros objetos de su posesión y no como personas con capacidad de pensar y actuar por sí mismas, nos haremos una idea de la situación actual de las mujeres en la sociedad actual. O tal vez no, porque como hombres, y por mucho que defendamos el feminismo, no nos opongamos frontalmente a las partidas de fascistas con lemas como “feminazis” o no proclamemos una igualdad real y efectiva de ambos sexos. Son las mujeres las que de verdad saben lo que es sufrir esta discriminación día a día, hora tras hora. En el trabajo, en las calles soportando los piropos no queridos y en los medios, con publicidad que cosifica sus cuerpos y les impone un modelo determinado que tienen que seguir. Son ellas las que liderarán la batalla acompañadas por los hombres concienciados.
El patriarcado es un mal endémico que hay que combatir desde una posición firme e intransigente, intolerante con los intolerantes, e internamente, contra uno mismo: contra el aprendizaje implantado desde la infancia, los clichés inconscientes, los modos aprehendidos de manera involuntaria, las actitudes de macho heredadas de nuestros ancestros primitivos… Esta es un labor fundamental para poder enfrentarse con garantías a un mundo patriarcal que no quiere morir y que, cuando se ve amenazado, muere matando.
Hay que romper con los modos de la sociedad capitalista patriarcal. Primero, sin consentir ni permitir por acción u omisión cualquier conducta privada o pública que atente contra la igualdad real y efectiva de mujeres y hombres. Segundo, por una educación integral, desde la cuna, si me apuran, en políticas de igualdad. Tercero, por una reforma de las leyes para castigar con mucha más dureza la violencia de género, que pasa por quitar de manera definitiva la patria potestad a los maltratadores condenados. Y cuarto, porque cada hombre haga una introspección personal y recapacite sobre si sus actitudes del día a día están cargadas, siquiera sea levemente, por esa enfermedad social que es el patriarcado.
Solo entonces, a base de trabajo, constancia y contundencia, se podrá eliminar la cultura del patriarcado y avanzar hacia una sociedad más justa que, no nos quepa la menor duda, supondrá también la transformación económica y social y el final del capitalismo explotador y mantenedor del patriarcado.







