Tomar la palabra

Lucharon por tener “una habitación propia”, una máquina de escribir, una estantería de libros y el poder de la palabra para salir del encierro físico e ideológico asignado a la mujer

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Mujer. Tomar la palabra

En la reivindicación histórica del pan y las rosas, tomar la palabra es una de las conquistas que las mujeres hemos soñado, una de las rosas por la que hemos luchado duramente a lo largo de los siglos. El territorio de las letras estaba reservado a los hombres y, aunque ha habido mujeres que han desafiado la norma, siempre lo han hecho salvando obstáculos, relegadas injustamente a los márgenes de la Historia, y solo una mirada feminista está rescatando del olvido.

En su magnífico ensayo Una habitación propia, se pregunta Virginia Wolf por qué la hermana de Shakespeare no podría llegar nunca a ser la gran escritora que fue su hermano y explica la relación entre leer y ser y la injusticia que, durante siglos, han sufrido las mujeres que no tenían acceso a la lectura y a la escritura: la humillación, la perplejidad, la indignación y la comprensión hacia aquellas que escribían disimulando, ocultas y calladas en la sala familiar, algunas con furia contenida, otras enfermas y locas, sin más horizonte que el que veían desde el tejado de la casa, ni más realidad que la que le permitían conocer las convenciones sociales. No es extraño, por lo tanto, que Doris Lessing, la autora de El cuaderno dorado, expresara su solidaridad con Virginia Wolf y compartiera su deseo de escribir en libertad, sin arrastrar ningún peso, en las mismas condiciones en las que escribía Shakespeare, por ejemplo, y que nunca tuvo su hermana. Tampoco es extraño que Tillie Olsen, una escritora norteamericana, activista política y sindical de ideas comunistas, pensara que toda mujer que escribe es una superviviente o que la poeta nicaragüense Gioconda Belli exprese en su poesía la conquista de escribir en libertad y recuerde a otras mujeres que tuvieron menos fortuna y a las que ofrece el triunfo de “un cuarto propio, una máquina de escribir, los estantes de libros…” los tesoros que hubieran querido Jane Austen, Virginia Wolf, George Sand y tantas otras que tomaron la pluma a escondidas, encerradas en una sociedad dominada por los hombres y que, en muchos casos, pagaron con la soledad, con su salud e incluso con su vida, la osadía de querer salir de este encierro físico e ideológico, donde a la mujer se le negaba la autoría y la autoridad.

Por eso, y aunque no todas las mujeres que se adentraron en el territorio de las letras lo hicieron de forma reivindicativa, el hecho de tomar la voz y la palabra ya fue una conquista para quienes estaban condenadas al silencio; otras, además, unieron la reivindicación de la palabra a la reivindicación de los derechos civiles, como el derecho al voto o al acceso a la educación y llevaron a cabo la gran revolución que supone para las mujeres pasar de ser objetos a sujetos literarios: escribir desde su propia conciencia y desde su propio cuerpo, que no se oculta en un alma intangible, que no es una mercancía ni un objeto de deseo, sino el lugar desde el que compartir el placer y el dolor, la plenitud y el deterioro. Y todo esto es, sin duda, lo que vivimos las mujeres en la lectura y en la escritura, lo que decimos y compartimos: otra forma de ver y de soñar el mundo, de avanzar en la igualdad y los derechos. Con el poder de la palabra.

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