Decimos, en los últimos años, que el feminismo avanza y que la igualdad de género en todos los ámbitos de la vida es una reivindicación cada vez más comprendida y aceptada. El feminismo es una estrategia de transformación que se está abriendo camino con tesón, trabajo y adecuando la táctica a la coyuntura y tiene como objetivo un mundo sin explotación ni dominio, en el que todos los seres humanos seamos libres e iguales.
Para las feministas marxistas, el año 1848 es una fecha fundamental, porque en el mes de febrero aparece el Manifiesto Comunista de Marx y Engels y, en el mes de julio, la Declaración de Seneca Falls, firmada por sesenta y ocho mujeres y treinta y dos hombres. En el Manifiesto Comunista leemos que “la historia de todas las sociedades hasta nuestros días es la historia de las luchas de clases. Hombres libres y esclavos, patricios y plebeyos, señores y siervos, maestros y oficiales, en una palabra: opresores y oprimidos se enfrentaron siempre, mantuvieron una lucha constante, velada unas veces y otras, franca y abierta; lucha que terminó siempre con la transformación revolucionaria de toda la sociedad o el hundimiento de las clases en pugna”. La Declaración de Seneca Falls recoge que “la historia de la humanidad es la historia de las repetidas vejaciones y usurpaciones perpetradas por el hombre contra la mujer, con el objetivo directo de establecer una tiranía absoluta sobre ella”. El primer texto no tiene en cuenta a las mujeres si no como parte de la clase oprimida; el segundo texto expresa la contradicción de género, pero no tiene en cuenta que las mujeres pertenecen a una clase social, la dominante o la dominada. La burguesía ya había hecho su revolución y había dejado de lado a las mujeres y cuando el proletariado quiere hacer la suya, las obreras participan de nuevo, conscientes de que tenían que exigir los derechos civiles —al voto, al trabajo…— al tiempo que luchaban contra la explotación socioeconómica y por unas condiciones de vida que les permitieran decidir en igualdad su presente y su futuro, el futuro de sus hijos, su propia libertad.
Las mujeres —y los hombres que son nuestros aliados— seguimos organizando la revolución feminista muchos años después, con notables avances, pero conscientes de que el patriarcado forma parte de la ideología dominante e invade, de todas las formas posibles, los espacios públicos y también los privados. Con la experiencia de las últimas décadas, pienso que cada vez es más difícil separar las dos contradicciones y que no podemos luchar contra el capitalismo, si no incorporamos en esa lucha, —no solo en los objetivos, aunque sean parciales, sino en todo el proceso— la lucha por la igualdad de género. Ya pasó el tiempo en el que las mujeres aceptábamos un papel secundario en lo público y asumíamos que la vida personal solo pertenecía al ámbito privado; nuestra fortaleza es saber y defender que sin nosotras —sin nuestras necesidades, nuestras propuestas, nuestros derechos, nuestra voz y nuestra presencia— no hay revolución posible y demostrar, con nuestra intervención política, que lo que es bueno para las mujeres es bueno para todo el género humano. Por eso, el feminismo es una alternativa política y, por eso, estamos tejiendo el hilo violeta de la historia.








