Igualdad de oportunidades

Conchita era bastante guapa. No es que fuera Ava Gardner, pero era guapa, lo que se dice guapa, guapa. Lo mejor de Conchita era el cutis luminoso y los ojos vivaces y el que no tuviera un gramo de grasa en el cuerpo. O sea, nada de barriga, nada de michelines, gordita por donde debería estar gordita y delgada por donde, también, debería estarlo.

Pues bueno, esta Conchita, encima, quería estudiar. No le apetecía convertirse en asistenta por horas como su madre, ni casarse y ser una jodida esclava. Lo decía en su casa a la hora de cenar, cuando se cachondeaban de ella, más o menos el único momento en que estaba junta toda la familia. Y digo más o menos porque su hermano mayor, el Vicen, estaba en el trullo por camello y su única hermana, la Reme, en Barcelona, de puta; el pequeño, el Lolo, en Protección de Menores, y el tercero, el Romualdo, haciendo la desintoxicación con unos compañeros del barrio en un campamento del Ayuntamiento.

En la casa, a la hora de la cena, se sentaban a la mesa los cinco hermanos varones que quedaban, la madre y el padre, al que en el barrio llamábamos el Tablones o el Rengue, a lo mejor porque era cojo, pero eso lo contaré un poco después.

El follón lo solía empezar el padre.

– A ver cuándo te vas con tu madre a servir, leche –decía el padre?. Aquí somos muchas bocas y hay que arrimar el hombro. La jodía ésta, todo el día rascándose el chumino.

– Voy a estudiar enfermera, se lo he dicho a la asistenta social y me ha dicho que eso está muy bien. Además, no me pienso casar y no diga usted palabrotas, padre.

– Ésta es mi casa y digo lo que me sale del forro, no te digo. Y hazte enfermera, anda, para que te meta el rabo cualquiera –añadía el padre.

El padre decía eso cuando podía hablar, porque la mayor parte del día y de la noche el Rengue andaba berza. Había sido, allá en su lejana juventud, peón de albañil, pero le cayó encima una carretada de tablones y le machacó la pierna derecha. De ahí el apodo de Rengue o de Tablones.

– De eso nada –contestaba Conchita?. A mí no me la mete nadie. Si digo que voy a estudiar es que voy a estudiar.

Los hermanos se cachondeaban de ella y la llamaban finolis, estrecha y tontalculo. ¿Y la madre?, se preguntarán ustedes. Bueno, la madre no decía nada. Acababa tan cansada, tan derrengada de limpiar la mierda de los señoritos a cuyas casas iba de asistenta, que no tenía ganas de nada. Además, figúrense ustedes, después de ese curro tenía que hacer la comida, planchar y lavar los platos de la caterva de hijos y del padre.

A veces, hablaba con su hija cuando las dos fregaban los platos.

– Hija, ¿y eso de ser señorita enfermera es difícil?

– Sí, madre, pero lo quiero hacer. No quiero ser como usted, madre.

Y la madre suspiraba, mientras escuchaba eructar al Rengue, ante el aparato de televisión que les había proporcionado la señorita asistente social.

Y así fueron pasando los días, como se suele decir, Conchita soñando con ser enfermera, la madre deslomándose por ahí de asistenta y el Rengue, los ratos que pasaba en la casa, pidiéndole cosas a la Conchita y molestándola.

– Tú, finolis, acércate a la tasca y tráete dos botellitas, corre.

– No me da la gana, padre. Me queda limpiar toda la casa, vaya usted.

– ¡Me cago en mi pena negra! ¡Niña, tráeme las botellas o te mato, puta, guarra!

Y perseguía a la Conchita por la casa, intentando arrearle con la muleta, maldiciéndola con los peores insultos.

El caso fue que un día, a media tarde, Conchita, mejor vestidita que nunca y hasta perfumada, con una bolsa de deportes en las manos, se presentó en la comisaría de la calle de la Luna y pidió hablar con el comisario.

– ¿El comisario? ¿Para qué, se puede saber? –le dijeron en la puerta.

– Quiero poner una denuncia.

– Pues aquí es donde se ponen las denuncias. El comisario no está para gaitas. ¿Qué es lo que quiere denunciar?

– Me quiero denunciar a mí.

El inspector de guardia debió quedarse un poco asombrado, aunque en las inspecciones de guardia de las comisarías se ve y se escucha de todo.

– Me he escapado de casa y no pienso volver. Oiga, ¿en la cárcel se puede estudiar?

Se me olvidaba decir que Conchita tenía once años y que acababa de matar a su padre clavándole en la garganta el cuchillo de la cocina.

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