El precio del progreso

El documental que denuncia el aumento del negocio contra la salud en la alimentación

Somos lo que comemos. Esta expresión, aceptada en mayor o menor medida por toda la sociedad, encierra en sí misma varios requisitos para ser cierta: conlleva la capacidad de elegir lo que se ingiere, el dinero suficiente para poder comprar con libre albedrío y la conciencia adquirida de la necesidad de cuidar nuestra salud, propios del primer mundo. Ya superada la preocupación de ingeniárselas para comer a diario y reinterpretando la teoría de la pirámide de Maslow, se puede decir que quien tiene cubiertas sus necesidades más básicas (alimentación, abrigo) intenta, además, ir un paso más allá y realizarse, perfeccionarse, buscar una vida más longeva y con más salud para disfrutarla. Se puede decir que las personas se preocupan cada vez más de lograr un equilibrio entre cuerpo, mente, salud, felicidad y esfuerzo para conservar un cuerpo saludable.

¿Pero realmente sabemos lo que comemos? ¿O vivimos en la ilusión (creada) de que tenemos toda la información, todos los ingredientes y los análisis calóricos, de modo que somos los responsables en última instancia de nuestra salud (o falta de ella)? ¿Realmente estamos eligiendo salud?

En un mundo cada vez más dominado por la post verdad, donde cada vez más personas sistemáticamente dudan de los relatos oficiales (a veces hasta sin ningún tipo de base ni lógica), muy pocos dudan de que lo que nos venden sea insano de algún modo. Los negacionistas del covid, por ejemplo, haciendo caso omiso de las estadísticas, no se quieren vacunar porque no confían en las farmacéuticas. Quieren tener la certeza de que lo que les inyectan no sea peligroso o no lo sea en un futuro. Sin embargo, ¿se preocuparán en igual medida de lo que meten en su cuerpo diariamente? No son mayoritarias ni mucho menos las voces de quienes llevan décadas denunciando a los lobbies agroalimentarios. Parece que en la conciencia colectiva ya no resuenan tanto aquellas advertencias sobre los tan controvertidos OGM (organismos genéticamente modificados) ni se habla de corporaciones como Monsanto (adquirida por Bayer tras el escándalo de 2017) que vio cómo la peligrosidad de sus pesticidas quedaba al descubierto al ser investigados. El debate de los transgénicos hace tiempo dejó de preocupar a la mayoría de la población.

Una película que formula preguntas y despierta conciencias

Este documental dirigido y escrito por Víctor Luengo (quien también dirige la fotografía) ha llegado para generarnos la siguiente duda razonable: ¿renuncia la economía de mercado cuando comercia con bienes de primera necesidad al máximo beneficio, dada su naturaleza necesaria para la vida?, ¿intenta generar productos de calidad y que sean sostenibles por encima de enriquecerse sin límites?

Y una vez generada la duda, nos da todas las herramientas para decidir. Confiando en la inteligencia del espectador y su propio criterio para buscar las respuestas, El precio del progreso no nos impone moralejas ni recados morales. Su mayor valor reside en haber convencido a personas con intereses aparentemente encontrados para dar sus testimonios, sin preguntas capciosas, sin manipulaciones, sin guiar al espectador a una conclusión decidida de antemano. La cámara da el protagonismo por igual a los directivos de mayor nivel de los lobbies, a sus científicos y a sus abogados, como a los representantes de Greenpeace y a los periodistas de investigación en el lado contrario. El creador se mantiene a una distancia que se agradece enormemente.

Es una labor encomiable y seguramente nada sencilla poner delante del espectador a los lobbies que normalmente rehúyen estas películas, sabedores de que cuanto menos se conozca de ellos, mejor para mantener su opaco funcionamiento y sus privilegios.

El estilo de Luengo es visualmente una experiencia inmersiva. Los planos amplios nos llevan hasta los despachos de las personas que dan sus opiniones desarrollando sus ideas. Se nota que Víctor Luengo tiene una dilatada carrera en fotografía. Su pericia técnica es clara.

Este documental ha logrado una mención de honor Espiga verde en la SEMINCI 2019, el primer premio en el Festival Internacional de Cine de Canarias, el premio del público en el GLOBAL DOCS de Puebla, en México, y fue nominado para los Green Film Network 2021. Además, ha competido en la selección oficial de prestigiosos festivales como el Bushwick Film Festival de New York, el Raindance Film Festival o el Another Way Film Festival de Madrid. También compitió en el Docville International Documentary Film Festival, el ECOCUP de Moscú, el APOX Film Festival, el Firenze Film Festival, ECOZINE en Zaragoza, en Los Ángeles Festival of Cinema, en el Artic Film Festival y en el Mafici Festival en Argentina 2021.

Datos reveladores y desconocidos para la gran mayoría

Para parte de los espectadores será un mazazo entender cómo se toman las decisiones de qué alimentos son aptos para el consumo y cuáles no. Sabemos que hay organismos que velan por la salud pública, como la EFSA (Europen Food Safey Authority), agencia europea financiada por la Unión Europea que opera con independencia de las instituciones legislativas y ejecutivas. Se constituyó en enero de 2002, tras una serie de crisis alimentarias, como fuente de asesoramiento científico y comunicación sobre los riesgos asociados a la cadena alimentaria. En Estados Unidos su homóloga es la FDA, encargada de proteger la salud pública asegurando que los alimentos sean saludables y estén debidamente etiquetados.

La EFSA debe autorizar los productos en base a estudios y análisis pero es la propia marca la que hace estas investigaciones y envía sus conclusiones al organismo, que no puede hacer públicos estos datos. Es decir, la EFSA básicamente hace las valoraciones en base a lo que lee. En ocasiones se ha destapado que incluso los científicos solo han firmado un informe ya redactado por la industria agroalimentaria.

Mientras Europa mantiene una actitud más conservadora hacia los pesticidas, los OGM, parece una cuestión más de “maquillaje” que una preocupación real por la salud pública, ya que se permite fabricar aquí esos pesticidas que se exportan y vuelven al continente en forma de vegetales que han sido tratados con ese mismo producto “prohibido”. Resulta paradójico escuchar a Mella Frewen, directora general de Fooddrinkeurope (organización sin ánimo de lucro que busca un merco donde las compañías de alimentación busquen las necesidades de la sociedad y un crecimiento sostenible), lamentarse de que existan normas para evitar que los científicos que deciden en la EFSA no puedan tener intereses en las mismas industrias alimentarias. Estas declaraciones le valieron perder su cargo.

Pero ¿por qué se siguen usando tantos pesticidas potencialmente peligrosos? Nos vendieron las bondades del enorme potencial de modificar genéticamente los alimentos. Los OGM no necesitarían pesticidas, serían más nutritivos, más baratos, menos contaminante, acabarían con la hambruna en el mundo. ¿Qué podría salir mal ante estos argumentos? La realidad es que se han usado para generar más beneficios a las corporaciones, ni más ni menos. Mientras tanto, se usan los herbicidas en los grandes cultivos, con los argumentos de que no son peligrosos. Resulta evidente que el mercado de estos productos es otra fuente de negocio a la que los lobbies no están dispuestos a renunciar.

“En Estados Unidos ni se ha reducido el uso de pesticidas, ni las cosechas producen más, ni han hecho las plantas más sostenibles. Solo es un mercado de patentes”, insiste Pat Thomas, periodista de investigación ecologista que lleva muchos años advirtiendo sobre los peligros de los pesticidas. Y los datos le dan la razón: cuatro empresas (Bayer, Corteva, ChemChina y Limagrain) controlan más del 70% de las semillas GMO mientras que el 75% de las variedades de cultivos del mundo desaparecieron entre 1900 y 2000, según la FAO. Para estas semillas las corporaciones fabrican sus propios pesticidas que venden en el lote.

Efectos de los pesticidas en la salud

Lo más inquietante que nos rebela el documental viene de la mano de las declaraciones de los epidemiólogos Miguel Porta y Nicolás Olea y del científico norteamericano Christopher Portier. Este último participó como especialista invitado en la Monografía 112 de la IARC, la Agencia Internacional de Investigación sobre el Cáncer de la Organización Mundial de la Salud, que en marzo de 2015 reclasificó al glifosato como clase IIA (Probable Cancerígeno en Humanos). El glifosato, producto comercializado por Bayer (antes Monsanto), es el herbicida más vendido del mundo. Roundup es su marca comercial. Sin embargo, se sigue comercializando el glifosato. ¿Cómo puede ser? Las voces críticas como la de Portier siguen sin ser escuchadas. La EPA en enero de 2020 volvió a sostener que el glifosato no es un probable cancerígeno. La subordinación a la industria se demuestra por los documentos en los que se basó: papers científicos elaborados por la propia industria o por autores que se presentan como independientes pero fueron pagados por empresas, artículos escritos por los trabajadores de Monsanto, estudios de Monsanto- Bayer realizados en un laboratorio clausurado por fraude. ¿No parecen muy objetivas estas decisiones, verdad?

Las claves de la relación entre el cáncer y los pesticidas nos las dan en El precio del progreso: los pesticidas tienen base de petróleo, que es acumulativo en el cuerpo humano. El cáncer no es sino producido por la incomunicación entre las células, que van degenerando por el aumento de los tóxicos de los pesticidas en nuestro cuerpo. El científico Miguel Porta lo tiene claro. El creciente cáncer de mama, por ejemplo, en mujeres jóvenes se debe al ambiente y nuestra exposición a estos agentes patógenos. “El cáncer de mama antes era una enfermedad de mujeres de setenta años y cada vez hay más casos en mujeres en la treintena con cáncer”. No solo eso, también existe relación con la “toxicidad reproductiva” que genera dificultades en parejas sanas para tener descendencia. En las próximas décadas la enfermedad seguirá en un aumento vertiginoso según estos datos.

Viendo este documental, no puedo evitar pensar en la responsabilidad de las corporaciones en la extinción de cada vez más aves o incluso en la desaparición de las abejas, sin cuya existencia no sería posible la vida. Y en cómo no se investiga suficientemente la responsabilidad de los pesticidas en esta degeneración de las especies.

A veces, películas como esta nos devuelven a la realidad de un sistema en el que el ser humano y su salud no están en el centro. Hacía falta un documental valiente para darnos luz sobre este tema y aclararnos las prioridades de las corporaciones. Un visionado imprescindible de un documento brillante en todos sus aspectos.

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