Asimov nos explicó que, solo en los tiempos relativamente cercanos, a partir de la Revolución Industrial, los seres humanos nos dimos cuenta de que los cambios tecnológicos eran constantes y seguían sucediendo después de nuestra muerte. Esto nos llevó a imaginarnos como sería la vida después de que no estuviéramos aquí, lo que devino de manera indefectible en la creación del género conocido como ciencia ficción, que podríamos, de manera muy gruesa, definir como la rama de la literatura que trata sobre las reacciones de los seres humanos a los cambios en la ciencia y la tecnología, lo que implica en muchas ocasiones realizar ejercicios de anticipación sobre cómo será el desarrollo en el futuro.
En muchas ocasiones, como es normal, quien escribe CiFi se basa en los cambios que él o ella están viviendo en primera persona, lo que trae aparejado dos consecuencias:
Por un lado, que se centra en problemas que podemos palpar hoy día y les da su solución o su consecuencia. Por otro, que, en ocasiones, sirve de inspiración a científicos o ingenieros para desarrollar nuevos instrumentos, ideas…
Al final, la CiFi puede ser un instrumento de enorme potencial para cambiar al mundo, pero también puede frenar los posibles procesos revolucionarios. Esto no deja de ser, como decía un señor con gafas y curioso peinado, la lucha por la hegemonía en el contexto de la lucha de clases.
Hagamos un pequeño viaje a los inicios del género para poder contextualizar de lo que estamos hablando.
Julio Verne y H. G. Wells no eran simples escritores con mucha imaginación, eran progresistas convencidos y militantes de la necesidad de un cambio social
Los considerados como padres de la ciencia ficción, Julio Verne y H. G. Wells, no eran simples escritores con mucha imaginación, eran progresistas convencidos de la necesidad de un cambio social; y asumieron esto de manera, podríamos decir hoy, militante. No solo querían entretener, querían que el mundo supiera lo que pensaban para ayudar a ese cambio.
Julio Verne (1828-1905), escritor de anticipación científica como le gustaba llamarse a sí mismo, vivió en una época de procesos revolucionarios, donde el más significativo para nosotros sería la Comuna de París en 1871. Eso forjó su manera de escribir y definió sus obras. Contactó con socialistas y anarquistas (se dice que tuvo relación con Bakunin y Kropotkin), y fue concejal en Amiens durante 15 años. Apoyó la Guerra de Secesión norteamericana y la abolición de la esclavitud, al igual que la independencia de Quebec, la griega, la irlandesa… Quizás se veía a sí mismo como un anarquista atrapado por las reglas sociales y era en sus novelas donde podía crear esa vida que le hubiera gustado tener. El Capitán Nemo es, posiblemente, el personaje con el que más se identificaba: un marino que huye de los corsés de la sociedad de finales del siglo XIX y vive al margen de sus leyes y obligaciones. “He roto con la sociedad entera por razones que solo yo tengo derecho a apreciar. No obedezco sus reglas, y os exijo que no las invoquéis nunca ante mi”, puso en sus labios. Y no olvidemos que, cuando llega al Polo Norte, planta la bandera negra.
Herbert George Wells (1866-1946), que se definía a sí mismo como un socialista demócrata, perteneció a la sociedad fabiana y luchó por el avance social durante toda su vida. En una de sus novelas más famosas, La máquina del tiempo, expone claramente la lucha de clases en el futuro, con los Eloi como descendientes de los capitalistas, y los Morlocks de los proletarios; en El país de los ciegos sitúa sin género de duda su anticolonianismo; en 1921, en Lugares secretos del corazón, anticipó la crisis energética debida a nuestra dependencia del petróleo; desarrolló una miríada de utopías de base socialista, advirtiendo también de los problemas de una tecnología desatada que pusiera a las personas a su servicio, deshumanizando la sociedad. La ciencia ficción, tal y como Wells la entendió, se acomodaba perfectamente a la frase de Lenin “Es preciso soñar, con la condición de creer en nuestros sueños, de examinar la vida real, de confrontar nuestra observación con nuestros sueños”; sus novelas eran una anticipación del mundo por venir que él quería que llegara.
El desarrollo de la Revolución Industrial es el nexo de unión entre estos dos gigantes, pioneros de la anticipación científica, y la elaboración de la teoría socialista. Un pequeño hilo rojo que nos da idea de la relación entre ambas.
Los socialistas utópicos no tenían el potencial para cambiar el mundo pero fueron una pieza imprescindible para la construcción del socialismo científico
Utopías y distopías, entre el potencial y el peligro
La mayoría de las lectoras de este artículo conocen cuales son las tres fuentes integrantes del marxismo: la filosofía alemana, los economistas ingleses y los socialistas utópicos franceses. Dejaremos los dos primeros para mejores conocedores del tema, pero hablemos de los terceros. Si bien es cierto que estos socialistas utópicos no tenían el potencial para cambiar el mundo, no es menos cierto que fueron una pieza imprescindible para la construcción del socialismo científico. Ya Eric Hobsbawn nos explicó en su libro antológico Cómo cambiar el mundo, que las pocas propuestas que Marx y Engels hacen sobre el futuro mundo comunista, están basadas en las propuestas de estos socialistas utópicos. La sociedad fabiana, Saint Simon, Fourier, Owen… son algunos ejemplos de estos, que en muchas ocasiones expresaban sus ideas en relatos o escritos hablando de un futuro aplicando sus preceptos. Utopías.
Si las utopías se habían desarrollado para demostrar todo el potencial del ser humano, las distopías enseñaban el reverso tenebroso de ese sueño
Las utopías y la ciencia ficción siempre han ido muy de la mano a lo largo de la historia; en un principio no había muchas dudas de que el desarrollo tecnológico y científico nos llevaría a un hermoso futuro donde las máquinas trabajarían por nosotras, las desigualdades sociales desaparecerían y conquistaríamos las estrellas. Y ahí encajaba perfectamente el socialismo como proyecto emancipador que preconizaba un futuro luminoso. Pero, poco a poco, un fantasma se fue abriendo paso, el de las distopías; si las utopías se habían desarrollado para demostrar todo el potencial del ser humano, las distopías enseñaban el reverso tenebroso de ese sueño.
En 1919 se publica la novela Eugenia, del cubano exiliado en México Eduardo Urzáiz que, al menos hasta donde sé, tiene el honor de ser la primera distopía. En ella la especie humana no se reproduce de manera natural, sino controlada científicamente por el Estado, y son los hombres los gestantes, la organización social ha disminuido la brecha entre ricos y pobres, y la tierra ha alcanzado un nivel superior de paz entre los distintos pueblos. La trama recuerda fuertemente a Un mundo feliz, de Huxley, que fue escrita en 1932, y al Nosotros de Zamiatin, que fue publicada de forma íntegra en 1929.
Las distopías parecían una buena idea en un principio: advertían de los peligros que las buenas intenciones podían acarrear si las cosas no se pensaban bien, lo que podía hacer que los evitáramos. Por poner un solo ejemplo, Laurence Manning, en El hombre que despertó (publicada en 1933), tras dormir 3000 años, descubre que el mundo existente es pobre en energía, debido a la edad del despilfarro (nuestra época) que gastó los recursos, finitos, disponibles. Todo bien, es un futuro posible y habrá que evitarlo.
El problema vino cuando empezamos a tener más distopías que utopías. Hoy necesitamos más que nunca recuperar a soñadores que nos cuenten historias de esperanza
El problema vino cuando empezamos a tener más distopías que utopías. De repente es más importante poner en solfa los problemas de los mundos del futuro que avanzar hacia ese futuro. El cuento de la criada, La parábola de los talentos, Wachtmen, Blade Runner…. Todos tienen en común un futuro bastante más oscuro de lo que es el presente (que ya de por si no es en exceso luminoso). Y, ¿a qué nos lleva esto? Pues a tener miedo del futuro.
Star Trek le sugirió a un tal Martin Cooper el desarrollo del teléfono móvil (lo que entendemos hoy por ese nombre. Años antes en la URSS se fabricaban teléfonos portátiles); 1984 solo nos sugiere que un cambio de sistema, de primeras, da mucho miedo.
Hoy necesitamos más que nunca recuperar a soñadores que nos cuenten historias de esperanza. Mientras que la extrema derecha intentar asustarnos y meternos en casa a rezar el rosario, necesitamos historias que nos enseñen a luchar por un mundo más justo. Como me dijo un amigo, es el momento de recuperar el futuro.







