No son pocas las veces que hemos señalado la hegemonía del feminismo liberal y la necesidad de acabar con él, construyendo una alternativa feminista del 99 %, interseccional, que desde la práctica concreta reconozca y nombre las opresiones que nos atraviesan, señalando la articulación de clase, raza y género. Hemos trabajado para que el mensaje movilizador del movimiento feminista cuestione el capitalismo y el patriarcado y lance un mensaje que sintetice una propuesta alternativa de país.
Como Silvia Federici, muchas pensamos que “Los feminismos son plurales, no hay uno. Hay también un feminismo neoliberal, un feminismo institucional, el que ha sido promovido por las Naciones Unidas, pero los feminismos que persiguen un cambio social han comprendido que la reproducción es el terreno más amplio”.
Tampoco obviamos, como Angela Davis y su mirada amplia, que «El feminismo sin la dimensión antirracista y anticapitalista acepta el statu quo. Claro que hay feministas racistas pero, ¿cómo es posible levantarse por solo un grupo? Si no es antirracista, anticapitalista y solidario con la pobreza es una contradicción».
Y con Yayo Herrero, no podemos dejar de pensar que el feminismo que necesitamos es un feminismo no con apellido, sino con prefijo. Un ecofeminismo que nos explica que “el vínculo entre la ecología y el feminismo y su potencial diálogo tiene que ver con la pregunta de “qué es lo que sostiene la vida. Y si nos preguntamos qué es lo que sostiene la vida tenemos que reconocer que somos seres radicalmente dependientes de un planeta tierra que tiene límites físicos y somos dependientes, además, de esos bienes fondo de la tierra que no son fabricados ni controlados a voluntad por los seres humanos”. O lo que es lo mismo, que no hay economía ni tecnología ni política ni sociedad sin naturaleza.
Es un debate largamente planteado en el seno del movimiento feminista este de si el feminismo debe tener apellidos o no, si los apellidos unen o separan en la lucha por la emancipación de las mujeres y si la diversidad de luchas feministas nos ha acercado más o menos a los objetivos.
El feminismo de Ana Botín es “autosuficiente. No requiere una organización colectiva… Por esa misma razón no es estrictamente político”. Meritocracia frente a sindicatos y propuestas políticas
Feminismo neoliberal e institucional
Retomando a Silvia Federici, no podemos negar que hay un feminismo institucional, de días señalados y actos promovidos por grandes empresas como Banco Santander que nos dicen que el feminismo lo encarna también Ana Patricia Botín dirigiendo un Banco. Y no se crean, ella misma se declara feminista e incluso impulsa desde su banco, el Santander, un fondo de inversión “por la igualdad de género”, con el propósito de que creamos que invirtiendo en un atractivo fondo, con pingües beneficios, estamos construyendo un mundo mejor y más feminista. Porque, como dice Ana Botín, “una proporción más alta de mujeres en puestos directivos, además de ser justo, es bueno para el negocio. “¿Lo es? ¿No es esto muy parecido a ese mantra repetido hasta la saciedad por la derecha de que si los ricos tienen más dinero nos caerán más migajas a los de abajo?
Su feminismo, sigue diciendo la presidenta del Banco Santander en su red LinkedIn : “es un feminismo autosuficiente, en el que te puedes valer por ti misma. No requiere una organización colectiva… Por esa misma razón no es estrictamente político y, quizá por eso, es algo que a muchas profesionales como yo nos resulta atractivo de forma natural”.
Meritocracia, do it yourself, individualismo, no falta detalle en este párrafo que define de manera clara qué es eso del feminismo liberal. Claro, es fácil apelar a la meritocracia y al “no necesitamos sindicatos ni propuestas políticas que defiendan el estado del bienestar”, cuando eres heredera de una de las grandes monarquías económicas de Europa.
Este feminismo liberal que lucha por acabar con los techos de cristal a través de leyes que garanticen la presencia de mujeres en los consejos de administración de las empresas y que, por tanto, se dirige a un 1 % de las mujeres, a una pequeña élite, y que deja desamparadas a tantas mujeres a las que, probablemente, solo ve como mano de obra barata que permite seguir engrosando la lista de beneficios. Cuando no está, directamente, relacionado con el establecimiento de políticas de austeridad y rescate a la banca. ¿Recuerdan? Chritine Lagarde o Kristalina Georgieva han liderado poderosas instituciones como el FMI o el BCE y ambas se han declarado feministas. Un feminismo curioso ese que deja en la estacada y lleva a la precariedad y a la pobreza a millones de mujeres.
También en el ámbito político hemos visto numerosos ejemplos de cómo ese feminismo del 1 % pretende instaurar aquí también el discurso neoliberal como hegemónico y de “sentido común”: que existan mujeres presidentas del Gobierno (o Secretarías de Estado de Defensa, la cosa es ocupar un ámbito reservado tradicionalmente a los hombres) es una noticia excelente para el feminismo, se nos dice. Y una no puede dejar de pensar en qué ha beneficiado exactamente a las mujeres el tener al frente en sus gobiernos a personas como Angela Merkel, Condoleeza Rice, Hillary Clinton o Soraya Saéz de Santamaría. Mujeres poderosas, qué duda cabe. Y que podemos asumir que permiten un discurso de referencialidad positivo; las mujeres pueden acceder a todos los puestos y podemos acabar con el techo de cristal que durante siglos nos ha mantenido en una segunda, tercera o milésima fila.
¿Esa ruptura del techo de cristal ha mejorado la realidad del 99% de las mujeres? ¿Somos aliadas naturales todas las mujeres independientemente de la clase social?
Feminismo del 99%
Pero ¿esa ruptura del techo de cristal ha hecho algo por acabar con el suelo pegajoso? O, lo que es lo mismo ¿ha mejorado la realidad del 99 % de las mujeres? ¿Somos aliadas naturales todas las mujeres independientemente de la clase social?
Pues como señala Nuria Alabao en un estupendo artículo, “No, en muchas cosas, no estamos en el mismo bando. Como dice Bell Hooks, la sororidad es poderosa pero seremos hermanas en la lucha únicamente si nos enfrentamos juntas a las formas en las que también las mujeres —aprovechando las desigualdades de clase, de raza o de identidad sexual— dominan y explotan a otras mujeres “
Frente a mujeres poderosas que defienden que el feminismo es acabar con el techo de cristal, que haya mujeres en los consejos de administración y que las mujeres pobres accedan a microcréditos para ser “emprendedoras” (otro día hablamos del problema de endeudamiento consecuencia de esta política desarrollada en países empobrecidos) nosotras no podemos menos que defender un feminismo del 99 %; esto es, un feminismo antirracista, que escuche a las mujeres más precarizadas entre las precarizadas, un feminismo que acabe con el suelo pegajoso y escuche a las limpiadoras, las SAD o las jornaleras.
El feminismo de Marta Ortega, la hija del todopoderoso Amancio Ortega, dirigiendo el imperio de Inditex mientras miles de trabajadoras claman por condiciones laborales dignas y tener (¡qué menos!) unconveniocolectivo para todas ellas será muchas cosas, pero no es el feminismo que necesitamos.
¿Es una buena noticia que el Banco Santander sea dirigido por una mujer que se declara a sí misma feminista y ecologista mientras impulsa la destrucción de la Amazonía y del clima, dejando sin recursos naturales, acabando con la soberanía alimentaria y acelerando la destrucción de nuestro planeta al financiar compañías de petróleo y gas en la región? El Banco Santander ha tenido una cuenta de beneficios de miles de millones de dólares mientras miles de mujeres indígenas luchaban por su territorio y su futuro. En el trabajo documental que se realizó en el Mapa Mundial de la Justicia Ambiental, se analizaron 523 casos de violencia contra mujeres ambientalistas, 81 de los cuales fueron asesinatos. Aunque los casos más antiguos se remontan a la década de los 70, la mayoría que se han registrado datan de los últimos veinte años.
No quiero —que esto quede muy claro— rechazar las medidas de lucha contra el techo de cristal. Tampoco rechazar que hay luchas comunes entre todas las mujeres independientemente de su clase social o raza. La violencia machista, la forma de violencia más pandémica del mundo como la define Angela Davis, sin duda es un gran ejemplo. Ninguna mujer está libre de sufrirla y acabar con ella es una lucha conjunta.
Pero sí deseo poner el acento en la importancia de la interseccionalidad como herramienta para analizar y trabajar la erradicación de las diferentes opresiones y marginaciones que sufren las mujeres. Opresiones que se relacionan, se entrecruzan y se solapan. Necesitamos alcanzar una comprensión integral de la situación de las mujeres en la sociedad que nos lleve, indefectiblemente, a construir un feminismo inclusivo, plural y justo.
Si el feminismo que construimos no tiene una clara vocación antirracista y anticapitalista será un feminismo que apoya el sistema que nos mantiene en un estado permanente de opresión
Si el feminismo que construimos no tiene una clara vocación antirracista y anticapitalista será un feminismo que apoya el sistema que nos mantiene en un estado permanente de opresión. Un sistema que se ha basado en la apropiación de los cuerpos de las mujeres y de la naturaleza para generar beneficios de unos pocos. Un sistema criminal frente al que solo podemos enfrentarnos con un modelo político que abogue por la integración de luchas. O todas o ninguna.
Un feminismo de todas, que tenga en cuenta la raza, la clase social, el medio ambiente y que tenga como objetivo la justicia de hoy y de mañana.
Un feminismo, sin duda, pacifista: el abuso y la destrucción del cuerpo de la mujer ha sido un arma de guerra en todos los conflictos de la historia. No podemos ser feministas sin señalar el papel de los conflictos y la violencia en la opresión de las mujeres.
También es necesario señalar la estrecha conexión entre racismo, ecologismo y feminismo. Como señalan distintos informes de la ONU Cambio Climático, los impactos climáticos, especialmente los fenómenos meteorológicos extremos, están afectando a las tareas de mujeres y hombres en todo el mundo, especialmente en las zonas rurales.
Señala el informe presentado en junio de 2022 en la Conferencia sobre el Cambio Climático de Bonn, por ejemplo, que en algunos países africanos, muchos hombres emigran de las zonas rurales a las urbanas en busca de empleo, una tendencia impulsada por los fenómenos meteorológicos extremos, dejando a las mujeres a cargo de la tierra y el hogar, pero no necesariamente con los respectivos derechos legales o la autoridad social para hacerlo.
Los apellidos nos sirven para conocer a nuestras aliadas y a quienes sólo quieren cambiar un poco a unas pocas para que nada cambie para muchas
También recoge el aumento de la violencia de género tras una catástrofe climática. Según las aportaciones del Centro de Ginebra para la Gobernanza del Sector de la Seguridad, la violencia de género es frecuente en las zonas de conflicto que, a su vez, sufren fenómenos meteorológicos extremos.
En resumen, quizá el feminismo necesita muchos más apellidos que señalen todas aquellas contradicciones y luchas que abordar. Apellidos que nos sirvan para conocer a nuestras aliadas y conocer a quienes sólo quieren cambiar un poco a unas pocas para que nada cambie para muchas.







