Cuando todavía no hemos superado las temibles consecuencias del Covid-19, con su desoladora ola de muerte y sufrimiento, continúan acentuándose todas las contradicciones a nivel internacional. A la escasez de suministros, materias primas y fuentes de energía que sufre la economía mundial tras la pandemia, debido a la fuerte disputa por el control de los recursos, los mercados, las rutas del transporte y el comercio global y acelerado por la tendencia acaparadora y especulativa del capitalismo (que está provocando la mayor tasa de inflación en 30 años, con un 7,6% interanual), se añade la actual guerra en Ucrania. Un conflicto que expone a toda la humanidad a un punto de tensión límite, e incluso al peligro de conflagración nuclear.
El actual contexto se caracteriza por la agresiva respuesta del imperialismo norteamericano ante su actual fase de decadencia y, sobre todo, ante el ascenso de nuevas potencias mundiales, especialmente de China, que están amenazando la hegemonía de Estados Unidos como única superpotencia mundial tras la caída de la Unión Soviética. EEUU endurece su estrategia global para empujar a todo el planeta hacia una nueva «guerra fría», de polarización mundial y división en áreas de influencia en torno a distintos bloques y a grandes potencias. De la extensión hacia un mercado mundial en la época de la globalización, hoy tendemos a una fragmentación a marchas forzadas, hacia lo que muchos ya denominan proceso de «desglobalización».
La expansión de la OTAN dirigida por EEUU hasta las mismas fronteras de Rusia, la imposición de gobiernos títeres y hostiles a Moscú, las permanentes amenazas de incorporar a más países a la Alianza Atlántica (Georgia, Moldavia y Ucrania), así como las ansias del propio Putin para frenar su desgaste ante los crecientes problemas internos en Rusia y para detener el ascenso de los comunistas (que estaban canalizando el descontento popular a las puertas de las elecciones presidenciales durante el 2023), han desatado una guerra en Ucrania que ya está acelerando unos cambios profundos en los procesos mundiales, tanto en la geopolítica como en la economía mundial. La
Guerra, sanciones, inflación, crisis…
La guerra en Ucrania y la oleada de sanciones impuestas por la OTAN contra Rusia, así como las sanciones de Moscú a Occidente como represalia, están agravado la importante escasez de materias primas, energía y productos básicos, que está significando una creciente paralización económica y productiva, un alza inflacionista de larga duración (que está provocando una fuerte devaluación salarial al hundirse el poder adquisitivo de la clase trabajadora), un posible encarecimiento de la financiación si aumentan los tipos de interés, que puede afectar negativamente al consumo al desplomarse las ventas y, por lo tanto, que acabe repercutiendo en un aumento del desempleo.
Ya en la pandemia, y ahora con la guerra y las sanciones, está quedando en evidencia la fuerte dependencia de materias primas y energía de la UE y de España, que está teniendo un nocivo impacto en la economía. El encarecimiento de los precios y el desabastecimiento consolidan una tendencia hacia la estanflación (suma de estancamiento e inflación), que será mayor o menor en función de lo que se alargue la guerra. La tremenda incertidumbre también está disminuyendo la inversión en muchos países y, por lo tanto, está dificultando la financiación, lo que agrava la paralización económica y productiva.
El efecto bumerán y el parón de la economía
La guerra de Ucrania ha desatado la mayor y más contundente oleada de sanciones económicas, prohibiciones deportivas, mediáticas y culturales contra un país en más de medio siglo. Intentar expulsar a Rusia del comercio con Occidente estrechará sus lazos con China, agravará la dependencia de la UE respecto a EEUU y acentuará la división del mundo en bloques y, especialmente, va a significar un mayor sufrimiento para el pueblo ucraniano y el ruso en la guerra, y puede sumir en la miseria y la depresión al conjunto de pueblos europeos. La escalada y el alargamiento del conflicto, así como el incremento de las sanciones contra Rusia, en el contexto de interdependencia globalizada de la que venimos, ya está teniendo un impacto sustancial a escala mundial, en un efecto bumerán que afecta a todas las economías. El inicio de las hostilidades en Ucrania y después el inicio de la guerra económica contra Rusia han tenido nefastas consecuencias, al iniciar una nueva paralización paulatina de la actividad económica y una nueva oleada de ERTEs, esencialmente debida al alza de precios de la energía, que hace inviable e inasumible poder producir, o por falta de suministros.
En la UE y en España miles de trabajadores y trabajadoras, de numerosas e importantes empresas, ya están afectados por la paralización de la actividad y su producción, que afecta a un amplio abanico de sectores. Estos van desde el automóvil a la industria en general (por falta de aluminio, cobre, níquel o paladio y platino, de los que Rusia es uno de sus principales productores mundiales), el sector cerámico afectado por los precios del gas y por el corte de suministro de arcilla de Ucrania (el 70% de toda la que importa este sector viene de Ucrania), por los elevados precios del gas y la electricidad que han afectado a importantes industrias electro-intensivas (metalurgia, química, siderurgia, gasística), al sector pesquero y conservero y a la industria agroalimentaria, tanto por el encarecimiento del combustible como por la falta de aceite de girasol, maíz, trigo y otros cereales, o los fertilizantes (puesto que Ucrania y sobre todo Rusia son de los mayores productores mundiales). El turismo y el comercio son dos de los sectores afectados, además del transporte por el veto aéreo entre Rusia y Europa.
¿Quiere la UE volver a la “austeridad” para pagar la guerra y la crisis?
En este contexto de escasez, crisis económica y escalada bélica, el discurso de Josep Borrell y Von Der Leyen sobre los sacrificios que deben hacer los europeos como bajar la calefacción en pleno invierno, indica claramente que pretenden sacrificar para aumentar el gasto militar, y manifiesta de nuevo una clara tendencia de Bruselas hacia las políticas austericidas.
En este sentido, el discurso de Pedro Sánchez anunciando los tiempos duros que vienen, que será necesario modificar los Presupuestos del Estado, enviar armas para alargar e intensificar el conflicto militar, imponiendo sanciones, prohibiciones y censura, o culpando exclusivamente a Putin y su guerra del aumento de los precios y la escasez de productos básicos (algo que se ha agravado pero que ya sucedía desde el 2021) y, lo más grave, para justificar un aumento del presupuesto militar, es temerario y preocupante, y más en este momento de peligroso ascenso de la ultraderecha y ante un nuevo intento de recomposición de la derecha, entorno a un PP liderado por Núñez Feijoo.
Este esfuerzo de guerra que está imponiendo la OTAN a todos sus países miembros (que poco tiene que ver con la defensa del pueblo ucraniano y mucho con su sacrificio), puede acabar significando un incumplimiento de los acuerdos del programa de gobierno PSOE-UP. ¿Eso quiere decir que el presidente del Gobierno está sugiriendo que pretende sufragar los gastos de la guerra a costa de las partidas sociales como sanidad, educación, pensiones, vivienda, etc.? Y en el caso de la guerra económica y las sanciones, ¿quién va a pagar los nefastos efectos que van a poner en peligro la recuperación económica tras la pandemia?
Cuando Pedro Sánchez convocó la mesa del diálogo social para plantear un «pacto de rentas», estaba muy centrado en hablar sobre el «control de los salarios» para evitar una escalada inflacionista, justo ahora que la patronal y los sindicatos de clase están negociando el Acuerdo Interconfederal de la Negociación Colectiva (AENC), en un difícil panorama inflacionista y donde la patronal no quiere asumir incrementos salariales o cláusulas de revisión salarial que mantengan el poder adquisitivo de la clase obrera. Para dejar clara la posición sindical al respecto, el secretario general de CCOO Unai Sordo ya ha advertido que «los salarios no pueden ser los paganos de una guerra y de sus consecuencias económicas». Los sindicatos están avisando que vienen tiempos de conflictividad laboral, y ya empiezan a andar algunas movilizaciones sectoriales…
La clase obrera y los pueblos por la paz, la democracia y la justicia social
Es momento de situar claramente prioridades del movimiento obrero, la militancia comunista, el sindicalismo de clase y de la izquierda, para hacer frente a los precipitados cambios en la situación internacional, que se están precipitando aceleradamente y tienen visos de ser de profundo calado, duraderos en el tiempo y cuyos efectos se van a notar en nuestro país de forma drástica en los próximos meses y años, de cara a evitar las instrumentalizaciones de la ultraderecha y canalizar hacia la izquierda el descontento social que se avecina.
Es momento de defender los salarios, los incrementos salariales y las cláusulas de revisión salarial para mantener poder adquisitivo. Hay que rebatir a quien culpabilice de la subida de los precios a la lucha obrera y sindical para incrementar los sueldos. Es esencial no sacrificar el poder adquisitivo de la clase trabajadora frente a los intentos de la patronal para devaluar los salarios. Hay que apoyar de forma decidida los conflictos laborales que ya están en ciernes.
Debemos proteger el empleo y los puestos de trabajo y reforzar el sindicalismo de clase, en los centros de trabajo, los sectores y los territorios. Aplicar los avances de la reforma laboral, extendiendo la contratación indefinida, luchando por la mejora de los convenios y las condiciones de trabajo, y con la aplicación, en su caso, de los expedientes de regulación temporal de empleo como garantía de empleo, al igual que se ha hecho en la pandemia.
Frente a los incrementos aberrantes en el precio de la energía (luz, gas, petróleo, etc.) y los abusos de su oligopolio, hay que luchar desde la calle y tomar medidas decididas desde el gobierno, mejorar el sistema de fijación del precio de la electricidad para reducir y limitar los precios de la energía y propiciar la intervención del Estado, apostando por la nacionalización total, parcial o con la creación de una empresa pública de energía.
Para financiar las políticas sociales, las pensiones y prestaciones, los ERTEs y subvencionar los precios de los productos básicos para la clase obrera y los sectores más vulnerables, hay que pelear por la imposición y aumento de los impuestos a las grandes empresas, fortunas y rentas más altas.
La clase obrera no está interesada en una escalada militar ni en alargar la guerra. El movimiento obrero y sindical debe luchar por la solidaridad internacionalista, contra el fascismo y por la paz entre los pueblos. Las principales víctimas de la guerra y el enfrentamiento económico a escala internacional son los pueblos y las mayorías trabajadoras, tanto del personal militar como de la población civil, y es a quien van a hacer pagar la factura de sus aventuras militares.
La clase obrera está interesada en la paz, la neutralidad, la distensión y la vía diplomática, y más ante una peligrosa escalada militar entre potencias nucleares. Es esencial explicar en los centros de trabajo y en la sociedad cómo la guerra y el militarismo afecta a sus vidas, salarios y empleos. La única salida a la guerra es una solución política que detenga las hostilidades y apueste por la desescalada, la negociación y la no confrontación en bloques militares, tal y como defiende China y numerosos países a nivel internacional.
EEUU y la OTAN quieren que paguemos su expansión hacia el este y su próxima guerra contra China, sacrificando nuestros salarios, condiciones de vida y empleos. Hay que implicar al movimiento obrero y sindical en la lucha y las movilizaciones contra la guerra, por la paz y el desarme, y preparar un amplio frente para movilizar al máximo de fuerzas frente a la cumbre de la OTAN que se celebrará a mediados de este año en Madrid.







