La continuidad de la guerra en Ucrania conmueve los cimientos de la geopolítica y la economía mundiales

Es descorazonador confirmar que ninguno de los poderes ejecutivos del Viejo Continente propone una tregua en la guerra ruso-ucraniana

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El presidente de Ucrania, V.Zelensky, visita la OTAN el pasado 28 de junio | Foto: NATO /CC BY 2.0
El presidente de Ucrania, V.Zelensky, visita la OTAN el pasado 28 de junio | Foto: NATO /CC BY 2.0

La guerra entre rusos y ucranianos, iniciada informalmente en 2014 y de modo abierto en febrero de 2022, cobra la importancia de un acontecimiento troncal en el primer cuarto del siglo XXI. Y ello porque su  origen y desarrollo han conmovido los cimientos geopolíticos del mundo, dada la imbricación directa en la contienda de sujetos estatales como la Federación Rusa y Ucrania, los dos países más extensos de Europa, que tienen detrás apoyos de la entidad de la República Popular China, para el caso ruso, y de la Unión Europea y el brazo militar de los Estados Unidos, la OTAN, para el caso de Ucrania. Asimismo, los efectos económicos derivados de la guerra dislocan de lleno el entramado mundial de la energía, con fuertes oscilaciones en los precios de numerosos productos, así como en su infraestrutura alimentaria, habida cuenta del enorme potencial en gas, hidrocarburos y minerales de Rusia y el cuantioso volumen de la producción agrícola y en grano de Ucrania, respectivamente.

En el plano bélico, las tradicionales doctrinas militares de uno y otro beligerante, con tropas combatientes, artillería, carros de combate y aviación sobre la escena, se solapan con nuevas técnicas de guerra que alteran profundamente los modos de conducir una contienda, donde la presencia masiva de drones sobre los campos de batalla, la irrupción de tropas mercenarias, las sofisticadas armas regidas por dispositivos de inteligencia artificial desplegadas desde ambos bandos y las costosas contramedidas para anularlas, implican una innovación sustancial de aquello que conocimos en siglos anteriores como un conflicto armado entre Estados. Además y sobre todo, la eventualidad de que la guerra escale y cruce el umbral nuclear, tránsito que desencadenaría una conflagración a base de armas de destrucción masiva que pondría en peligro el futuro de la Humanidad, es en verdad ahora más probable que únicamente posible.

Bombardeo inquietante

Prueba de ello es el reciente bombardeo a mediados de mayo, con drones —y la aquiescencia de la OTAN—, de la estación rusa de radares de alerta temprana antinuclear Voronezh, situada al suroeste de la Federación Rusa. Ha consistido un tipo de ataque que los protocolos militares de las Fuerzas Armadas de Moscú consideran situado en un rango de gravedad inmediatamente anterior al que desencadena abiertamente la respuesta con armas nucleares.

Del mismo modo, la guerra ruso-ucraniana amplía su campo de acción a la esfera de la información y de la contrainformación, versadas hacia la conquista de la opinión pública no solo de cada Estado combatiente sino a escala mundial. Ello dificulta sobremanera la posibilidad de acceder a información veraz por parte de ambos contendientes y de sus respectivas retaguardias, puesto que las campañas de desinformación, a nivel local y mundial, registran hitos como la prohibición de actividades de medios de comunicación oficiales rusos en Europa Occidental y la consecutiva prohibición de actividades a algunos medios euro-occidentales en territorio de la Federación Rusa. Por su parte, Ucrania y Polonia vetan el libre ejercicio periodístico en determinadas zonas de guerra, lo cual contribuye a dificultar las posibilidades de obtener una visión objetiva y plena de cuanto acontece en los campos de batalla. Por cierto, es escandalosa la detención sin juicio en prisiones polacas y durante 28 meses del periodista español Pablo González, acusado sin pruebas de espionaje por portar un pasaporte ruso, ya que disponía de doble nacionalidad por ser su padre oriundo de Rusia.

En el orden interno, la guerra adquiere una importancia política intrínseca en las filas rusas y ucranianas, por cuanto que su desenlace, aún hoy improbable pero más cerca que nunca de su cese, puede decapitar a uno o a los dos titulares de los respectivos Estados en liza, amén de generar crisis y relevos incesantes.

Elecciones cruciales

En sus dimensiones exteriores y dada la condición de año electoral por antonomasia, 2024 ha registrado y va a registrar convocatorias a las urnas en países tan importantes como India, Estados Unidos o la Unión Europea, con los recientes comicios al Parlamento continental, más otras convocatorias como las realizadas por Emanuel Macron, en Francia, y por  Sunak en Reino Unido, dado el desplome del Partido Conservador. En torno a todas estas elecciones planea el despliegue de la guerra ruso-ucraniana como un factor de polarización del electorado, habida cuenta de que pese a la desinformación circulante o en virtud de esta misma, la importancia de esta guerra y de sus efectos reales o ficticios, divide muy agudamente a la población llamada a votar. Esta repercusión de la contienda en escenarios geopolíticos, económicos, psicosociales y electorales, entre otros, así como sobre el sustrato ético de la ciudadanía mundial, confiere a la guerra un alcance y un impacto inusitados. Y ello a consecuencia de su cercanía para los países europeos vecinos y, en países extracontinentales, por la creciente conciencia de que el conflicto puede escalar en cualquier momento hasta el rango de confrontación nuclear abierta, con un desenlace inimaginable.

La antesala de las elecciones estadounidenses despierta una singular inquietud en medios políticos y sociales del país transatlántico, dada la rotunda polarización ideopolítica que allí se registra. Hoy, al frente de la presidencia de la principal superpotencia geopolítica y geoestratégica del mundo, los Estados Unidos de América, se halla un hombre que muestra una acusada senectud, como se puso de relieve durante el debate preelectoral con el candidato republicano Donald Trump celebrado el pasado 28 de junio. Su país está firmemente involucrado en dos guerras de gravedad inusitada, la guerra ruso-ucraniana y la guerra de aniquilación genocida emprendida por el principal aliado estadounidense, Israel, contra la población palestina de Gaza, con repercusiones en Cisjordania y con riesgo de escalada militar israelí contra el Norte del Líbano, donde ejerce control el grupo armado proiraní Hezbollah. El descontrol de Joe Biden sobre su aliado israelí, Benjamin Nethanyahu, resulta clamoroso, tanto como para haber incendiado de protestas masivas más de 150 campus universitarios y decenas de ciudades estadounidenses, europeas y árabes, cuyos manifestantes acusan al presidente Biden de complicidades genocidas y amenazan su cada vez más inviable reelección presidencial.

Al fondo, Donald Trump

A propósito de la otra guerra en la que Estados Unidos se ve involucrado, la que desde febrero de 2022 libran Ucrania y Rusia, la teledirección desde Washington y vía OTAN de la política armamentística y la contienda ucranianas, encuentra una resistencia cada vez mayor en filas republicanas. El candidato Donald Trump, tras sortear varios procesos judiciales, parece hacerse eco de las protestas rampantes dentro de su partido por los copiosos fondos estadounidenses destinados al inestable régimen ucraniano de Vlodomir Zelensky, que con sus magros resultados en los campos de batalla, donde Rusia parece llevar la iniciativa en el ataque y en la autodefensa, ahuyenta a los donantes a seguir financiando a fondo perdido al antiguo cómico y showman de la televisión ucraniana devenido en presidente del país eslavo.

La OTAN reúne en Washington entre el 10 y el 11 de julio de este año a los jefes de Estado y de Gobierno de los países miembros, tras una reunión en Bruselas de los respectivos ministros de Defensa, donde se han incluido líneas de actuación sobre hipótesis que contemplan la escalada nuclear del conflicto. Según Jens Stoltenberg, secretario general saliente de la OTAN —que será sustituido por el holandés Rute— las dificultades para el acuerdo sobre estas materias a discutir entre los aliados se hallan en el plano semántico, al respecto de la integración de Ucrania a la OTAN, proceso en marcha desde 1992 y hoy en torno a la búsqueda de un lenguaje capaz de ser aceptado por todos los miembros y superar los escollos que a esa escalada oponen países de la Alianza Atlántica como Hungría y Eslovaquia. Por cierto, país éste cuyo primer ministro, Robert Fico, sufrió un atentado con arma de fuego y a quemarropa a manos de un “perturbado prorruso”, según fuentes occidentales, apenas unos días después de que el político eslovaco anunciara su inquietud y rechazo sobre una futura incorporación de Ucrania a la OTAN, en la que veía el origen y escalada de la presente guerra.

Moscú percibiría la integración ucraniana en la Alianza Atlántica como una amenaza existencial contra la Federación Rusa, tras considerar que la secuencia consecutiva de incorporaciones a la OTAN desde los años 90 del siglo XX, de Polonia, República Checa, Hungría, Rumanía, Bulgaria, con la adición de Ucrania, vulneraba los acuerdos verbales pactados por Mijail Gorbachov antes de decidir la desintegración de la Unión Soviética y la disolución del Pacto de Varsovia, pacto militar de las antiguas repúblicas denominadas democráticas y populares del este de Europa vecinas de la URSS.

La prolongación de la guerra obliga a China a apoyar a Rusia. Mientras más dure el involucramiento estadounidense en Ucrania más tardará en hostigarles

China sujeta y observante

Atención especial en torno a la guerra ruso-ucraniana merece China, superpotencia emergente y aliada de Rusia en esta contienda por razones obvias: comoquiera que el próximo objetivo económico, financiero y militar de Estados Unidos y de la OTAN es precisamente China, según autoridades militares y políticas occidentales han reiterado, la prolongación de la guerra en Ucrania obliga al país asiático a apoyar a su vecino euroasiático ruso, cuyas barbas Washington pretende pelar ahora en Ucrania, habida cuenta de que las próximas barbas a pelar serán las de China, como desde Pekín se percibe. Mientras más dure el involucramiento estadounidense en Ucrania, país al que Washington está armando a una escala solo conocida en Israel, más tardará Estados Unidos en acosar, incluso hostigar al gran país centroasiático. El eje Moscú-Pekin es objeto de permanente inquietud en el Occiente hegemonizado por Washington.

Además, las prohibiciones y boicoteos estadounidenses contra productos rusos energéticos y de otra índole han generado un comercio alternativo  ruso de su gas e hidrocarburos hacia China en condiciones muy ventajosas, extensibles además a otros Estados como la India, Brasil y Venezuela, mientras que el peso de tales vetos y prohibiciones ha caído sobre Europa, señaladamente sobre Alemania, obligada a adquirir Gas Natural Licuado a Estados Unidos, mucho más caro que el procedente de Siberia, que Rusia bombeaba a través del gaseoducto Nord Stream 2, volado con explosivos en septiembre de 2022 por agentes muy presumiblemente occidentales en una operación clandestina. La voladura del gaseoducto, que puso en un trance realmente grave a la industria alemana y disparó los precios de la energía en toda Europa, apenas fue contestado por el Canciller de la República Federal Alemana, el socialdemócrata Olaf Scholz que, precisamente por su silencio ante aquel atentado criminal, sufre una serie de reveses electorales que pueden desalojarle a él y a su partido del poder, que gobierna aliado de los Verdes, hoy travestidos en militaristas partidarios de seguir armando hasta los dientes al régimen ucraniano de Zelensky, en la estela de lo que muchos de los Gobiernos europeos preconizan.

Es descorazonador confirmar que ninguno de los poderes ejecutivos del Viejo Continente se ha planteado abiertamente promover la proposición de una tregua en la guerra ruso-ucraniana, donde las cifras de víctimas de combatientes y, en menor medida, de civiles se desconoce por las restricciones informativas impuestas por ambos bandos. Mas pueden contarse ya en decenas de miles.

Relevos en la defensa rusa

En el interior de Rusia, la reciente destitución del ministro de Defensa, Sergei Shoigú, ahora destinado al Consejo de Seguridad de la Federación Rusa, tras ser relevado por un economista, el tecnócrata Andrei Belusov,  parece preludiar un nuevo paso hacia un tipo de guerra en Ucrania más tecnológica que la tradicional y doctrinaria pauta bélica seguida por el ministro relevado, coplanificador, con Vladimir Putin, de la guerra contra el país vecino. Ministro durante doce años, Shoigú protagonizó un enfrentamiento a cara de perro con Yevgeni Prigozhin, líder del grupo mercenario Wagner, exponente armado de la presencia militar rusa no regular en el Sahel y África Central, así como en la propia guerra de Rusia en Ucrania. Las discrepancias del líder de la organización de mercenarios con el ministro relevado ahora, llevó a Prigozhin a protagonizar, en agosto de 2023, una marcha de sus tropas hacia Moscú, que determinaría su retiro de la escena bélica y política. Junto con su estado mayor de nueve miembros, el dirigente de la compañía mercenaria Wagner hallaría la muerte en agosto de 2023 a bordo de un avión Embraer 135 que explotó en vuelo, en un accidente aéreo registrado en un aeropuerto de la región de Tver, a unos 180 kilómetros de Moscú. Las autoridades del Kremlin desmintieron cualquier tipo de implicación en lo sucedido entonces.

Como cabe confirmar, la guerra ruso-ucraniana, iniciada ocho años antes de la fecha considerada inicial, tuvo su origen en las razzias represivas desplegadas por los Gobiernos prooccidentales de Kiev contra la población minera y prorrusa del área carbonífera del Donbass, al Este de Ucrania, a partir de 2014. El diseño económico neoliberal y ultracapitalista de los gobiernos ucranianos, protagonista en aquel año del golpe de Estado contra el presidente ucraniano prorruso Víktor Janukovich, al que derrocaron tras una llamada “revolución del Maidán”, inducida desde la subsecretaria de Estado norteamericana Victoria Nuland, desmantelaba de facto la estructura económica minera de la región, de lengua y cultura rusas, que optó por pedir ayuda a Moscú ante la hostilidad del Gobierno de Kiev. La ayuda rusa sería formalmente denegada en un primer momento, hasta que un referéndum popular dio luz verde a la alianza con —y a la protección de— la Federación Rusa. Hasta 14.000 muertes, señaladamente de lugareños prorrusos de la región, se habían cobrado las acciones armadas protagonizadas por grupos nazis ucranianos que se reivindicaban seguidores del nacionalista ucraniano antisoviético Stefan Bandera. Estos contingentes nazis vertebraron el ejército ucraniano en su origen.

Observadores internacionales la conciben como un ardid de la OTAN para oscurecer la crisis política interior en Estados Unidos

Llama la atención la obstinada fijación de los gobiernos occidentales por seguir armando a Ucrania con armas norteamericanas y británicas cada vez más sofisticadas y peligrosas por el riesgo de escalada, en medio de una deserción cada vez más generalizada de los combatientes ucranianos y una postración de la motivación para el combate, según subrayan distintos analistas estadounidenses y europeos. En algunos medios políticos críticos hacia la política de Washington y su involucramiento armamentístico tan creciente en la guerra en Ucrania, tal actitud se contempla como un señuelo para distraer la atención de la conflictiva y polarizada política interior norteamericana. De ella, los más perspicaces aprecian una escisión social y política cercana a la contienda civil, como se puso de manifiesto en la toma del Capitolio de Washington por masas enfervorizadas trumpistas para tratar de impedir el nombramiento y aval parlamentarios a la Presidencia de Joe Biden, en enero de 2021. Si Trump ganara las elecciones en su país en noviembre de este año, tal vez el fin de la guerra en Ucrania se encuentre más próximo, según se desprende de sus propias declaraciones. Su prolongación en el tiempo, afianzaría el eje Moscú-Pekín y la confrontación geoestratégica entre la superpotencia y las grandes potencias euroasiáticas se aceleraría, como parecería probable.

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