El director firma una obra surrealista y cargada de simbolismo, no apta para todos los públicos

Beau tiene miedo, la película más personal de Ari Aster

La productora A24 ha sido muy osada sacando adelante este proyecto tan personal y con perspectivas dudosas de ser un taquillazo
Película Beau de Ari Aster

Que su último filme no iba a gustar a mucha gente fue una advertencia que Ari Aster puso por delante. No en vano, su multitud de fans esperaban con ansia su tercera película. Después de una brillante ópera prima con Hereditary (2018), Ari Aster fue inmediatamente catapultado al estatus de nuevo genio de cine de terror.

Hereditary (2018), una ópera prima soberbia

Ari Aster llegó al cine de terror por pura casualidad y por un genuino interés económico. En un ejercicio de sinceridad, no tuvo reparos en admitir que su primera incursión en el cine fue en este género porque lo consideraba la manera más fácil de sacar adelante un proyecto para un nombre desconocido (como era el suyo en aquel entonces). Fue la productora A24, referente indiscutible del cine indie estadounidense, quien produjo con muy buen criterio Hereditary.

Desde su creación en 2013, A24 nos ha traído gran parte de las mejores películas independientes de los últimos años; valgan como ejemplo Under The skin (2014) dirigida por Jonathan Glazer, Green Room (2016) de Jeremy Saulnier, la intimista A Ghost Story (2017) de David Lowery, la aclamada Pearl (2022) de Ti West o el último largometraje de Darren Aronofski del que tanto se ha hablado, The Whale (2022). No cabe duda de que sin el apoyo y la osadía de este tipo de productoras el cine sería (aún más) un páramo sólo salpicado de clichés comerciales y estaría lejos de albergar proyectos artísticos con tanta libertad creativa. Con esta ópera prima nació la relación de A24 con Ari Aster que sigue vigente hoy en día.

Hereditary cosechó una gran cantidad de premios en su estreno, la mayor parte de ellos reconociendo la buena dirección del filme y el trabajo actoral de Toni Collete en su papel de madre de la disfuncional familia protagonista. Aclamada por la crítica y considerada por muchos una obra maestra, ya daba muestras de que Ari Aster no buscaba un filme de terror al uso, sino que la temática era el hilo conductor para mostrar lo que realmente le interesaba: una dinámica familiar retorcida y asfixiante. El terror llegaba por atmósfera y por empatía más que por los demasiado recurridos sustos o lugares comunes dentro del género.

Midsommar (2019) consolidó la fama de Aster

En su segunda obra Ari Aster se subió al carro de la tendencia folk en el cine de terror que ha revivido con intensidad en los últimos años, arrastrada por joyas como The VVitch (2015) de Robert Eggers, donde el folclore, los ritos y las creencias ancestrales abonan la atmósfera para el terror.

Sin bien Midsommarno alcanzó el consenso y el aplauso de la crítica de su predecesora, sí mantuvo un reconocible y brillante estilo de dirección que consolidó a Aster como una de las voces con más personalidad del género. El fandom del terror probablemente hastiado de filmes repetitivos y poco originales no desaprovecha la ocasión de encumbrar enseguida a directores como genios.

De nuevo encontramos cierta fijación por las relaciones personales y familiares (viciadas y traumáticas) que son la columna vertebral que apuntala el resto de los acontecimientos. En ellos, acompañamos a un grupo de amigos que buscando unos días de vacaciones en el extranjero acaban pasando unos días en un festival pagano con un grupo sectario de particulares costumbres. Uno de sus mayores atractivos es enmarcar el terror a plena luz a cielo abierto, en una Suecia estival donde el sol nunca se pone.

Beau Tiene Miedo; cuando Ari Aster se atrevió a hacer lo que le dio la real gana.

Esta película rompe totalmente con lo realizado anteriormente por Ari Aster. Es un salto al vacío, un triple mortal, un equilibrio por la cuerda floja sin red y sin protecciones. No hay lugar a dudas de que la productora A24 ha sido muy osada sacando adelante este proyecto tan personal y con perspectivas dudosas de ser un taquillazo.

Joaquin Phoenix es el encargado de interpretar el papel de Beau Wasserman. Un hombre de mediana edad con una existencia marcada por los traumas. La acción comienza en la consulta del psiquiatra, que prescribe un tratamiento experimental a Beau en forma de pastillas. El detalle de que Beau tome el doble de la dosis recomendada nos hace dudar de si lo que vemos a continuación es real o un delirio alucinógeno sacado de la imaginación del protagonista. Y es que esta es posiblemente una de las películas más surrealistas de los últimos años; un mal viaje psicodélico del que ya nos puso en preaviso Joaquin Phoenix cuando aconsejó no ir a verla habiendo consumido setas alucinógenas. Por cierto, este actor vuelve a hacer un trabajo magnífico repitiendo en su papel de persona mentalmente inestable que tanto reconocimiento le ha traído en filmes como Joker (2019) dirigida por Todd Phillips.

La película ofrece un desarrollo irregular; La primera hora (de su largo metraje de casi tres) tiene un ritmo frenético, y nos sumerge en la caótica vida y barrio de Beau (con vecinos paranoicos, una araña mortal y un psicópata matando gente por la calle incluidos). Es una especie de distopía con imágenes muy perturbadoras que ya eran lo mejor de este creador en las películas anteriores. La identificación con la ansiedad del personaje te mantiene atrapado y el apartado técnico es sobresaliente. La imposibilidad de saber si la acción es real o es una alucinación no resulta frustrante, porque el ejercicio de guion y dirección son exquisitos y su significado queda abierto a la interpretación subjetiva.

Por desgracia, la acción y la historia decaen estrepitosamente en una segunda parte en la que el protagonista emprende el viaje a casa de su madre. Uno de los problemas del guion es el subrayado innecesario de la explicación de los problemas mentales del protagonista (generados por una dependencia insana en su relación familiar). Un Edipo alargado durante toda una existencia desde un punto de vista freudiano, que se habría entendido sin la mitad de la reiteración Las escenas en las que Beau asiste a un teatro callejero también resultan demasiado largas y redundan en la misma conclusión.

Sin embargo y pese a sus fallos Ari Aster ha creado una cosmogonía única y memorable; un viaje catártico, personal y que ofrece más preguntas que respuestas. Una experiencia sensorial y emocional para esos espectadores que buscan ir más allá de pasar el rato o de lo más puramente comercial.  Sin duda, algo cada vez menos frecuente y que nunca dejará de agradecer el público más exigente.

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