Tal día como hoy en 1945, dos soles aparecieron sobre Hiroshima (Japón): uno del cielo y el otro a 600 metros del suelo, calculado para la máxima capacidad destructiva. Desconocido para los japoneses, Estados Unidos había detonado la primera bomba atómica exitosa solo tres semanas antes en Alamogordo, Nuevo México. Lanzarían otra tres días después en Nagasaki, culminando con las muertes de 200.000 personas, casi todos civiles.
Los argumentos a favor del uso de la bomba han permanecido prácticamente inalterados desde que los enunció por primera vez el ex Secretario de Guerra, Henry Stimson, en febrero de 1947. Stimson -y posteriormente periodistas, historiadores conservadores y por supuesto el propio Harry Truman- reclamó que la bomba había salvado no solo las vidas de los militares estadounidenses, sino también las de los soldados y civiles japoneses1. Estimó que las invasiones planificadas de las islas interiores japoneses, nombre en clave Operation Downfall, costarían «más de un millón de bajas solo a las fuerzas estadounidenses». Ante un enemigo decidido a forzar una «lucha hasta el final», fue la «menos aborrecible» -y única- elección.
En los primeros años de la posguerra, surgieron algunos desafíos notables a esta narrativa. En sus memorias de 1949, el científico disidente del Proyecto Manhattan, Leo Szilard, relató que en las reuniones -estudiando el posible uso de la bomba atómica- el Secretario de Estado James Byrnes vio el nuevo arma no como una necesidad para poner fin a la guerra sino que «haría a Rusia más manejable en Europa»2. En efecto, Byrnes argumentó que las bombas situarían a EEUU «en una posición para dictar nuestros propios términos al final de la guerra». El próximo año, el Almirante estadounidense y Jefe de Personal William Leahy escribió en sus propias memorias que la bomba «no fue de ninguna ayuda material en nuestra guerra contra Japón»3. El General estadounidense Henry “Hap” Arnold y el General británico Hastings Ismay asimismo recordaron que las fuerzas armadas japoneses estaban «al borde del colapso» y «tambaleantes». El Estudio de Bombardeo Estratégico de EEUU estuvo de acuerdo: en un informe exhaustivo de julio de 1946, los autores concluyeron que a finales de 1945, «Japón se habría rendido incluso si las bombas atómicas no hubieran sido lanzadas, incluso si Rusia no hubiera entrado en la guerra e incluso si ninguna invasión hubiera sido planificada o contemplada»4.
Así las grietas ya habían comenzado a formarse cuando el historiador revisionista Gar Alperovitz publicó su libro explosivo, La diplomacia atómica, en 1965. Argumenta que los dirigentes de EEUU decidieron finalmente utilizar la bomba para fortalecer su posición negociadora con los soviéticos después de la guerra.5 En ese momento, Alperovitz tenía que fundamentar algunas de sus conclusiones en la deducción, ya que el registro histórico de la época no proporcionaba suficientes pruebas concretas de que el liderazgo estadounidense de hecho practicara una «estrategia de retraso» y utilizara las bombas para impresionar a la URSS. Sin embargo, documentos desclasificados en los años setenta y hechos públicos hasta 1989 completarían la información.
Un documento de este tipo, el estudio del Ministerio de Guerra de abril de 1946, El uso de la bomba atómica en Japón, determinó que «los dirigentes japoneses habían decidido rendirse y meramente estaban buscando el pretexto suficiente para convencer al Grupo del Ejército acérrimo de que Japón había perdido la guerra y debía capitular ante los Aliados»6. Los autores también concluyeron que la entrada de la URSS en la guerra el 8 de agosto – solo siete días antes de la rendición japonesa – «casi seguro habría proporcionado este pretexto y habría sido suficiente para convencer a todos los dirigentes responsables que la rendición era inevitable». En efecto, escribiendo en su diario, el Presidente Truman describió un mensaje del 12 de julio de 1945 interceptado de los japoneses como un «telegrama del Emperador japonés pidiendo la paz». Días después, cuando Stalin confirmó durante la conferencia de Potsdam que los soviéticos invadirían Japón como prometieron, Truman anotó, «Terminados los japoneses cuando eso pase». Escribiendo a su esposa sobre ello, exclamó asimismo, «¡Ahora pondremos fin a la guerra un año antes, y piensa en los chicos que no morirán!».
Aún más preocupante para la narrativa hegemónica sobre el uso de las bombas, el Comité Conjunto de Planes de Guerra de EEUU concluyó en un informe del 15 de junio de 1945 que las bajas estadounidenses para una invasión a gran escala de Japón supondría no más de 220.000, incluyendo 46.000 muertes7. Sin duda, incluso esta cifra habría servido de justificación suficiente para el uso de las bombas, dado que el liderazgo de EEUU en ese momento no hacía las decisiones militares basadas en la conservación de las vidas enemigas, aunque la cifra estaba muy lejos del millón de Stimson. En efecto, como el historiador John Dower meticulosamente documenta, los estadounidenses en esa época generalmente veían a sus enemigos en el oriente como superhumanos depravados, o alternativamente, como salvajes simiescos8. Por ejemplo, una edición del New York Times de principios de 1945 muestra un mono colgado de un árbol por la cola, mirándose al espejo, desde el que le devuelve la mirada una típica caricatura japonesa de la época. La viñeta se titula, «El Eslabón Perdido». Salvar las vidas japonesas no fue un factor en absoluto durante la guerra -no, de hecho, hasta que llegó el momento de suavizar las relaciones con los japoneses durante el periodo de ocupación y reconstrucción por EEUU-.
Puede que las bombas ni siquiera salvaran las vidas de los soldados estadounidenses, sino de hecho causaran más muertes innecesarias. El historiador Martin J. Sherwin documenta como la administración de Truman se negó a clarificar las condiciones de rendición a los japoneses -que incluían la disposición para permitir al Emperador permanecer en el trono, una concesión que finalmente resultó necesaria incluso después de las bombas y la invasión soviética-. EEUU retrasó deliberadamente esta aclaración durante meses, y con ella el final de la guerra, para poder utilizar la bomba atómica9. El propio Stimson, señala, persuadió a Truman a usar la bomba como una «carta maestra» en la diplomacia; fue, en sus palabras, «un ecualizador muy necesario». Más tarde Truman le dijo a Stimson, el 6 de junio, que «aplazó» la conferencia de Potsdam «a propósito para darnos más tiempo». La conferencia empezaría exactamente un día después de la prueba Trinity. Durante meses, entonces, Truman y sus consejeros aplazaron el final de la guerra, tiempo durante el cual miles de militares estadounidenses perdieron la vida.
Por supuesto, cualquier revisión del registro histórico aumenta nuestra comprensión de los procesos históricos; cómo los situamos en nuestro propio contexto asimismo lleva una importancia primordial. Por ejemplo, si EEUU incineraron intencionadamente a cientos de miles de personas en gran parte para reequilibrar su posición geopolítica con la URSS, ¿qué más ha demostrado ser capaz de hacer en los años intermedios? En varios conflictos, incluyendo la guerra en Corea, las crisis del estrecho de Taiwán y la Guerra de Yom Kippur, EEUU ha considerado, implicado, o abiertamente amenazado con el uso de ataques nucleares. En una serie de experimentos de alto secreto desclasificados luego en los años 90, incluso sometió a 400.000 de sus propios soldados a pruebas nucleares, en algunos casos detonando bombas a escasos kilómetros de las posiciones de las tropas10. También ha librado varias guerras convencionales y subsidiarias en ese tiempo, incluyendo las guerras de este siglo, que por sí solas han causado millones de muertes.
La extrema violencia con la que Estados Unidos se ha comportado desde que liberó los secretos de la bomba atómica ciertamente socava el argumento a favor de su uso contra Hiroshima y Nagasaki. Igualmente significativo, plantea preguntas sobre el papel de la mitología que rodea la bomba y su arrollador éxito en convencer a un público mal informado de una narrativa falsa e interesada fundamentada no en el registro histórico, sino en su conclusión. En efecto, el historiador de EEUU, Frederic Jameson, identifica la «amnesia histórica» como uno de las características definitorias de nuestro tiempo11, pero la cuestión de la memoria no se reduce a una mera abstracción, sino que alimenta el ejercicio real y activo del poder. Si, a través de casi un siglo de mala política educativa y propaganda exquisitamente exitosa, un país como Estados Unidos puede hacer que el genocidio no solo sea invisible, sino realmente apetecible para los fieles, que aún creen que el fin justifica los medios, sin importar cuántos inocentes deben morir, entonces resulta deseable continuar con el mismo tipo de políticas. Hoy, podemos ver las consecuencias en conflictos y guerras por delegación por todo el mundo, donde incluso ahora crecen nuevas mitologías. Para afrontar el presente, primero debemos enterrar para siempre el mito mortal de la benevolencia estadounidense que amaneció el 6 de agosto de 1945.
- Stimson, Henry L., “The Decision to Use the Atomic Bomb,” SAIS Review 5, no. 2 (1985): 1-15. ↩︎
- Szilard, Leo, “A Personal History of the Bomb,”The Atlantic Community Faces the Bomb, University of Chicago Roundtable no. 601 (1949): 14-15. ↩︎
- Leahy, William D., I Was There (London: Victor Gollancz, 1950): 441. ↩︎
- Chairman’s Office, Japan’s Struggle to End the War (U.S. Strategic Bombing Survey, 1946): 45. ↩︎
- Alperovitz, Gar, Atomic Diplomacy (New York: Simon and Schuster, 1965). ↩︎
- Alperovitz, “Hiroshima: Historians Reassess,” Foreign Policy 99, Summer (1995): 16-18, 21. ↩︎
- Bernstein, Barton J., “Reconsidering Truman’s claim of ‘half a million American lives’ saved by the atomic bomb: The construction and deconstruction of a myth,” Journal of Strategic Studies 21, no. 1 (1999): 64. ↩︎
- Dower, John W., War without mercy (New York: Pantheon Books, 1986), chaps. 4-5. ↩︎
- Sherwin, Martin J., “Hiroshima and Modern Memory,” The Nation, October 10 (1981): 348-353. ↩︎
- Buder, Emily, “Atomic Veterans Were Silenced for 50 Years. Now, They’re Talking,” The Atlantic, May 27, 2019, https://www.theatlantic.com/video/index/590299/atomic-soldiers/. ↩︎
- Jameson, Frederic, Postmodernism (Durham: Duke UP, 1991): 69. ↩︎







