Manipulación y falsificación de la II Guerra Mundial contra la URSS

Las falsedades occidentales sobre la Gran Guerra Patria

Los soldados soviéticos Yegorov y Kantaria izan la bandera roja sobre el Reichstag, símbolo de la derrota del nazi-fascismo.

La Gran Guerra Patria es como se conoce y reivindica la Segunda Guerra Mundial en Rusia y otros países que formaron parte de la U.R.S.S. Una guerra que implicó a casi todo el mundo y costó cincuenta millones de muertos. Una guerra que se ganó al fascismo gracias, mayormente, al esfuerzo militar y humano de la U.R.S.S. y sus pueblos, que pusieron en la balanza de la muerte veinte millones de víctimas.

Sin embargo, este dato objetivo que se basa, entre otras muchas razones, en el hecho de que más del 70% de las pérdidas nazis se produjeron en el frente del Este y que fue el ejército soviético el que puso de rodillas a la maquinaria alemana, empieza a ser puesto en duda, cuando no negado por la historiografía y cinematografía occidental. Y esto se viene produciendo desde el mismo momento que acabó el conflicto y empezó lo que se denominó Guerra Fría. Desde ese instante, historiadores occidentales, sobre todo alemanes y anglosajones, empezaron a reescribir la historia para quitar méritos al Ejército Rojo y a la U.R.S.S. y sobrevalorar la intervención de los aliados occidentales que, si bien fue importante, no fue trascendental para la victoria final contra los nazis.

Normandía, la primera gran mentira

Cuando los aliados desembarcaron en Normandía, allá por junio de 1944, los soviéticos ya avanzaban imparables hacia el corazón del Reich Alemán. Aun si la intervención occidental, Berlín hubiese caído igual e, incluso, los soviéticos habrían llegado a liberar París o Roma.

Pero las crónicas, las memorias y los desvaríos de ex generales nazis como Guderian o Manstein, inciden en la infalibilidad germana, en que los errores fueron obra y gracia de un Hitler autoritario (y muerto, por lo que no puede contradecirles), y que si los soviéticos vencieron fue debido a su superioridad en armamento y hombres, no a su firmeza en el combate, su mejor estrategia o a su deseo incontenible de derrotar al invasor que había arrasado sus tierras. Hecho deleznable que, por otra parte, no recogido ni criticado por estos historiadores alemanes.

En la estela de estos pseudo historiadores militaristas, la historiografía anglosajona impulsó la idea de un Ejército Rojo ineficaz que enviaba a sus hombres al combate sin armas, atemorizado por los comisarios políticos, al que se comparaba desfavorablemente con unos ejércitos aliados avanzados, modernos, civilizados y valedores de la libertad y de la lucha contra el fascismo. Es decir, se desvirtúa la lucha de los ejércitos de la U.R.S.S., del enfrentamiento entre el fascismo y el socialismo, y se equipara a ambos contendientes, de tal manera que para un lector desprevenido, nazis y soviéticos son lo mismo, Hitler y Stalin son lo mismo, la Alemania nazi y la U.R.S.S. son lo mismo. Ideología conservadora con recia raíz fascitoide.

No nos quedaremos en autores de los años cincuenta del siglo pasado. Escritores contemporáneos como Anthony Beevor, que escriben sobre la Segunda Guerra Mundial caen y fomentan los mismos clichés antisoviéticos aunque los intenten disfrazar con datos históricos de sobra conocidos. Su libro sobre Stalingrado peca de equidistante, demasiado, excesivo. Poco de historiador y mucho de manipulador a favor, por supuesto, de una ideología conservadora y de influencia anglosajona.

Habría para escribir más de un artículo sobre la manipulación y falsificación de la Segunda Guerra Mundial en lo que respecta a la participación del glorioso Ejército Rojo, pero quedémonos un dato que siempre está en candelero.

El criticado pacto Molotov-Ribbentrop que los historiadores anglosajones y occidentales consideran que dio pié a que Hitler iniciara la guerra no es peor, ni mucho menos, que el Pacto de Munich, por el que británicos y franceses dieron manos libres a Hitler para desmembrar y anexionarse gran parte de Checoslovaquia y envalentonarlo para acciones agresivas posteriores. No hay que olvidar que Churchill, entre otros, aspiraba a que Alemania y la U.R.S.S. se enfrentaran en una guerra destructiva que acabase con ambos. El mismo primer ministro que urdió un plan para atacar a la U.R.S.S. nada más acabada la guerra contra Alemania, y el mismo que empezó a menospreciar el papel esencial de los soviéticos en el triunfo. El mismo, para acabar, que simpatizaba con Franco y los generales franquistas y detestaba a la República española.

El cine occidental reescribe el relato

El cine occidental, sobre todo estadounidense, ha actuado igual que la historiografía: se ha engrandecido el papel de norteamericanos y británicos y eliminado, cuando no despreciado o enturbiado la lucha de los soviéticos. No hay película donde los soviéticos sean los protagonistas en la que no se reflejen los prejuicios occidentales sobre el soldado, los mandos soviéticos o el socialismo imperante en la U.R.S.S., mientras que los triunfos anglosajones, por nimios que fuesen, son ensalzados como enormes victorias que cambiaron el rumbo de la guerra.

Es historia, dirán muchos, pero la historia puede manipularse si se tienen los medios y capacidades para ello y, sobre todo, si se silencia a quien la escriba de manera distinta con argumentos diferentes, y termina calando en la ciudadanía de forma permanente y casi definitiva. Como muestra, según las últimas encuestas a la ciudadanía de Europa y EE.UU. sobre quién venció en la Segunda Guerra Mundial, un altísimo porcentaje considera que fueron los EE.UU., al contrario de lo que sucedía a finales de los años cuarenta y principios de los cincuenta, acabada la guerra cuando, con razón, se consideraba que habían sido los soviéticos los grandes triunfadores.

Pero, claro, ¿cómo puede occidente consentir que su sacrosanto sistema ideológico y económico sea puesto en un escalón inferior con respecto a los “detestados” enemigos socialistas del Este de Europa? La propaganda, bien lo decía Goebbels, consiste en mentir repetidamente hasta hacer de una mentira una inamovible verdad, y si es negando la victoria de la U.R.S.S. y del socialismo frente al fascismo, los medios están justificados.

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