Tremenda pesadilla

Las compañías eléctricas discriminan a los barrios pobres, priorizan la red de distribución de la que saque mucha rentabilidad
Protesta vecinal contra los cortes de luz
Foto: Barrios Hartos – Plataforma Vecinal Interdistritos de Sevilla

Si la compañía eléctrica tiene que arreglar una red de distribución, priorizará aquella de la que saque mucha rentabilidad. Se descrimina a los pobres por consumir comparativamente menos.

Ayer por la noche, en una de las pocas plataformas televisivas que valen la pena, estuve repasando una vez más el filme clásico de 1927, «Octubre» de Sergei Mijáilovich Eisenstein. Mis cenas son habitualmente frugales, pero en esta ocasión la digestión de algo normalmente inofensivo unido —supongo— al entusiasmo revolucionario fruto del visionado de la cinta, dio como resultado una aterradora pesadilla, que con vuestro permiso me dispongo a relataros.

En mi sueño nuestra clase trabajadora había tomado el poder. Insisto: habíamos tomado el poder, no el gobierno solamente, y los Consejos de campesinos, obreros e intelectuales emitían constantes disposiciones para solucionar con efectividad y rapidez los problemas de la ciudadanía.

Cosas de los sueños, yo me encontraba en Sevilla sufriendo como podía los rigores de “una caló” asfixiante, como recién salida de la boca del horno —eléctrico, por supuesto— de una acería.  En ese momento se abre la puerta de mi despacho de Comisario Político de Energía y entra la camarada ministra.

—Camarada Manoel, son los compañeros de Barrios Hartos que exigen que se solucione su situación de inmediato. No tienen luz y nada funciona. No pueden preparar la comida, ni siquiera un biberón. Los respiradores mecánicos no funcionan; ni los ventiladores, ni, por supuesto, el aire acondicionado…

—¡Y mis plantas de «María» se están marchitando! —dice un infiltrado que es rápidamente reducido por sus compañeros.

—¡Ya voy camarada Irene! Veré qué puedo hacer.

De repente me veo a mí mismo transportado a uno de los transformadores de un barrio periférico de Sevilla. La temperatura en la calle es de 45°C, pero en el interior del Centro de transformación se superan con mucho los 50°C. Para colmo de males el centro fue diseñado para albergar un transformador más pequeño y situado en otra disposición, con lo que la ventilación natural inicialmente prevista no funciona en absoluto[1].

Los compañeros de Barrios Hartos miran para mi con cierta desconfianza. Intento explicarles que la potencia que puede entregar un transformador, que puede transportar una distribución, es función de la temperatura ambiente, y que cuanto más alta sea esta, menor será la potencia de las cargas que pueden asumir sin averiarse los distintos elementos de esta… o de accionar sus protecciones que los separarán eléctricamente de la red y los dejarán a ellos —sin suministro de energía. ¡Perdón! ¡Sin luz!

Me insisten que no lo entienden. Que hace años no había estos problemas, y que la eléctrica los discrimina por ser barrios tradicionalmente de izquierdas. Yo les digo que no les discrimina por ser de izquierdas, que les discrimina por ser pobres y consumir comparativamente poco. Que si la eléctrica tiene que arreglar una red de distribución priorizará aquella de la que saque mucha rentabilidad. En cuanto a que hace años no había estos problemas, tienen toda la razón: hace años los máximos históricos de consumos se daban en invierno, asociados a los episodios de frío intenso; hoy los máximos históricos de esos consumos se dan en verano y asociados a los episodios de calor.

Añado que los aparatos que conectaban entonces para combatir el frío —los distintos tipos de radiadores eléctricos— eran cargas resistivas con un factor de potencia unitario, mientras que los aparatos utilizados para combatir el calor —exceptuando los botijos y los abanicos— son cargas inductivas con un factor de potencia habitualmente malo, que limita aún más las posibilidades de la mencionada red. 

Aquí creo que los he perdido. Las caras de extrañeza, de cabreo incluso, son mayoría en el grupo.

—Todo eso está muy bien —reclama el más combativo de ellos, intentando poner los puntos sobre las íes— pero ustedes ¿qué vais a hacer al respecto?

Yo sudo. De “la caló” y del sofocón ¡Cualquiera les cuenta a estos que después de cuarenta años de abandono de las redes nos hace falta algo de tiempo para solucionarles sus problemas inmediatos!

—¡Solo a nosotros se nos puede ocurrir tomar el Palacio de Invierno en pleno verano! —pienso y digo para mis adentros.

Y entonces me desperté.


Nota:

[1] Los transformadores de distribución se refrigeran por la circulación natural del aire sobre las aletas o radiadores de la cuba en el caso de los transformadores en aceite. La potencia que un transformador puede entregar de forma continua está limitada por la temperatura máxima que se puede permitir en lugares estratégicos de su diseño. Un valor excesivo de la temperatura de los devanados, por ejemplo, provoca la degradación de los polímeros empleados como aislamientos entre espiras, entre bobinas o entre bobinas y masa. El aceite calentado mucho tiempo por encima de ciertos límites, se descompone formando sobre los devanados, depósitos de reacción ácida, que impiden la evacuación del calor y elevan extraordinariamente la temperatura interior del transformador. Normativamente la temperatura máxima del aire de refrigeración es de 40°C.

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