Una lectura recomendada

Pese a mi radical discrepancia con el meollo de las conclusiones del autor, abogo, no obstante, por hacer esta entusiasta recomendación de lectura de su obra: ¿Qué somos? José Luis Manzanares Japón. Editorial Crítica.

Para hacerse una idea de por qué derroteros va el mensaje implícito del autor, es mejor echar mano de la glosa publicada en el diario El Mundo (entono mi mea culpa), copiando aquí estas palabras tomadas de dicha fuente «contaminada»:

«Respuesta: Soy cristiano practicante. Y la figura que realmente me fascina es Jesús, un hombre de treinta años, pobre, sin estudios, que cambia las leyes morales del mundo, asegurando que lo que importa no es uno sino los demás. Eso es algo tan rompedor que ha llegado hasta nuestros días con un significado tan limpio y nítido como el que tuvo en origen. Ser capaz de mover el mundo, cambiar una civilización y modificar el modo de pensar de las personas, sólo puede ser alguien impresionante al que hay que seguir sí o sí. El secreto de la religión no es saber qué nos espera en la vida, una vez muerto, sino qué forma un modelo de vida que armoniza las sociedades».

En mi opinión, todos los profetas habidos, aunque tengan resultados muy heterogéneos, responden a un mismo esquema básico:

a) La facultad humana de poder predecir la propia extinción individual genera tal terror que el propio ingenio humano, como paliativo, idea un «más allá», una vida espiritual más allá de la muerte a la que poder aferrarse.

b) Frente a las evidentes injusticias y desigualdades terrenales existentes, idear una suerte de restitución justiciera en ese «más allá», en una «salida» tan conveniente para los intereses de la explotación capitalista. Si vivimos en el mejor de los mundos posibles, no te quejes por tu escaso salario porque es el más alto que en este mundo podrás alcanzar.

Las religiones se copian unas a otras, incluso en detalles secundarios y poco trascendentes, como dejó demostrado Frazer en La Rama Dorada, y entre escenarios geográficos y de civilizaciones diversas que quizás dejan entrever posibles relaciones de «contagio» que quizás nos han ido llegando, desde la Prehistoria, con sus rituales de enterramiento y prácticas del embalsamado de los cadáveres, trasunto de unas creencias en una vida ultra-terrena.
Se suceden esas religiones, en una suerte de relaciones paterno-filiales en las que el tiempo juega un papel manifiesto: primero con la sucesión politeísmo / monoteísmo y después, por ejemplo, con el judaísmo, el cristianismo y el mahometismo.

Los creyentes en las diversas religiones coexistentes participan todos de un inexorable corolario: si la suya es la verdadera -así lo creen-, todas la demás son falsas.

Si se prescinde de tomar en consideración ese posicionamiento apriorístico, el reparto en porciones alícuotas de ese general «baño» de falsedad arroja un valor tan próximo a la totalidad que en la práctica se viene a identificar con ella: todas resultan ser, así, completamente falsas.

El caso del profeta Jesús, por consiguiente, no ha sido sino uno más de entre esos varios casos similares, habidos a través de la historia de la especie humana con similar éxito en el proselitismo alcanzado respectivamente.

Sin salirse de la propia religión cristiana, el papel jugado por San Pablo, con su extensión a los llamados «gentiles» de su prédica antes reservada exclusivamente al ámbito sionista, ofrece un ejemplo de esa multiplicidad profética.

La ciencia no puede refutar la existencia de Dios, simplemente porque ese no es su propósito. Referida siempre a cuestiones relativas al «más acá», siempre susceptibles de ser sometidas a contraste experimental y a verificación fáctica o a cálculo, su devenir histórico hubo de pasar antes por pruebas tan toscas en el ámbito académico como el del escrutinio de hipótesis emanadas de las creencias populares. Recordemos las supuestas «vaginas parlantes» en tiempos de la Ilustración en el siglo XVIII.

Esa impotencia del saber científico en lo relativo a cuestiones teológicas carece por consiguiente de la más mínima relevancia. No se le pueden «pedir peras al olmo». Mi propio posicionamiento, ya quedó reflejado, como resultado subsidiario de mis dos trabajos:

«Thorotrast»: una locura radioactiva

BIBLIOTECA DIGITAL ( 2 )

Ese posicionamiento mío se basa en el análisis de las ineludibles contradicciones internas inherentes a los conceptos que con general consenso se atribuyen a los atributos asignados al concepto «Dios», con independencia de cualesquiera que sean las religiones que en concreto se estén considerando. «Por la boca muere el pez», como coloquialmente se suele decir de forma metafórica.

A pesar de todas mis expresadas reticencias, mi firme recomendación de lectura del susodicho libro de Manzanares Japón subsiste con pleno vigor. No obstante, lo que sí diré es que la toma en consideración de los textos correspondientes a la bibliografía aportada por dicho autor resulta redundante en gran parte por abundarse en esos otros textos, en buena medida, en los mismos argumentos esgrimidos en favor de su ferviente tesis teísta.

Finalmente, también diré que sin el amplio interlineado del libro, que tan cómoda hace su lectura, y sin la encuadernación cartoné adoptada por la Editorial Crítica, la dimensión real del texto cuya redacción tantos años le requirieron a su autor -según su propia confesión-, su real extensión y concomitante dimensión, se verían drásticamente reducidas en su auténtico y «gibarizado» valor.

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