Otro año que acaba y con su término, nos llega también el fin de la alegría de ver a partidos y movimientos de izquierda unidos. ¡Poco nos ha durado la cordura! El asunto invita a una reflexión larga y profunda. No se trata de buscar culpables. Seguramente los habrá de una parte y la otra. Habrá expectativas no cumplidas, urgencia por asistir al nacimiento de un mundo nuevo, o la ilusión de que éste pueda alumbrarse mediante votos, aunque la historia nos haya enseñado que, sin barricadas, sin ponerlo todo patas arriba, poco se consigue más que parches o mínimas mejoras que nos hagan la vida más agradable y justa. Bienvenidas sean, pero me da que el daño de la ruptura es mayor que el beneficio.
Lo que era esperanza en un caminar juntos, avanzar en la misma dirección, seguramente se convertirá en un quedarse en casa cuando llegue el siguiente calendario electoral. Tal vez en los corrillos y reuniones de los más activamente implicados tengan peso argumentos y estrategias políticas que les autoconvenzan de su decisión. Sin embargo, sospecho que no van a ser comprendidos del todo por parte de quienes les hemos dado nuestra confianza sin pensar en una u otra familia, sino en un proyecto común cuya finalidad principal era, y es, presentar batalla al fascismo creciente en nuestra opulenta sociedad. El enemigo tiene un rostro nítido y desdibujarlo, confundirlo con quien, al menos en teoría, nos es cercano, siempre es peligroso.
Es fácil, en la sociedad narcisista en la que vivimos, caer presa del aislamiento. El mundo acaba por reducirse a nuestro círculo más cercano y eso trae como consecuencia empecinarse tanto en los errores, como en olvidar que en el pasado también hubo quien tuvo nuestros mismos ideales e igualmente luchó por ellos. Los aplausos son tan gratificantes como traicioneros. Por eso nunca confié en las vanguardias. De acuerdo que siempre habrá quien dé el primer paso, pero de nada vale si el camino no se construye con el transitar de muchos, cada uno a su manera, aunque con el mismo destino.
Yo, por ejemplo, con respecto al asunto de la monarquía, soy, en el sentido figurado de la palabra, ferviente partidario de la guillotina. Sin embargo, respeto igualmente a quienes eligen darle plantón al monarca en rechazo a un sistema caduco, como a los que formalmente cumplen las reglas del juego esperando el momento de asaltar los cielos. Pero la broma, tan jaleada por los amiguetes, de regalarle al rey la serie de “Juego de tronos”, me resultó del todo absurda. Y no porque no tuviera su gracia, que la tenía, sino, sobre todo, porque marcó un estilo que antepone la normalización de una sociedad que había avanzado, en la que no sólo tenían cabida el traje y la corbata y se desterraba el lenguaje machista, al verdadero objetivo de la política, lograr un mundo justo e igualitario. Hay que romper moldes, sí, pero a la vez hay que dejar claro que ese no es el único fin. Cuando la gente no recuerda los logros conseguidos e incluso dudan de su bondad, es el momento de cambiar de estrategia, hacerse a un lado e inventar nuevas formas que cumplan con la necesaria pedagogía. Culpar a otros de tus errores es darle armas al enemigo, porque su poder de comunicación, de domesticación y engaño, es infinitamente más poderoso.
No se puede pretender hacer la revolución desde las Redes Sociales. Se puede, claro que se puede, enfrentarse con piedras a un ejército equipado con el más sofisticado armamento. Ahí está la lucha del pueblo palestino por poner un ejemplo de dignidad. Pero hacerlo con mensajes de tuiter y malas caras, es cuando menos, infantil.
Y lo digo con todos mis respetos. Eso que quede bien claro.








