Corren malos tiempos para la lírica.
El pasado 27 de abril, en Alpedrete, en la Comunidad de Madrid, el equipo de gobierno del Ayuntamiento gobernado por PP y Vox quitaron el nombre de mi madre, Asunción Balaguer, a la Casa de Cultura y el de mi padre, Francisco Rabal, a una plaza. Se hizo en secreto, a espaldas del resto de partidos políticos y de la sociedad civil, por un decreto de urgencia. En fin, con nocturnidad y alevosía.
¿Razones? Ninguna coherente. No hacía falta. Las conozco muy bien. A pesar del cariño y consenso del que siempre han gozado mis padres por parte de todos, sin importar colores o pensamiento, se les ha despojado del honor concedido por un único motivo: su ideología progresista y el ser militantes del Partido Comunista.
Era una vieja reivindicación de los grupos nazis ahora con voz institucional gracias al partido de la V.
No ha sido obra de estúpidos, no es la tontería de unos tontos. Va más allá. Es parte de la estrategia que sigue eso que se nombra como ultraderecha, para enlodazar, con fines espurios, la convivencia.
Son los mismos que niegan la violencia machista, los crímenes del Franquismo, censuran obras de teatro, rechazan la evidencia del cambio climático o pretenden acabar con la memoria democrática haciendo una burda revisión de la historia.
Y cada vez lo hacen con mayor frecuencia, libertinaje y permisividad. No sólo en nuestro país, sino a lo largo y ancho del planeta.
La Cultura siempre está en el punto de mira del fascismo. Se la ataca, se la margina, censura y denigra con el único objetivo de destruir la identidad de los pueblos y de los individuos. Primero se elimina la memoria y luego, los derechos que, como seres humanos, deberíamos tener desde nuestro nacimiento.
Primero se elimina la memoria y luego, los derechos. Si nos quedamos callados, ¿quién dice que mañana ya no exista una Casa de la Cultura o no podamos caminar de la mano por las plazas, libremente? Hay que tomar partido
Pero, si nos quedamos callados, ¿quién será el siguiente? ¿Goya por afrancesado, Galdós por republicano, Picasso, Machado, Alberti, Clara Campoamor, Lorca, Almudena Grandes? Si nos quedamos callados, ¿quién dice que mañana, incluso, ya no exista una Casa de la Cultura o no podamos caminar de la mano por las plazas, libremente?
Les aterra la emoción. Y si algo define a la cultura, es la emoción. Lo que sentimos ante una obra de arte, un poema o ante una película, es lo que nos hace mejores personas y eso es algo tan necesario como el pan.
No se puede ser imparcial ante esta afrenta. Nos jugamos mucho. Se está de un lado o del otro. Sin medias tintas.
Lo que tenemos enfrente, lo nombren como quieran nombrarlo, se llama Fascismo. Pero parece que no lo estamos viendo venir, cabalgando a lomos de la intolerancia, la barbarie, el despotismo, la agresividad y la incultura.
Ahí está Gaza y la pasividad frente al genocidio. Ahí están las penas de cárcel en varios lugares de Estados Unidos por tener clásicos de la literatura en bibliotecas públicas. Ahí están las deportaciones de migrantes a Ruanda desde el Reino Unido. Ahí están tantas y tantas advertencias de lo que nos acecha, nos amenaza y acabará por asfixiarnos si no lo impedimos.
Hay que tomar partido. Partido hasta mancharse.








