Se preguntarán, con mucha razón, qué demonios tendrán que ver esas tres cosas. Pues a decir de Rafael Nájera, responsable de la primera campaña piloto de vacunación masiva contra la polio, promotor y primer director del Instituto de Salud Carlos III, mucho.
Y poca broma con esta primera campaña piloto nacional de vacunación porque, con ella, se inicia también una nueva etapa en España de lucha contra las enfermedades infeccionas, arrancando así el verdadero control de productos biológicos. Empiezan entonces los estudios serios sobre pruebas de identidad, potencia, atenuación “in vitro”, etc y permiten que la creación en España del Centro Nacional de Virología y Ecología Sanitarias, primer instituto de investigación de enfermedades víricas, donde también se desarrollaron estudios sobre virus respiratorios y exantemáticos y que daría lugar a la implantación de las vacunas correspondientes. Y por supuesto, también se introduce el concepto de cobertura total a través de los calendarios de vacunación que han permitido el control de numerosas enfermedades infecciosas.
Pero ¿cómo empezó todo?
La poliomielitis, o polio como se conocía, era una enfermedad que daba miedo. Por las muertes causadas y también por las consecuencias de la enfermedad en quienes sobrevivían. El periodo de 1958 a 1963 fue especialmente virulento: alrededor de 2.000 casos y 200 fallecidos por año (de media, hubo años mucho más duros que estas cifras).
Durante los años previos ya existía a nivel internacional un debate sobre las vacunas a utilizar para frenar la enfermedad: la vacuna inactivada de Salk, elegida por países como EE. UU., Canadá o Reino Unido, o la vacuna atenuada de Sabin, disponible en Europa desde 1960 pero que tuvo su mayor gloria en los países de la órbita soviética.
Este debate también se desarrolló en España, aunque en el caso de nuestro país se mezclaron cuestiones ideológicas que poco tenían que ver. Por una parte, desde 1957 existía la vacuna de Salk, cuya implantación fue meramente testimonial por la falta de impulso de las autoridades y el precio excesivo (200 pesetas) de las dosis, pero que contaba con el respaldo del Seguro Obligatorio de Enfermedad (Ministerio de Trabajo, dirigido por el ala falangista del Régimen) y de Juan Bosch Marín, representante de la estructura más conservadora del franquismo.
Por otra, encontramos el trabajo de un grupo de investigadores de la Escuela Nacional de Sanidad, encabezados por Florencio Pérez Gallardo, que apostaban por la vacuna oral de Sabin, según los resultados de su estudio epidemiológico; apoyados, a su vez, por el Ministerio de Gobernación y el ala militar-católica del Régimen.
Al final, y como ocurre en muchos otros ámbitos, la vacunación de la polio se convirtió en un campo de batalla donde, lo que realmente estaba en juego, era el control de la política sanitaria. Eso sí, al menos la batalla se dio en un ámbito soprendentemente académico: entre febrero y abril y en distintos escenarios como la Real Academia Nacional de Medicina, la Sociedad de Pediatría de Madrid o el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) se organizaron hasta diez conferencias para analizar pros y contras de cada vacuna.
Por fin, el 18 de abril de 1963 finalizan los debates y se decantan por la vacuna de Sabin, sin descartar la vacuna de Salk. Como fuere, desde la Dirección General de Salud se organiza una campaña piloto de vacunación oral que arranca el 14 de mayo en León y Lugo y resulta todo un éxito que, sin dudarlo, es trasladado al entonces secretario general de Sanidad, José Manuel Romay Beccaría, que ve en la posibilidad de hacer una campaña universal la oportunidad de mostrar la modernización sanitaria del país, hecho decisivo para que el 14 de noviembre el ministro de Gobernación anunciara la Primera Campaña Nacional contra la Polio.
Y aquí es donde entra aquello que da título a este artículo: ¿por qué el Ministerio de Gobernación decide dar el paso de iniciar una campaña masiva de vacunación y hacerlo a bombo y platillo?
Pues porque en 1963 estaba ocurriendo muchas cosas: huelgas y represión masiva de sindicalistas, el conocido por el Régimen como Contubernio de Múnich, primer encuentro amplio de las fuerzas antifascistas, y la ejecución de Julián Grimau. Todo ello estaba generando una amplia contestación internacional que no veía con buenos ojos la brutal represión del régimen franquista.
Un éxito en materia de salud pública que les mostrara ante el mundo como un país moderno y preocupado por su población era justo lo que necesitaban. Al menos, así lo cuenta el propio Rafael Nájera en una interesante charla que pueden encontrar en la mediateca del Hospital de Albacete.
Bueno, y vuelvo brevemente atrás para contarles cómo fue la campaña piloto que se desarrolló en León y Lugo porque tiene también su interés.
Pónganse en situación y piensen en esos territorios en 1963. Si hoy día aún hay sitios a los que cuesta llegar por la falta de conexiones dignas, pues háganse una idea…
Recorrieron las provincias de Lugo y León con una nevera de coca-cola en la que portaban las vacunas “comunistas” (¡sí, así eran conocidas entonces!) teniendo en muchos casos que prescindir del coche y emprender camino en mulo o andando para poder llegar a todos los núcleos donde hubiera niños y niñas de 3 meses a 7 años. Llegaron a sitios que parecerían increíbles: señalan la comarca de La Cabrera o las Médulas y cómo se encontraron allí que las muertes eran “testificales”, esto es, que se registraban cuando el deshielo permitía acercarse a los pueblos más cercanos con Registro Civil. Desde luego, fue toda una proeza que permitió pasar de más de 2.000 casos anuales en 1960 a 62 casos en 1965 en España.
Rafael Nájera, responsable de vacunar a la primera niña fue, también, responsable de la firma, en el marco de la Organización Mundial de la Salud, de la eliminación de la poliomielitis en Europa.
Desafortunadamente, pasado el interés inicial, el apoyo fue decayendo y lo que podría haberse completado en pocos años, se retrasó de manera injustificada en el tiempo: hasta 1988 no quedó oficialmente erradicada la polio de nuestro país. Eso sí, los aprendizajes quedaron y sirvieron a futuro para garantizar programas de salud pública y prevención sin los que, la situación en España, habría sido mucho peor.








