El sistema de segregación racista que conocemos como apartheid (literalmente, ‘separación’ en lengua afrikáans) se institucionalizó en Suráfrica en 1948, el mismo año que se producía la partición de Palestina. De este modo, poco después de terminar la Segunda Guerra Mundial se materializaban dos proyectos sustentados sobre una ideología racista de superioridad con los que una minoría pretendía arrebatar el control de su territorio a sus pueblos originarios. Dos proyectos que durante décadas se impusieron con violencia, asesinatos y desplazamientos forzosos de población dentro y fuera del territorio. Pero la mayoría negra de Suráfrica derrotó el apartheid con su resistencia —combinando la movilización de masas, la acción política y la acción armada—, así como a través de campañas internacionales que llevaron a un aislamiento internacional del régimen racista que gobernaba el país.
Treinta años después de haber acabado con el apartheid, Suráfrica sigue gobernada por el Congreso Nacional Africano, una de las organizaciones que lideraron la lucha contra este sistema racista en la llamada Alianza Tripartita junto al Partido Comunista Sudafricano y el Congreso de Sindicatos de Sudáfrica. Al igual que no era casualidad que Israel fuera uno de los pocos países que rompiera el aislamiento internacional de la Suráfrica del apartheid en los setenta y ochenta, incluida la venta de las armas con las que se reprimía a la población negra, tampoco lo eran los fuertes vínculos entre la resistencia palestina y la surafricana. Por eso, la denuncia de Suráfrica ante la Corte Internacional de Justicia cobra una fuerza especial, puesto que representa la voluntad de quienes derrotaron al apartheid en el lugar en el que nació de que este sistema cruel no se aplique más en ningún lugar del mundo.
Un largo listado de países se ha sumado a la denuncia en la Corte Internacional de Justicia. Sin embargo, destaca que entre ellos no hay ningún país que haya sido una potencia colonial en ningún momento de su historia. Tampoco son los países que protagonizaron la creación del sistema internacional que tenemos, creado por los vencedores de la Segunda Guerra Mundial, sino que en su inmensa mayoría son países del sur global que, como la Colombia de Petro o el Brasil de Lula, trabajan activamente en el escenario global por revertir las desigualdades que caracterizan las relaciones internacionales de nuestro tiempo. El hecho de que sean estos países quienes hoy lideran este caso en el órgano judicial de las Naciones Unidas que es la Corte Internacional de Justicia nos demuestra la importancia de disponer de este tipo de mecanismos frente a quienes pretenden seguir aplicando la ley del más fuerte.
Frente a la alianza de países que trabajan para que el delito de genocidio que está cometiendo Israel quede impune, la mayoría de los países occidentales siguen en silencio, cuando no alimentando directamente la violencia colonial israelí mediante el comercio de armas y el apoyo político a quienes están practicando una limpieza étnica. Hasta mediados de enero el Parlamento Europeo ha sido incapaz de exigir un alto el fuego, y ahora lo ha hecho condicionado a que se cumplan las condiciones de Israel. Y son demasiados los gobiernos de la Unión Europea que aplauden cada ataque. Estos intentos de justificar la matanza indiscriminada de población palestina o de equiparar la agresión colonial con la legítima resistencia tienen mucho que ver con una visión racista en las que las vidas de los palestinos (o de los árabes, o de los musulmanes) valen menos que las vidas de una población israelí, vista mayoritariamente como blanca y occidental. Y desde luego, una visión en la que los países occidentales tienen derecho a imponer marcos de sumisión total a los pueblos que no lo son.
Pero igual que el pueblo palestino levanta la cabeza y nos ha dado una lección de resistencia cada día en los últimos 76 años, las acciones emprendidas por Suráfrica también nos indican que las cosas pueden hacerse de otra manera. El proyecto colonial israelí sólo puede llegar a implementarse por completo en la Franja de Gaza y Cisjordania en un mundo donde no haya normas o mecanismos que permitan su implementación. De ahí la importancia de las acciones emprendidas. Sin embargo, también es necesario diseñar y trabajar por un nuevo sistema internacional que no permita que lleguemos hasta situaciones como esta. Y que finalmente impida ocupar territorios ajenos y practicar políticas coloniales durante décadas sin consecuencia alguna.
Estados Unidos y sus principales aliados, entre los que destaca Israel, están entre los que pretenden sustituir a las Naciones Unidas por un sistema internacional en el que primen las alianzas militares y ellos puedan imponer su ley mediante la violencia. Es por ello que pretenden vaciar de contenido a la ONU, por ejemplo con el bloqueo de Estados Unidos en el Consejo de Seguridad de todas las resoluciones que pedían un alto el fuego en Palestina, pese a la inmensa mayoría de países del mundo que han reclamado el fin de la masacre. No podemos olvidar que los países de la Alianza Atlántica, en el conjunto del planeta, no son sino una pequeña minoría. Frente a ello, nuestra propuesta no puede ser aferrarnos a un status quo que no está funcionando. Es imprescindible un sistema internacional para hacerlo verdaderamente efectivo y democrático. Es necesario tomar medidas como el empoderamiento de la Asamblea General de las Naciones Unidas para que pueda emitir decisiones vinculantes. O también una reforma en profundidad del Consejo de Seguridad que impida que Estados Unidos siga instrumentalizándolo para imponer sus intereses mientras ya han muerto o desaparecido más de 30.000 gazatíes.







