Se avecinan malos tiempos. Tras los jinetes de la Peste, el Hambre y la Muerte, en el horizonte cabalga la Guerra. Si no se detienen los halcones de la guerra de Washington, ni los magnates de la industria bélica de Estados Unidos, ni los fascistas que ocupan el poder en Kiev, la guerra en el Este de Europa, en Ucrania, parece inevitable.
Solo hará falta una pequeña excusa, un incidente en el Donbás, da igual quién lo provoque, aunque, conociendo la manipulación de los medios occidentales, el culpable será siempre Rusia. ¿Acaso no lo decía ya el fascista español Serraño Suñer, el cuñadísimo del dictador Franco? Y, contra lo que podría parecer, la sinrazón está triunfando y las masas, absortas en programas basura y en mentiras que creen a pie juntillas, andan más preocupadas por los resultados de la liga de fútbol que por los tambores de guerra.
Nadie, en su razón, debería callar y permanecer impasible. Nadie debería consentir que un gobierno se implique en una guerra que no han votado sus ciudadanos. Nadie debería consentir tamaña canallada. Pero no, los errores de Irak se repiten y ahora con la complicidad de la misma izquierda.
Por eso.
Yo acuso.
Yo acuso, sí, con el corazón encogido y la mente clara, como tantos otros, a las masas que no tienen criterio propio, que creen aquello que escuchan en televisión o en la radio y se enfervorizan con heroicas gestas que solo llevarán sangre y muerte. Acuso a esas masas incapaces de cambiar el curso de la historia e hipnotizadas por discursos nacionalistas, cuando no racistas o xenófobos, a los que seguirán hasta caer en los precipicios de la estupidez.
Yo acuso, sí, con el puño en alto y la sangre palpitante, como tantos otros, a los medios de comunicación, convertidos en plataformas de desinformación que son más propaganda bélica que información objetiva y contrastada. Y acuso también a esos reporteros y reporteras que dan sus noticias desde una de las zonas en conflicto, incapaces de adentrarse (por cobardía o por órdenes superiores y algunos también por convicción propia, no nos engañemos) en el otro lado, en el Donbás, en Moscú… Los acuso de manipuladores, de lacayos de sus amos, sin paliativos, sin medias tintas, y los culpo de lo que pueda acaecer en Ucrania.
Yo acuso, sí, decepcionado y furioso al mismo tiempo, como tantos otros, a ese presidente del gobierno español supuestamente progresista que se arrodilla ante el Imperio, que manda sus barcos a aguas que nos quedan muy lejos, que rinde pleitesía a una OTAN belicista y que cuenta con el apoyo cómplice, por acción y por omisión, de su socio de gobierno.
Sé que mi grito, y el de tantos otros ahora silenciados por la mayoría, por la masa dirigida, por los medios omnipresentes, por los partidos dominantes, no llegará más lejos de mi sentimiento, más lejos de unas breves páginas en la red, de una bitácora trabajada pero solitaria, de unas redes sociales donde solo cabe aullar en el desierto. Sé que mi llamada, como la de tantos otros, quedará apagada por el canto de sirenas, los himnos fatuos, las banderas de “libertad” o la final de la Champions. Sé, y eso me destruye por dentro, como a tantos otros, que ellos, los poderosos de siempre, prevalecerán y nos arrastrarán de nuevo al caos, como ya hicieron en 1914 y en 1939 y como estuvieron a punto de hacerlo con la crisis de los misiles en los años sesenta.
Sé, y eso me arde por dentro.
Por eso.
Yo acuso sin paliativos, y acusaré, como tantos otros perdidos en el desierto, a los que se ocultan en la masa, en el pensamiento único, en lo políticamente correcto, en el qué dirán del vecino, en el NO A LA GUERRA en Irak pero no en Ucrania. Yo acuso a los que tienen un punto de vista cambiante según sea el objetivo. Acuso a los suicidas de la cooperación, de la cultura, de la solidaridad, de las buenas relaciones internacionales, de las fobias y filias malentendidas. Les acuso de genocidas contra todo el género humano.
Si la Guerra, el último jinete del Apocalipsis, llega por fin a nuestro horizonte, solo me quedará, como a tantos otros, gritar más fuerte, más alto, más lejos, y enfrentarme a los molinos de viento, no, a los gigantes que nos traen la destrucción. Lucharemos pero aviso.
Aviso.
Luego, los que calláis y miráis para otro lado, los que consentís y asumís la mentira sin contrastarla, los que os enerváis con himnos y banderas, con barquitos de guerra navegando, cual galeones imperiales, por mares que no son nuestros, os quejaréis.
Y entonces yo os preguntaré, como harán tantos otros, por qué pagáis más por los servicios básicos, qué fue del precio de la electricidad y de la gasolina, por qué se tarda cada vez más en la atención de las emergencias médicas, qué tal andan vuestros hijos e hijas en los cada vez más abandonados colegios públicos, si podéis llegar a fin de mes con mil euros de salario, cuando tendréis un hogar digno donde vivir… Y responderéis con el silencio, o votando a los que, precisamente, han consentido o promovido las condiciones en las que estáis. Y no reiré, como harán tantos otros, ni haré chanza de vuestras peticiones sino que gritaré, con el puño alto, como otros muchos, por nuestros derechos, por vuestros derechos.
Pero mientras tanto yo acuso.







