El laberinto revisionista de la Segunda República

En 1965 Fraga creó la Sección de Estudios sobre la Guerra de España. La historia se había convertido en un asunto de Estado. Ricardo de la Cierva se encargó de cambiar la historia del régimen
Icónica imagen de Alfonso Sánchez Portela de la proclamación de la República el 14 de abril de 1931 en Madrid.
Icónica imagen de Alfonso Sánchez Portela de la proclamación de la República el 14 de abril de 1931 en Madrid.

¿Qué es lo que pasó para que vecinos de toda la vida se convirtieran en enemigos irreconciliables durante la Segunda República? Contestar a esta notable pregunta pareció que era uno de los objetivos principales de varios libros publicados entre 2005-2012 (uno simultáneamente en inglés como El laberinto republicano), sin contar artículos y otras colaboraciones (cuya bibliografía pueden consultarse en Robledo, “Historia científica vs. Historia de combate”). En esta avalancha, por no decir ofensiva, informativa, se recogen argumentos que circulaban hacía tiempo en la historiografía contemporánea. Lo que singulariza a estas publicaciones de éxito diverso, es que no se limitan a la respuesta sobre los orígenes de la violencia, el surgimiento de los puños a través de la dialéctica de las palabras, sino que ofrecen una visión tremendamente negativa sobre la experiencia republicana en su conjunto. Delenda est Republica, vienen a proclamar.

Aunque el antifascismo, por su fortaleza, parecía un dique suficiente, el revisionismo histórico en España fue extendiéndose sin gran dificultad a finales del XX

Aunque el antifascismo, por su fortaleza, parecía un dique suficiente, el revisionismo histórico en España fue extendiéndose sin gran dificultad a finales del XX. Así, los envejecidos referentes surgidos del tardofranquismo como Ricardo de la Cierva o Carlos Seco Serrano pudieron pasar el relevo a una nueva generación surgida durante el cambio de siglo. Conviene distinguir la historia propaganda de autores como Pío Moa de la que difunden los neoconservadores o revisionistas, aunque más de una vez las fronteras se borran y lo que permanece es la desidealización de la Segunda República, supuestamente elevada a los altares por la “historia de combate”. Hay historiadores que, capitaneados por Payne, se dedican a esta iconoclastia a tiempo completo y otros a tiempo parcial. El fruto de tanto esfuerzo ha conseguido que la experiencia republicana, la única que en la Europa de entreguerras mantuvo un enfrentamiento contra el fascismo hasta 1939, resulte desdibujada en una penumbra sospechosa o no suela constar en la cronología de la historia de la democracia del siglo XX.

La literatura revisionista se asienta principalmente en un territorio analítico, que no necesita, por lo general, de una investigación cuidadosa de archivo. Eso explica la abundancia de publicaciones, pues es relativamente fácil argumentar estados sociales de ánimo a partir de los discursos parlamentarios o los mítines de los líderes. El salto deductivo es enorme pero ahí está la principal carga de la prueba y no en las condiciones materiales, que suelen exigir investigación y cuantificación, y que pasan a un muy segundo plano o son desechadas por ser comodines de la violencia. Sin embargo, la generación de un clima violento como reflejo automático de las estructuras de clase no es, en mi opinión, el modo habitual de razonar de los vilipendiados historiadores que tienen la desgracia de compartir alguna de las ideas del materialismo histórico.

Este descuido por el oficio de historiador (exploración y crítica de fuentes, hipótesis de partida, contrastación, etc.) obedece a la vertiente política que desempeñó la Segunda República: la legitimación de la Dictadura franquista se sustentó en la destrucción republicana. Esa fue su razón de ser. Las reglas académicas servirían si cumplían el fin de “la desinfección del solar patrio” como propugnaba en enero de 1939 Felipe Acedo Colunga, fiscal del Ejército del Ejército de Ocupación (como recogen Espinosa, Viñas y Portilla en Castigar a los rojos, 2022). Pero la historia no se paró ahí. La legitimación del Estado franquista obligó a dirigir los esfuerzos en pro de la renovación de su reconocimiento internacional, un auténtico renacimiento para el régimen hacia 1953. Y en la década siguiente para asegurar su supervivencia se produjo el cambio hacia la Dictadura desarrollista de López Rodó pensando en el consumo masivo de las clases medias (recomendables al respecto los recientes libros de Nicolás Sesma, Ni una ni grande ni libre, y Anna Catharina Hofmann, Una modernidad autoritaria). España iniciaba la senda de la modernización…

Esa ‘modernización’se realizaba en un contexto represivo que no se puede pasar por alto. En abril de 1963 fue torturado y fusilado Julián Grimau suscitando una gran protesta internacional que continuó en el mes de agosto por la ejecución a garrote vil de los anarquistas Joaquín Delgado y Francisco Granado. Había que revitalizar y relegitimar el régimen a cuyo fin Manuel Fraga Iribarne, ministro de Información, creó diversos organismos amén de la importante Ley de Prensa de 1966. El éxito que, pese a las prohibiciones, tenían libros como El laberinto de España de Gerald Brenan, La guerra civil española de Hugh Thomas, El mito de la cruzada de Franco de Southworth, publicados justamente en 1962-1963 por la editorial Ruedo Ibérico, se convirtieron en una eficaz arma de contrapropaganda que dejaba al emperador desnudo. Probablemente, según Southworth, La Segunda República y la Guerra Civil de Gabriel Jackson, publicado en 1965 por Grijalbo en México, colmó la paciencia del ministro Fraga, que creó ese año la Sección de Estudios sobre la Guerra de España. Ricardo de la Cierva se encargó del departamento dedicado a cambiar la historia del régimen con los límites que la censura imponía a este aggiornamento. Podríamos decir que la historia se había convertido en un asunto de Estado.

Pese a las armas del Estado, la historia de Ricardo de la Cierva estuvo lejos de ser hegemónica mediada la década de los 70 y su fracaso político de blanquear el franquismo más o menos vergonzante no tardó en llegar. Acabaría firmando manifiestos de Pío Moa en 2007. No hacía falta su debilidad intelectual para engrandecer la obra de Southworth y de sus discípulos, algo que no se puede decir de la ‘nueva’ historiografía revisionista que marcó su propio territorio desde la defensa de la historia ‘objetiva’ (científica) para distanciarse de la historia estructural de clases con afirmaciones como esta: “Aunque el franquismo no puso conscientemente las bases de la democracia, su evolución interna, sus políticas e incluso su legislación, amén del desarrollo económico del país, propiciaron cambios que resultarían decisivos durante la Transición” (según afirmaba Álvarez Tardío en 2011, https://asphs.net/wp-content/uploads/2020/02/Para-cuando-un-debate-hist%C3%B3rico-sin-prejuicios.pdf). No todo el argumentario es tan explícito, pero pocas dudas caben del éxito conseguido en el análisis peyorativo de la Segunda República cuya destrucción había alentado el golpe militar del 18 de julio.

La influencia de las tesis desidealizadoras de la Segunda República no ha hecho más que crecer hasta niveles exagerados, como demuestra el libro de Roberto Villa 1917. El Estado catalán y el soviet español. Hay que hacer un acto de fe extraordinario para creer que la revolución “a la española” de 1917 inauguró un ciclo autoritario que no concluyó hasta 1975. ¿Acaso no hubo algún paréntesis que escapara a esta tendencia? En efecto, uno de los pocos intersticios liberales que se rescatan habría sido precisamente el que se denominó “bienio negro” de 1933/34-1935 (Villa, 1917. El Estado catalán…, p. 19) cuando se condensó la máxima reacción del periodo republicano. Unas palabras de Herbert Southworth para concluir:

“Pasarán decenios antes de que la derecha española desista de sus esfuerzos por justificar la rebelión armada de 1936. El actual armisticio de ‘reconciliación nacional’ es solamente eso, un armisticio. Esta situación se hace evidente en la propaganda derechista de hoy, que denigra a la República de los tiempos de la guerra y a sus líderes, y justifica la revuelta militar y los cuarenta años de franquismo” (El lavado de cerebro de Francisco Franco, 2000, p. 185).

(*) Investigador visitante. Universitat Pompeu Fabra

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