Coordinador General de Izquierda Unida

Antonio Maíllo: «Queremos ser una dirección de carretera y manta, que recupere el contacto personal y el debate ‘a calzón quitado’»

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Antonio Maíllo. XIII Asamblea de Izquierda Unida
Foto: Álvaro Minguito

Antonio Maíllo nació en Lucena hace 57 años, en el pueblo cordobés en el que sus abuelos regentaban una panadería. Estudió Filología Clásica y aprobó las oposiciones de profesor de secundaria a los 23 años. Desde entonces ha combinado la enseñanza con la política. Practica la pedagogía, la oratoria y “el poder amable de la razón” que la política hoy tanto necesita.

Al día siguiente de ser elegido Coordinador General de Izquierda Unida, volvió a sus clases para acabar el curso con sus alumnos. Será la segunda vez que hará un paréntesis en la docencia. La primera vez fue cuando la organización le llamó para dirigir la federación andaluza de Izquierda Unida. Era 2013, llevaba un año como director general de Administración Local del cogobierno de la Junta de Andalucía. Lideró Izquierda Unida Andalucía hasta que un cáncer de estómago, ahora felizmente superado, le hizo retirarse en 2019. “Puedo luchar contra el sistema, pero no contra la biología”, dijo entonces. Durante ese tiempo vivió un gobierno de coalición con el PSOE hasta que Susana Díaz les echó de la Junta. Vio el nacimiento de Podemos, y las sucesivas convergencias y separaciones, sin dejar el empeño de trabajar en la construcción de alianzas superando las dificultades.

Ahora vuelve a primera línea de la política, algo que no estaba en su “horizonte vital”. “No ha sido fácil” pero se ha “arremangado”, —dijo literalmente en su primer discurso como coordinador—, cuando después de reflexionar sintió que aquello en lo que creía y por lo que había luchado toda su vida “podía irse por el sumidero de la historia”. Ese valiente paso adelante recibió el respaldo de la mayoría absoluta de los más de 8.350 militantes que participaron en el proceso asambleario, y del 78% de las y los miembros de la nueva Coordinadora Federal. Quienes firmaron un manifiesto de apoyo a su candidatura destacan su capacidad de integración y de síntesis política y destacan de él que es una “referencia política y moral para mucha gente más allá de IU”.

Maíllo es un hombre de partido y de organización. Milita en Izquierda Unida desde que tiene 19 años. Diez años más tarde se afilió al Partido Comunista. En una de las reuniones federales del Partido le fotografiamos con un ejemplar de Mundo Obrero doblado en el bolsillo trasero de sus vaqueros.

Es hombre de abrazos sinceros, de cercanía con la militancia, de practicar la escucha, de debate constructivo y de un análisis lúcido a la hora de diseccionar el contexto político. Quienes estuvieron a su lado cuando fue el coordinador de la federación andaluza lo saben muy bien; su capacidad de trabajo es extenuante para quienes le acompañan. Habla del arte noble de la política; y lo ejerce. También habla de la importancia de las formas; y lo practica. Y de la unidad de la organización; “somos un proyecto colectivo… mi dirección va a integrar a todas las candidaturas, que todas las partes se sientan cómodas”. Habló de desterrar los hiperliderazgos de la política y reivindicar una dirección plural en la que quepan todos. Y también habló de crear “un espacio amable en política… porque nadie se acercará a militar si no se dan condiciones amables”.

En la XIII Asamblea de Izquierda Unida, Maíllo es quien representa más firmemente la necesidad y voluntad de construir frentes amplios. De momento, la prioridad son las elecciones europeas del 9 de junio. Después vendrá el tiempo de renegociar la relación de Izquierda Unida en Sumar.

GEMA DELGADO: Toca comenzar por una valoración del proceso congresual de la XIII Asamblea de Izquierda Unida. ¿Cómo lo ve ya cerrado el proceso asambleario y de vuelta en Sevilla?

ANTONIO MAÍLLO: Honestamente, creo que hemos dado como organización un ejemplo de cómo se puede hacer un debate democrático y con calado político, pero lejos de crispaciones o luchas cainitas. En este sentido quiero agradecer a la militancia que ha participado en los diferentes niveles de debate y elección, y específicamente a mis compañeras y compañeros que encabezaron las otras tres candidaturas. El debate que celebramos fue ejemplar.

La militancia se ha activado en el debate, la organización ha salido de cierta apatía o tono bajo, y hemos recuperado la alegría militante y la ilusión, que percibí muy especialmente en la segunda jornada de la Asamblea: discursos vibrantes, saludos fraternales entre la militancia, mucha sororidad en las intervenciones. Volvimos a nuestros territorios con una sonrisa de satisfacción por el trabajo realizado.

G.D.: Insistió en una dirección coral en la que todas las partes se sientan cómodas. ¿Cómo va a ser esa integración de las diferentes candidaturas?

A.M.: El principio que defendía en campaña para pedir el voto a la candidatura “Vale la pena luchar” era la integración de personas de todas las candidaturas en la dirección política. Recuperar la elaboración colectiva, buscar la síntesis política y hacer que todas las partes se encuentren cómodas fue objetivo en campaña y después de campaña.

En la comisión colegiada mi intención es que haya miembros de todas las candidaturas y que sea lo más parecida a lo que es la propia organización, desde las legitimidades otorgadas en esta Asamblea.

Por otro lado, cuando hablo de dirección colectiva me refiero a una coralidad de voces, con armonía en los mensajes obviamente y con definición de roles claros o funciones de cada persona en la responsabilidad que se les encomiende.

G.D.: “Vale la pena luchar”, es el nombre de la candidatura que lideraste. ¿Cuáles son los principales puntos del proyecto político que la organización se ha dotado para los próximos cuatro años?

A.M.: Esta candidatura representaba el orgullo de nuestra tradición unitaria. Izquierda Unida nació —y sigue siendo— un espacio de confluencia. Las experiencias de esta década, que son manifiestamente mejorables, no debían llevarnos, por fallidas, a un repliegue identitario, sino a intervenir para mejorarlas: hemos acordado que seguimos construyendo frentes amplios —por cierto, no solo políticos o electorales, sino también, esto es clave, sociales—, que deben construirse con métodos democráticos, comodidad de las partes que los integremos y reivindicamos el protagonismo de Izquierda Unida.

Seguimos identificándonos con el hilo rojo de la tradición obrera, el verde del ecologismo, el blanco de la paz —no olvidemos de dónde venimos: del referéndum para la salida de España de la OTAN— y el violeta de los feminismos.

Y queremos ser una dirección de carretera y manta, que recupere el contacto personal y el debate “a calzón quitado”, como hemos hecho siempre, que reivindique la capilaridad en nuestra intervención social, y que muestre a la sociedad que nuestra forma de organizarnos, con humildad, no ha sido superada por nuevas formas de hacer política.

Queremos estar en contacto con la militancia y simpatizantes, intervenir y ayudar en los conflictos, contribuir a desembarrar el debate político desde la reflexión serena pero firme en lo que creemos, y desde la aportación de cierta sensatez en los marcos de debate que reconcilien a amplios sectores sociales con la política. Crear espacios amables para hacer política, que estimule la participación de la gente, para quienes militar sea un placer vital.

Reivindicamos una dirección política desde las periferias —no sólo geográficas, sino sociales— frente al bloque dominante de la Corte madrileña, y parecernos lo más posible a quienes queremos representar.

Y con el apoyo que hemos obtenido —casi el 80% en mi elección que aumenta el conseguido en las primarias, con el 53,70%— hay una hoja de ruta que da seguridad y certidumbre de lo que vamos a hacer.

Todo ello desde una perspectiva federal y, por consiguiente, una estrategia federal que es compatible con una adecuación a la realidad de cada territorio para llevarla a cabo.

G.D.: En tus intervenciones insistes en la importancia de definir el momento político para no desaparecer como espacio útil ¿En qué momento político estamos?

A.M.: Toda organización que no defina bien el momento político está condenada a la irrelevancia. Sentí que podíamos tener ese riesgo si se abría paso un discurso idealista que no reflejara la realidad existente. Ese riesgo está más que superado: la militancia emitió un veredicto claro, con una hoja de ruta sin incertidumbres.

Y hemos caracterizado bien el momento: hay una ofensiva reaccionaria que pone en peligro los derechos sociales y laborales conquistados, nuestras formas de vida, de convivencia. Al avance de la extrema derecha en Europa se une la mimetización de la derecha clásica con sus postulados y coincide con una situación de dificultad en las izquierdas transformadoras del continente. Por poner un ejemplo, la defensa del modelo público de la sanidad es casi una disputa civilizatoria. No podemos permitir que sea un paréntesis en la historia de la humanidad. La sanidad pública, y yo soy un ejemplo, salva vidas sin discriminar a quien se la pueda pagar o no.

Ante eso no perdemos de vista el contexto en el que desarrollamos nuestro trabajo político: en España participamos de un gobierno progresista, que resiste a ese avance, pero que precisa de una articulación social potente que lo empuje a una mayor audacia en la toma de decisiones. Cuando eso ocurre se evidencian los avances: el reconocimiento del Estado palestino no se habría producido sin el empuje de las movilizaciones casi planetarias habidas, también en España, y sin nuestra presencia en el gobierno, con una ministra como Sira Rego, que tiene toda la potencia simbólica en su propia trayectoria vital de abrazo oficial de España a Palestina.

“Ser útiles a la clase trabajadora también se hace participando en todos los frentes institucionales en los que la aritmética electoral lo está permitiendo”

Hemos decidido ser útiles a la clase trabajadora, y eso se hace participando en todos los frentes institucionales que la aritmética electoral lo estén permitiendo: en los cientos de alcaldías de ayuntamientos —ejemplo de transformación y de gestión transparentes— en gobiernos autonómicos —antes en Andalucía o País Valenciá, ahora en Asturias—, o en el gobierno central.

G.D.: Asumes la dirección en plena campaña de las elecciones europeas. Pediste a la militancia volcarse para sacar el máximo número de eurodiputados y reelegir a Manu Pineda. Los resultados de los primeros sondeos no son optimistas, pero quedan unas semanas decisivas. ¿Qué nos jugamos en estas elecciones y cuál es el papel que va a ejercer Izquierda Unida de aquí al 9 de junio?

A.M.: Estamos concentrando todos nuestros esfuerzos en conseguir que Manu Pineda, una referencia por la paz que trasciende al propio PCE e IU en los que milita, siga siendo eurodiputado. Estoy convencido de que vamos a conseguir los mejores resultados y va a ser clave, como siempre, la movilización y el trabajo de la militancia, que ya ha mostrado en todas sus terminales la disposición colectiva al trabajo en campaña.

Nos jugamos una correlación de fuerzas en Europa que frene a la extrema derecha, y nosotras vamos a estar en el lado correcto de la historia. Nuestro compromiso de militancia democrática tiene que ver con desterrar las causas que alimentan el caldo de cultivo de la extrema derecha: precariedad, desarticulación social y desmotivación. Reivindicar, en consecuencia, medidas que ensanchen derechos y garanticen las necesidades materiales para una vida digna.

“Apostamos por la unidad y por frentes amplios, y queremos que se construyan con métodos democráticos y participación colectiva en la toma de decisiones. Reivindicamos el protagonismo de Izquierda Unida”

G.D.: Hay mucha expectativa en cómo se construirá el espacio de izquierdas que hoy en día es Sumar. ¿Nos puedes avanzar cómo es la relación que Izquierda Unida quiere mantener con Sumar?

A.M.: La relación la ha resuelto la Asamblea en sus debates: apostamos por la unidad y por frentes amplios, y queremos que estos se construyan con métodos democráticos, participación colectiva en la toma de decisiones, y protagonismo de las partes que los integren. Queremos una relación fraternal, de respeto mutuo y altura de miras sobre lo que nos estamos jugando, y para ello usaremos la pedagogía política para abordar, desde el acuerdo, todo lo que es mejorable, que es mucho. Podemos hacerlo bien y crecer juntas, y eso será una buena noticia para la mayoría social de nuestro país.

G.D.: En tiempos del desolador espectáculo de la crispación, el insulto y el desprestigio de la política y de las instituciones y el consecuente desapego de la sociedad respecto a la organización política y sindical, reivindicar el arte noble de la política ya es revolucionario. ¿Puedes desarrollarnos la idea?

A.M.: El bloque dominante no quiere que participemos en política. No la necesitan y no quieren que quienes no tenemos más patrimonio que organizarnos la practiquemos.

“La máquina del fango tiene un objetivo racional: despolitizarnos. No quieren que quienes no tenemos más patrimonio que organizarnos participemos en política”

Por eso reivindico el arte noble de la política, porque lo es: dedicar tus esfuerzos y desvelos a mejorar lo que te rodea. La nobleza de dar lo mejor al servicio del bien común. La política como acto de amor. ¿Hay algo más hermoso que entregarte a la mejora de la comunidad? En este combate cultural entre el “yo” y el “nosotras o el nosotros”, la política, en su ejercicio honesto y genuino, despliega lo mejor del ser humano. Por eso la extrema derecha la denigra, porque no quieren que sea instrumento de transformación, sino terreno embarrado de odio, intolerancia, veneno e intoxicación. No es inocente la máquina del fango, tiene un objetivo racional: despolitizarnos para ser ciudadanos despojados de la dignidad para construir una sociedad de justicia.

En las propias formas en que ejercemos la política enviamos un mensaje del modelo de sociedad que queremos. Difícilmente es creíble apostar por la fraternidad o sororidad del ser humano si en los caminos para conseguirlas practicamos el odio, desprecio de clase o intolerancia a la otredad.

G.D.: También reivindicaste el trabajo prometeico frente al peligro narcisista de nuestra sociedad. Imagino que, aunque Prometeo robe el fuego a los dioses para entregárselo a los hombres, si los Narcisos siguen ensimismados en su reflejo en el agua, el fuego se podría apagar.

A.M.: Prometeo representa la inteligencia colectiva de la especie humana. Aunque es un titán, roba el fuego (que calienta, que transforma) a los dioses (el poder despótico) para entregarlo a los hombres y que estos no dependan de aquellos: el periodo del siglo XIX, con el surgimiento del movimiento obrero, es especialmente prometeico: reivindicación de lo común, disputa del poder y orgullo de lo colectivo frente a lo individual.

“El capitalismo ha inoculado el veneno del “yo, mí, me, conmigo». Lo hemos conjurado y nos ofrecemos como instrumento útil para organizar la sociedad” 

Ahora vivimos una época narcisista, con amplias capas de la sociedad instaladas en el “yo, mí, me, conmigo”, que creen que desde el individualismo se resuelven sus propias vidas. El capitalismo ha inoculado ese veneno, incluso en sectores que dicen disputarlo —un ejemplo de ello lo tenemos en la propia política con una importancia desproporcionada cuando nos consideramos imprescindibles— y nuestra función es crear las vacunas que lo inutilicen. Esas vacunas se llaman leyes que ensanchen derechos y garanticen una vida digna a todas las personas.

El riesgo de ensimismamiento se produce igualmente en las propias organizaciones: ensimismamiento que nos hacen inútiles. Pero que sea estéril no quiere decir que no sea corrosivo: puede destrozar un proyecto colectivo y apagar el fuego que transforma, la energía que nos ennoblece en la lucha. Hemos conjurado ese riesgo y nos ofrecemos como instrumento útil para organizar la sociedad.

No nos creamos tan importantes, las dirigencias somos efímeras.

“IU, como los guisos de olla lenta, prepara el debate con método, despliega discusiones y elaboración política de modo colectivo e intenta buscar la síntesis”

G.D.: En los últimos 15 años ha habido muchos movimientos tectónicos en la recomposición política de este país. Se han constituido partidos políticos con la misma fuerza con la que han implosionado. En ese contexto, compara Izquierda Unida con un guiso lento y se muestra orgulloso de la previsibilidad de la organización. ¿A qué se refiere con ese guiso lento y la previsibilidad?

A.M.: Con todo respeto, esta última década ha demostrado que no se han superado ni mejorado las formas de organización política que nosotras teníamos. Asumimos con humildad la irrupción de nuevas formas que aspiraban a tomas de decisión más democráticas. Podemos constatar con la experiencia acumulada que, lejos de ser así, han supuesto prácticas más verticales aún en la toma de decisiones.

Izquierda Unida, como los guisos de olla lenta, prepara el debate con método, despliega discusiones y elaboración política de modo colectivo, intenta buscar la síntesis como objetivo y, aunque reconocemos que es un modo más lento que dar un click a un documento político hecho por unos expertos estupendos, cuando se elabora, cuando se amasa como la levadura y se condimenta con el aliento de lo colectivo, el producto final resulta sólido y solvente.

“Somos una organización previsible. Nadie duda de las posiciones políticas de Izquierda Unida. Ese es sin duda un gran capital”

Por eso somos previsibles: nuestras posiciones políticas no son producto de meras coyunturas o tacticismos, sino de una elaboración consciente, de reflexión común y de búsqueda de soluciones desde la convicción política. Un ejemplo: cuando los sindicatos de clase convocan huelgas, no necesitan ni preguntar si Izquierda Unida las apoya o sus militantes van a ser piquetes informativos; cuando en un pueblo quieren hacer una carretera que parta por dos un parque natural, incluso quienes no nos han apoyado nunca, buscan “a los de Izquierda Unida” porque saben que van a estar con ellos en la defensa del medio ambiente; las mareas blancas o verdes saben que cuentan con las gentes de IU para sus movilizaciones. No tienen ninguna duda. Estamos en las duras y en las maduras y eso es un capital político inmaterial que no tiene precio.

G.D.: Te has presentado como la candidatura de carretera y manta… y avión. ¿Cuál es la hoja de ruta que te has marcado en tus primeros meses de trabajo?

A.M.: IU necesita una dirección de piel, de contacto directo, de reflexión colectiva, no unidireccional. Esto no va de ir a los sitios, hablar, hacerse selfies e irse. Esto va de ir con humildad a las sedes, escuchar y atender las críticas, explicar las políticas y decisiones que adoptamos, reunirnos allí donde hay un conflicto, fortalecer las complicidades emocionales, y fortalecer la organicidad: el respeto a los procedimientos en nuestro funcionamiento interno.

Nos hemos marcado una hoja de ruta que hará que visitemos todas las CC.AA. más Ceuta y Melilla y tengamos encuentros con militantes y simpatizantes de manera recurrente.

Una vez que termine el curso en el instituto donde doy clases —no quiero dejar en la estacada a mi alumnado— me pondré a ello.

“No podemos olvidar ni un día de nuestro mandato que cada acción, por mínima que sea, debe estar orientada al bien común, a la gente que nos necesita”

G.D.: ¿Y a medio y largo plazo, que te gustaría lograr desde Izquierda Unida?

A.M.: El proyecto que tenemos mira largo y evita el cortoplacismo como modo de acción política. Una cosa es que tengamos que dar respuesta a una situación política devoradora de los tiempos, y otra cosa muy diferente es que nos devore en nuestros objetivos estratégicos.

Tenemos un proyecto a largo plazo, con una hoja de ruta a cumplir, y con ello lograr varios objetivos: la construcción de frentes amplios, democráticos, diversos y de carácter social y político; la aportación de nuestro despliegue en el territorio para ser protagonista de los mismos; y la aportación leal de mejora en su construcción.

¿Todo para qué? Para lo que no podemos olvidar ni un día de nuestro mandato: que cada acción, por mínima o pequeña que sea, debe estar orientada al bien común, a la gente que nos necesita y nos requiere, la que nos apela y nos advierte, la que debe sentirse orgullosa de nuestro trabajo y compromiso colectivos.

(*) Subdirectora de Mundo Obrero

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