Nostalgias ochenteras

Huelga General del 14 de diciembre de 1988.

En los tiempos que vivimos, dominados por las redes sociales y el entretenimiento basado en audiovisuales, raramente un libro adquiere la repercusión necesaria para ser noticia y mucho menos generar un debate que va y viene a lo largo de los meses. Lo consiguió Fariña, de Ignacio Carretero, por el secuestro judicial de la publicación. Ahora el título de moda es Feria, de Ana Iris Simón. Un relato personal, costumbrista, que evoca una infancia en la que se disfrutaba de las cosas sencillas de la vida y en una época en la que la clase trabajadora gozaba de ciertos progresos económicos y sociales provenientes de la lucha obrera y del desarrollismo tardío.

Algunos sectores de la izquierda progresista quieren ver en el relato de Ana Iris una cierta reivindicación franquista o conservadora, señalando que en la generación de nuestros padres, de aquellos que nacimos en los años ochenta o principios de los noventa, no todo fue dorado. Ciertamente, aquella generación vivió una reconversión industrial y una crisis económica muy dura, con altas tasas de desempleo y una juventud en la que la epidemia de la heroína causó estragos. Fue la época también de las grandes decepciones y traiciones de la izquierda oficial, con la entrada de España en la OTAN y en la Unión Europea. Más allá del telón de acero, en el este, comenzaba a desmembrarse lo que se tuvo a bien llamar la patria de los trabajadores y con ello el faro que guiaba las luchas emancipatorias de gran parte de la clase trabajadora.

No obstante, se llegaba a aquella época después de décadas de lucha obrera que habían dado sus frutos a la par que el aperturismo tardofranquista supuso la llegada de inversiones extranjeras al país. Con unas Comisiones Obreras presentes en todo el tejido industrial y gran parte del resto de empresas, así como una izquierda política potente -principalmente el PCE, aunque también otros-, se lograron victorias para el movimiento obrero que supusieron mejoras en las condiciones de vida de la clase trabajadora. Asimismo, ésta comenzó a tener acceso a estudios universitarios. Algo más tarde, con el boom inmobiliario, muchas familias obreras invirtieron gran parte de sus ahorros en viviendas de propiedad. Algunos, incluso, en segundas residencias. Se formaban familias con muchos miembros, a menudo con el sueldo de una sola persona. Un sueño efímero que a partir de finales de los años ochenta comenzaría a desinflarse, acelerándose en los años noventa con la desarticulación neoliberal de nuestro tejido industrial, producto del lugar que ocuparía España en la nueva Europa. Recordemos que fue el PSOE quien gobernaba España en el momento de su adhesión. A partir de entonces, junto a la reconversión industrial comenzaron a caer los cimientos del Estado del Bienestar. La precariedad laboral se expandió como la pólvora a lomos de las reformas laborales y la legalización de las empresas de trabajo temporal. A partir de ahí cada vez ha sido más difícil obtener la tan deseada estabilidad necesaria para hacer planes de futuro. La incertidumbre se adueñaría de las siguientes generaciones.

Las protestas del 15-M supusieron un antes y un después en la conciencia colectiva de la sociedad española. Tras décadas de hegemonía del relato político constitucionalista, la falta de perspectivas de la juventud llevó a ésta a movilizarse. Lo que comenzó con protestas semanales en favor del derecho a la vivienda, con simpáticos lemas como Qué pasa, qué pasa, que no tenemos casa y denuncias de incumplimiento del artículo 47 de la Constitución que refleja ese derecho, desembocó en acampadas en las principales ciudades de España donde durante días se celebraron cientos de asambleas en las que se debatía acerca de los problemas del país y las necesidades de las clases populares, señalando al sistema político y económico como principales responsables de los males sociales. Tras el desalojo de las acampadas y el fin del movimiento, que intentó sobrevivir como asamblea aún sin acampada en diversos lugares con mayor o menor recorrido, quedaría un poso en la memoria colectiva que unos años más tarde sería la base para una verdadera crisis del régimen del 78, el cual se vio amenazado en dos de sus pilares básicos como son el bipartidismo y su modelo territorial a través del surgimiento de Podemos y el procés en Catalunya. El tercer pilar, la monarquía, supo recomponerse a tiempo con una abdicación pese a que posteriormente no estuviera exenta de polémicas debido a las actuaciones del rey emérito. Los fenómenos posteriores, protagonizados por movimientos políticos que conjugaban tres ismos de nefasta combinación (populismo, oportunismo e institucionalismo), dieron al traste con la ventana de oportunidad para el cambio y a día de hoy podemos interpretar que la crisis de régimen está más que cerrada, sin grandes heridas que lamer y con la perfecta integración de la izquierda a priori alternativa en el entramado institucional.

Llama la atención la facilidad con la que algunos sectores de la izquierda que antaño defendían con vehemencia el 15-M, que pese a su carácter popular estaba nuclearizado por un activismo de clase media aspiracional que vio interrumpido su ascensor social, consideran que esta nueva manifestación del fin del bienestarismo representada en Feria es un fenómeno conservador o rojipardo. Si bien es cierto que a la generación de jóvenes que comienzan a tener inquietudes políticas ésta nostalgia sociológica ya les puede resultar algo más difícil de asimilar porque sus padres ya entraron en un mercado laboral desmantelado, hay otros sectores de la izquierda progresista capaces de considerar que el hecho de denunciar la pérdida de derechos laborales conquistados es algo revolucionario mientras que denunciar la pérdida de capacidad adquisitiva de una parte de la clase trabajadora es algo reaccionario. En realidad se trata de dos fenómenos que van indefectiblemente de la mano. Es como si algunos no fueran capaces de soportar que aquello que se denunciaba y generaba consensos cuando la izquierda combativa estaba en la calle, ahora que está en el gobierno siga señalándose porque a la hora de la verdad no parece estar en la agenda cambiarlo. Y a nadie le gusta que se le vean las costuras.

Recordar que la clase trabajadora ha tenido mejores épocas no es reaccionario sino un indicador muy útil para aquella izquierda revolucionaria que desea tejer una conciencia de clase y comenzar un nuevo ciclo de movilizaciones. No obstante, también es preciso señalar que el objetivo no debe de ser recuperar un Estado del Bienestar, ya que ello se consiguió gracias a que en aquellas luchas se aspiraba a algo más: un cambio social a través de la superación del capitalismo. Por lo tanto, es necesario recuperar la senda rupturista para ello y en el camino ir consiguiendo mejoras para nuestra clase social. Descargar en Ana Iris, una autora que ha ofrecido un relato personal, esa responsabilidad para quienes duden de sus intenciones, evidencia una falta de capacidad de hilvanar una propuesta política seria con las inquietudes sociales que van surgiendo también en el mundo de la cultura. Tomar nota de ello y dar una respuesta al abismo social al que nos vemos abocados es el reto que corresponde afrontar a una izquierda que necesita recuperar el rumbo perdido.

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