Hay un erial por nuestra parte. Según uno entra en Internet, especialmente en lugares como Twitch o YouTube, es asaltado por una horda de streamers que, o bien reproducen como cacatúas la ideología burguesa porque esperan beneficiarse de ella, o directamente reciben dinero a cambio de hacerlo. Creo que no digo nada nuevo cuando me quejo de que estamos perdiendo la batalla cultural, que el relato es tan o más importante en esta época que la realidad tangible y que debemos ganarnos los corazones de nuestros compañeros de clase si queremos alumbrar un nuevo mundo.
Los videojuegos no son nada ajeno a esto. Uno puede encontrarse celebrando de cuando en cuando pequeñas victorias porque más o menos cierta ideología progresista empapa las grandes producciones: hay variedad en razas, géneros y orientaciones sexuales, algo que puede considerarse una pequeña victoria, pues así de variada es nuestra clase también. De hecho, contra este pequeño aperturismo suelen embestir muchos de los youtubers de derechas, gamergaters y demás ralea, sin darse cuenta de que, por norma general no hay ningún tipo de cuestionamiento del sistema. Los videojuegos están plácidamente cargados de la misma ideología que tienen sus creadores, muchas veces izquierdistas de buen talante que tampoco consiguen ir más allá de los propios sesgos en los que se nos acultura. Margaret Thatcher y su there is no alternative.
Hay un erial de videojuegos con ideología marxista. Apenas hay mundos mejores a los que aspirar, y si los hay, son dentro del capitalismo. Incluso obras que son pretendidamente antisistema, como podría ser Neo Cab, se entrampan en sus críticas y acaban de alguna manera celebrando la gig economy porque sirve para embestir contra el corporativismo: un error habitual especialmente entre la izquierda estadounidense que continuamente piensa que anticapitalismo es enfrentarse a las grandes corporaciones y no a la raíz del problema. Incluso en videojuegos de simulación política, como pueden ser Democracy 4, que presume de las grandes posibilidades que nos da, lo más extremo que podemos ejercer en el polo izquierdo es una socialdemocracia con un Estado poderoso y emprendedor. Igual pasa en Democratic Socialist Simulator, que quizá sea muy atrevido para un estadounidense pero es tremendamente timorato ya desde su título.
Por eso creo que es labor del militante comunista prestar batalla también en este frente. Si no realizando videojuegos de corte marxista —o cuanto menos que apunten a nuevos horizontes—, sí montando guardia y tratando de conocer los que ya existen y promocionándolos. Obras de creadores como Colestia, o Neocolonialism, un pequeño simulador que trata de subvertir muchas de las mecánicas habituales de los juegos de estrategia. Mi llamamiento, fundamentalmente, es a quien pueda y quiera crear para que inunde el mundo de videojuegos disfrutables y distintos. No hay un solo simulador de gestión de ciudades que ponga el foco en la felicidad, comodidad y eficiencia; y si se fija en alguna de esas variables lo hace más como subproducto de decisiones economicistas que otra cosa. ¿Por qué no mostrarle al mundo las bondades de la planificación urbana generando lugares agradables y sostenibles en los que vivir? Lo mismo pasa con otras obras del género tycoon: aunque en muchas de facto gestionamos y planificamos la economía, no podemos hacerlo con un cariz socialista. ¿Y por qué no uno de restaurar el planeta Tierra y abandonar el sistema económico actual? Podría ser un videojuego tremendamente difícil pero también inmensamente satisfactorio.
Las posibilidades son inmensas, y si ya hubo un tiempo en el que usábamos la literatura y el cine para soñar con grandes logros bajo la bandera del proletariado no nos queda otra que unirnos a la batalla mostrando entornos videolúdicos con los que ganar esperanza y, sobre todo, mostrar que se puede vivir de otra manera.







