Memoria y autorrepresentación de los comunistas

Funeral en Madrid, por los abogados de la Matanza de Atocha, enero de 1977

Decía Ignazio Silone, fundador del PCI y luego disidente, que «la intensidad de los lazos que unen a un ciudadano con su partido se encuentran en proporción inversa a los sacrificios que le cuesta. El partido comunista, para sus militantes, no es sola ni principalmente un organismo político: es escuela, iglesia, cuartel, familia; es una institución total en el sentido más completo y puro del término, y compromete por entero a quien se somete a él».

Ciertamente, los comunistas compartían los rasgos propios de una idiosincrasia particular: la convicción de marchar en el sentido de la historia, la certeza de pertenecer a una vanguardia consciente, de tener un objetivo claro y de disponer para ello de una herramienta, el partido. Era la cultura de una contra sociedad que anticipaba en su seno los rasgos del futuro, como evocó Rossana Rossanda al recordar a los camaradas de su célula, cuya matriz podía considerarse de naturaleza universal: «Los del semisótano, los que pasaban de taller en taller o de casa en casa, al final del trabajo, para recoger los sellos de la cuota de afiliación, configuraban una sociedad distinta dentro de esta, en la que los comunistas querían ser los más iguales y los más disciplinados, los explotados y oprimidos pero seguros de comprender más que los demás las leyes que mueven el mundo, con sencillez y presunción». A todo esto se unían, en el caso de los españoles, una voluntad pertinaz de resistencia y un concepto férreo de la disciplina. No en vano, casi la mitad de su existencia transcurrió en la clandestinidad. Unas virtudes, en tiempos de persecución que, extrapoladas a un contexto distinto, podían derivar en ocasiones en inflexibilidad, dogmatismo y en la reconfortante pero contraproducente máxima de «más vale equivocarse con el partido que acertar contra él».

Las filas comunistas se nutrieron originariamente de una generación fascinada por la revolución de Octubre y galvanizada en la guerra y la resistencia. Gente como Perfecto Lorenzo Calviño, que en 1990 escribía en sus memorias: «No puedo decir cuánto quise a la Unión Soviética y lo dejo en estas cuartillas sin que lo vea nadie. Tenía que quererla por lo que nos ayudó en la guerra y después en las Naciones Unidas: era nuestra esperanza en las cárceles». Simón Sánchez Montero, crítico en sus últimos años con el «socialismo real», reconocía sin embargo el apego a la URSS entre los veteranos: «Militaban en un partido heroico, inevitablemente disciplinado, con una disciplina a veces autoritaria. Tenían, como fuerza fundamental de su espíritu comunista y de su leninismo, la política antiimperialista de la URSS, su defensa de todos los países que luchaban por su liberación, por la democracia, y que se enfrentaban con el imperialismo. Esos comunistas veían los avances soviéticos en el terreno militar (la derrota de Hitler y el fascismo), y en el terreno científico y militar (la bomba atómica y después la de hidrógeno, el envío del primer hombre al espacio)».

Mas tarde, llegó una nueva hornada de obreros, estudiantes e intelectuales. Sus motivaciones variaron según el repertorio experiencial. El novelista Luis Goytisolo entró a militar porque los comunistas eran la antítesis del régimen: «Al luchar contra el franquismo, había estado luchando íntimamente en favor, no de la instauración de una sociedad comunista, sino del restablecimiento de unas libertades democráticas que consideraba consustanciales a toda sociedad digna de ser vivida». Fernando Soto, metalúrgico, dirigente de CC.OO procesado en el 1.001, sintetizó así sus posiciones: «El Partido contra todos, contra el capital, los capillitas y meapilas, contra el sindicato vertical, contra los jefes y contra los cronometradores, los pelotas y lameculos, contra los inspectores de los tranvías; contra la policía armada, la guardia civil y la policía política, contra los jueces y tribunales, contra el Estado… contra el fascismo. Por la libertad, por la democracia, por la justicia social, por la igualdad, por el internacionalismo, por la revolución social; a favor de los débiles, de los oprimidos, de los humillados, de los perseguidos». Soto resaltó el ejemplo de los veteranos, erigidos en referentes: «Gentes como Juan Menor, que se jugaban el tipo pasando clandestinamente la frontera, malviviendo a salto de mata, alejados de sus familias; españoles hasta la médula, de origen obrero o campesino. Con aquella gente se podía ir al fin del mundo. Y fuimos».

Entre todos integraron una fuerza coral que encarnó la resistencia contra la más longeva dictadura fascista de Europa. Dirigentes y militantes como Silvano Morcillo, que decía: « Si alguna vez se escribe la historia del partido se dirá “gracias a Mengano, Fulano, Zutano y a etcétera, etcétera, etcétera”. Pues en esos etcétera estaremos nosotros». De eso se trata ahora: de recuperar la historia de los etcéteras.

Historiador

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