Salud y medio ambiente: un mismo destino

La salud humana es reflejo de la salud de la Tierra Heráclito

Vivimos en una cultura ambigua en cuanto a la salud se refiere. Por una parte se valora la juventud, la apariencia, la belleza exterior y el culto al cuerpo. Por otra no se está dispuesto a renunciar a nada, todo se supedita al placer inmediato, venga a través de la comida, la bebida o el ocio. Difícil equilibrio, aunque quizás vaya ganando lo positivo, como revela el éxito de los gimnasios (contrapartida de algunos excesos), las revistas especializadas y los programas de los medios de comunicación.

La salud humana depende de cuatro factores: genética, estilo de vida, ambiente y calidad de los servicios sanitarios. Dado que sobre la herencia poco podemos influir (por ahora), queda en nuestra mano, y es nuestro deber y responsabilidad, vivir saludablemente y buscar un entorno favorable, aspecto difícil hoy por cuanto nuestro modo de vida genera un medio hostil (a través de las emisiones de gases invernadero que están dando lugar al cambio climático, por ejemplo) y las grandes empresas, imbuidas por el capitalismo cortoplacista, liberan una gran cantidad de subproductos sin la correspondiente evaluación que finalmente llegan a nuestros organismos a través del aire, el agua o los alimentos.

La propia existencia de las ciudades, en las que pronto estará viviendo el 70% de la población mundial, añade un factor incierto por los impactos ambientales y psicosociales que tales entornos generan, en especial si el crecimiento es descontrolado y abundan las zonas de exclusión.

Sin embargo, el ser humano, aunque con una fuerte impronta cultural y social, es también naturaleza porque de ella procedemos y en ella nos encontramos. No hay más que observar la salida masiva en los fines de semana y la búsqueda de parques y zonas periurbanas. Lo natural promueve nuestras mejores percepciones: paz, equilibrio, serenidad, unidad, belleza, misterio. Por ello se define a la naturaleza como maestra, pues en su contacto emerge lo mejor de nosotros. ¿Y qué es la educación -educere- sino sacar fuera todo nuestro potencial?

La salud de la naturaleza

La reciente pandemia nos ha mostrado varias enseñanzas. La principal es que en las zonas deforestadas la probabilidad de transmisión de enfermedades, sea través de virus, mosquitos o arácnidos (garrapatas) es mucho mayor. Es decir, el ser humano no puede, a su antojo, modificar el medio. No puede ordenar que se ocupe aquella zona boscosa para construir, sembrar o ganar tierra para pastos. Debemos encontrar el equilibrio óptimo entre nuestra presencia y un entorno bien conservado, frenando el desarrollismo que a la búsqueda de nuevos negocios no repara en ninguna frontera. Aunque no es tan seguro que hayamos aprendido la lección dentro de un sistema codicioso y cortoplacista como el actual. Las gentes, por lo demás, quieren seguir disponiendo de bienes sin límites, llegando a mirar con hostilidad a quienes sugieren contención y sencillez para asegurar nuestra supervivencia.

Nuestra mejor tecnología frente a las infecciones es una naturaleza robusta. Si minamos su salud, su equilibrio, estamos jugando con fuego. La naturaleza no es un bálsamo, sus procesos de ajuste (entre placas tectónicas o a través de volcanes, por ejemplo) nos ponen a temblar y procesos meteorológicos extremos pueden resultar devastadores. Estúpido comportamiento el de los humanos que, sabiendo de estas manifestaciones, las acentuamos temerariamente con nuestras emisiones e impactos, pensando que el que venga detrás ya se las arreglará. Pero el tiempo se acorta y las consecuencias ya se sufren, especialmente entre las poblaciones vulnerables.

Si el estado del medio es bueno, mejor nos irá a todos. Y si nuestra conciencia es la adecuada, mejor le irá a él y mejor a nosotros. Los siete millones de personas que mueren prematuramente en el mundo como consecuencia de la contaminación atmosférica son sólo un síntoma de la insensatez humana, que trabaja para que el medio sea más inhabitable. Similares cifras las encontramos tras el agua contaminada o los alimentos insanos, por no citar las muy probables próximas pandemias muy vinculadas a la degradación de la naturaleza.

En síntesis, no es posible pensar en la construcción de la salud humana -precioso bien- si no la acompaña un medio igualmente saludable. La apariencia exterior sólo se sostiene cuando procede de la salud interna. Y para que todo lo que entre en nuestro organismo sea nutritivo, hay que lograr un medio favorable, es decir, un nuevo modelo económico justo, saludable, equilibrado, en donde las personas y el interés común estén en el centro.

Y la forma de alumbrarlo es con actitudes responsables y cuidadosas en lo personal (alimentación sana, ejercicio corporal, descanso…) y compromiso social que exija un medio limpio y armonioso en el que ni los pulmones ni ninguna otra parte de nuestro organismo sea el vertedero de los productos contaminantes. El destino de la humanidad irá unido al de la naturaleza, potente vínculo que, si lo reforzamos, puede dar una esperanzadora visión a nuestro futuro.

Presidente de la Asociación Española de Educación Ambiental

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