Para Javier Krahe
Aquel chico de mi colegio, esmirriado y de sonrisa torpe, fue siempre demasiado listo. Se llamaba Zacarías y empezó engañando con los cromos, continuó con las canicas y luego siguió con las mujeres. Más tarde, dicen que inventaba negocios fabulosos y que se hizo rico. Siempre fue listo y los trajes cruzados y los coches último modelo indicaban que, de mayor, continuaba siéndolo.
Las mujeres caían en sus redes como pececillos hambrientos y luego salían con la misma facilidad con que habían entrado. Zacarías era tan escurridizo como una pelota mojada.
Aquella noche Zacarías llevaba más de una hora apoyado en el mostrador del Swing, un bar elegante y nocturno de la calle San Vicente Ferrer, propiedad de Víctor Claudín, y observaba a las mujeres. Las había de todas clases: altas, bajitas, gordas, deslenguadas, altivas, coquetas y de mirada huidiza, pero Zacarías buscaba a las de una clase especial, las que tuvieran dinero. Las que sus padres, maridos o novios tuvieran mucho dinero, a ser posible.
Él tenía un sexto sentido para detectarlas.
Por eso no se extrañó cuando la rubia ceniza de boca grande se le acercó y le dijo que le había visto en otra parte.
─¿En el Club de Campo? ─preguntó Zacarías.
─No, creo que no, me he dado de baja.
─Entonces tiene que ser en Soto Grande, ¿no? ¿O quizás en la Feria de Sevilla?
─Quizás, ¿y yo, no te resulto familiar?
Zacarías fingió que la miraba por primera vez.
─El caso es que sí ─soltó una carcajada─. Pero no caigo, ¿importa eso mucho?
─No, supongo que no.
Se dijeron los nombres y se dieron la mano. Ella se llamaba Mara y tenía un apellido extranjero, porque era de origen ucraniano.
─Qué interesante, ya lo decía yo. Se te nota algo extraño, misterioso, no sé.
─Mis abuelos eran de Odessa, ¿sigues sin acordarte de mí?
Zacarías no se acordaba y tampoco le importaba, porque media hora más tarde los dos caminaban hacia Fuencarral, donde estaba el coche de Zacarías, para cenar un poco y cambiar de aires. Zacarías le iba diciendo que tenía varios negocios, pero que el que más le interesaba era el del cine. Ahí perdía dinero, pero le daba lo mismo, se había pasado toda la vida ganando dinero y ahora quería hacer algo artístico, algo creativo.
─¿Te importaría que te hiciese una prueba en video para la película que estamos preparando? Por supuesto es una película barata, casi sin presupuesto, pero yo sigo y sigo, soy muy cabezón.
Ella le contestó que sí, encantada, le gustaba mucho el cine y, sobre todo, las personas con tesón que quieren hacer algo creativo con sus vidas.
Los dos caminaban por la oscuridad de la calle y Zacarías, una vez más, se asombró de lo fácil que era. Se acostaría con ella esa misma noche, al otro día le enviaría flores y más tarde le haría la prueba del video.
Zacarías calculaba dos días más para que ella, espontáneamente, aportara una jugosa contribución a la cooperativa de artistas y de locos que formaban la productora. Ese era el momento para desaparecer.
A Zacarías le había bastado esa media hora con ella para saber que aquella mujer de boca grande no se reía con facilidad, tenía una infinita tristeza, una amargura oculta y que estaba sola, infinitamente sola.
Sin dejar de caminar, Zacarías la tomó de la mano con delicadeza, como solo él sabía hacerlo.
─El primer amor es el más importante ─dijo ella, de pronto─. El primer amor te marca para toda la vida. Yo me enamoré por primera vez a los trece años, en el colegio, de un chico un poco mayor que yo. Estaba loca por él, lo quería como nunca podré querer jamás y él me engañó miserablemente y acabó con mi capacidad de amar.
Llegaron al coche último modelo y Zacarías la apoyó sobre el capó.
─¿Que alguien ha podido engañarte a ti? ¿Qué estás diciendo? ¡Dios mío, qué horror! Yo… bueno, yo me enamoro siempre, ¿sabes? Me enamoro con locura, con pasión… Aunque, bueno, hace mucho tiempo que no me he enamorado de nadie, ya ves, pero tengo la impresión que contigo va a ser diferente… en fin, dejémoslo, ¿no te parece?
─Si no puedes amar, te conviertes en una desgraciada, tu vida es un infierno. Abrazas, haces el amor, dices te quiero, pero tienes el corazón seco y no confías ya en un hombre, en nadie.
Zacarías la besó con dulzura, pero ella se retiró con fuerza.
─¡Pégame!
─¿Qué?
─Me excita mucho que me peguen…Rómpeme la ropa, venga.
Zacarías le empezó a dar bofetadas y ella le gritaba que la pegara más y más. La sangre le brotó de la nariz y le manchó la blusa. Un taxista le increpó y estuvo a punto de parar, pero continuó su camino.
─¡Bestia!─ gritó una mujer que pasaba y Zacarías, jadeando, se detuvo.
─Nos pueden ver ─dijo─. Vámonos a algún sitio tranquilo y allí te sigo sacudiendo, a mí también me gusta.
Ella le agarró de los testículos.
─¿Sabes quién era ese chico que me engañó cuando yo tenía trece años, Zacarías?
Zacarías apenas si tuvo tiempo de negar con la cabeza. Lo último que sintió fue el caño de la pequeña pistola en los testículos. El disparo le atravesó de abajo arriba y le abrió un agujero en la coronilla del tamaño de una pelota de pimpón. La mujer se apartó para no mancharse de sangre y se puso a gritar que habían querido violarla.








