“Por parte de Francia y Estados Unidos, hubo en total cuatrocientos mil muertos, contando las tropas coloniales e indochinas que formaban el grueso del ejército francés. Por parte vietnamita, la guerra causó al menos tres millones seiscientos mil muertos. Diez veces más. Tantos como franceses y alemanes durante la Primera Guerra Mundial”.
Con esta escalofriante nota, que certifica la bárbara masacre que supuso la guerra de Indochina, finaliza Éric Vuillard Una salida honrosa, un libro que aborda desde la crónica novelada el final de uno de los conflictos más prolongados del siglo XX. Un conflicto que duró 30 años, que se inicia cuando Ho Chi Minh proclama la independencia en 1945 y finaliza cuando cae Saigón cercada por el Viet Minh y los estadounidenses, que habían tomado el relevo a Francia, evacuan la ciudad el 29 de abril de 1975 en el más puro desorden del sálvese quien pueda: “¡Ah, hay que ver como evacuaron de urgencia en helicópteros a los últimos occidentales en el tejado de la embajada de Estados Unidos, durante la caída de Saigón! Hay que verlo a toda costa (…)” asegura Vuillard, haciendo un retrato de realidad sobre la atmósfera de fin del mundo y de confusión que se crea, cuando cae el castillo de los depredadores imperialistas derrotados, “sin que ellos mismos puedan explicárselo”, por un pueblo “pequeño”, el vietnamita. El relato de Vuillard nos lleva a otras guerras, permitiéndonos entender cómo hoy en día las potencias imperialistas y coloniales siguen buscando sus “salidas honrosas” a sangre y fuego en la más pura de las deshonras humanas —masacrando— en lugares como Afganistán, Malí, o como ahora en Gaza.
El relato de Vuillard se inicia con el informe confidencial de la Inspección de Trabajo francesa sobre el funcionamiento de la casa Michelín en una plantación de caucho de la colonia de Indochina en 1928, año en el que esa empresa obtuvo unos “beneficios récord de noventa y tres millones de francos”. En dicho informe se da cuenta del “horror” que experimentaron los inspectores de trabajo cuando comprueban la “eficacia” del sistema Taylorista basado en los “principios de la administración científica” a saber: “un hombre de la inteligencia de un trabajador medio puede ser adiestrado para realizar el trabajo más delicado y más difícil si lo repite un número suficiente de veces, y su mente inferior lo vuelve más apto que el obrero especializado para soportar la monotonía de la repetición”. El citado informe certifica que en la plantación concreta en la que se realiza la inspección, más de trescientos trabajadores no resistió “la monotonía de la repetición”, falleciendo, se suicidaban ahorcándose, ante la imposibilidad de salir de una plantación de caucho en la que firmaban un contrato de trabajo que los esclavizaba hasta perder la razón a causa de la alienación que provocaba el método taylorista de explotación.

«Una salida honrosa»
Éric Vuillard.
Tusquets, Barcelona, 2023
Comenzar así permite a Vuillard hacer un retrato de situación sobre lo que significó el capitalismo colonial francés en indochina y su brutalidad para explotar el territorio y a los trabajadores hasta el último aliento.
A continuación, va detallando los intríngulis políticos y los lazos con intereses económicos determinantes que llevan a una guerra que duró treinta años. Una guerra, que se sabía perdida, en la que la única salida honrosa posible hubiera consistido en negociar la paz con Ho Chi Minh y aceptar la independencia de Indochina.
Aborda también cómo se produce la entrada de Estados Unidos (en un capítulo central titulado “Los diplomáticos”). Pone nombres y apellidos sobre los “diplomáticos” y “políticos” concretos, pertenecientes a consolidadas sagas familiares vinculadas a los negocios y a la estructura imperialista estadounidense. Entre ellos destacan “Los Dulles” (con John Foster Dulles, secretario de Estado de EE. UU., a la cabeza), que se caracterizaron históricamente por ser piezas clave en golpes de Estado en países de medio mundo. Los Dulles, que fueron los artífices de la entrada de EE. UU. en la guerra de Vietnam, tenían una “acreditada trayectoria” en medio mundo.
En 1953, en Irán, los Dulles financiaron la caída del primer ministro iraní, Mossadeq, “que tuvo la mala idea de nacionalizar el petróleo. La anglopersa Oil Company se sintió engañada. Así es que Allen Dulles (hermano de John) pagó un millón de dólares para derrocar a Mossadeq, lo que tuvo como consecuencia que durante mucho tiempo no se hiciera ninguna reforma democrática en Irán”. Al año siguiente, John Foster Dulles es responsable de la caída de Jacobo Árbenz Guzmán, presidente de Guatemala, “que se disponía a hacer una reforma agraria y a repartir noventa mil hectáreas de tierra a los campesinos pobres de su país, lo que hacía peligrar los intereses de una multinacional estadounidense, la United Fruit Company (…). Los Dulles, que además eran sólidos accionistas de la compañía, organizaron un golpe de Estado a medida que entregó el país a una junta militar. Guatemala entró en un largo periodo de violencia, hubo centenares de miles de muertos”.
Siete años después, el 17 de enero de 1961, nos volvemos a encontrar con la larga mano ejecutora de los Dulles en Élisabethville, en Katanga, cuando a las “cinco menos diez de la tarde, aterriza el DC-4 de Air Congo con matrícula 00-CBI procedente de Muanda. Tres hombres, atados a una cuerda, son sacados sin contemplaciones de aparato. Los tres prisioneros son subidos a un jepp. La siniestra comitiva se dirige a la vivienda de un colono belga. Uno de los tres prisioneros es Patrice Lubumba, el primer ministro de la República del Congo, la cual acaba de obtener su independencia”. El relato que hace Vuillard del asesinato de Lubumba —como colofón de un periodo de inestabilidad de un año desde que el Congo declara su independencia, los belgas intervienen militarmente para abortarlo y sacar del poder a Lubumba, y la CIA (cuyo director era Allen Dulles) decide «que debe ser expulsado “por el medio que sea”»— es aterrador y da medida del poder de empresas que tienen tentáculos poderosos dentro de Estados muy poderosos militarmente (como los Dulles en EE. UU.), que no dudan en utilizar ese poder para proteger sus particulares intereses económicos, cueste lo que cueste, en cualquier parte del mundo.
Este libro es un relato crítico y feroz del capitalismo colonial e imperialista occidental, que es racista, esquilmador del medio ambiente y brutal con las personas que habitan las tierras colonizadas por esas potencias, en este caso, Francia primero y Estados Unidos después.
Recomiendo su lectura porque, además de ser una crónica histórica novelada muy bien escrita, llena de imágenes y metáforas visuales que nos sitúan en cada una de las acciones como si las estuviéramos viendo en una pantalla de cine, en este libro Vuillard vuelve a ser capaz de situarnos en un capítulo más de esa batalla eterna de los poderosos contra los débiles, ayudando a los y las lectoras a entender el lugar que ocupan en esa pelea y acopiar herramientas para poder combatir las políticas nocivas contra los derechos humanos que se siguen produciendo, que tanto nos afectan colectivamente en este mundo global.







