Coyuntura

El proyecto más adecuado parece ser la construcción de un frente amplio articulado y programático, donde cada parte conserve su mochila histórica y sus perfiles, y las decisiones se resuelvan de forma participativa
Manifestación del 28F en Andalucía | Foto: PC Andalucía

La coyuntura no es un “pantallazo” o una primicia de esa actualidad rabiosa que ha impuesto la posmodernidad. O por lo menos no hablamos de este asunto. Hablamos más bien de un cruce complejo de causas y consecuencias, de fuerzas en presencia y transformaciones sobre la marcha que llega a producir las condiciones específicas de un presente que, en su contenido real, no puede darse antes ni después, sino en un momento determinado de la historia. Por ejemplo, el 1917 ruso y el papel de protagonista, por decirlo así, de Lenin. En aquel momento, dadas las condiciones creadas, muchas de ellas en proceso latente, Lenin supo hacer confluir los elementos que podían dar la vuelta (revolucionar) todo un ciclo histórico, y revolucionarlo en un momento concreto único, que posiblemente no admitiría una segunda oportunidad. En este sentido no se puede decir simplemente que Lenin desarrolló a Marx, sino más bien que lo amplió, incluso lo contradijo, dado que el de Tréveris hablaba del cambio transformador a través del desarrollo de las fuerzas productivas y su contradicción estructural con el capitalismo. Y no solo por razones de una planificación consciente; Lenin, a la hora de caracterizar los resultados, muchos de ellos imprevistos, llegó a citar a Goethe, diciendo que la ciencia es gris pero el árbol fortuito de la vida es verde.

La coyuntura que atraviesa la vida política, social e ideológica española no es precisamente revolucionaria, sino, quizás, todo lo contrario. En todo caso sería preciso hacer un esfuerzo (modesto en mi caso) para situar en ese todo complejo la existencia de la izquierda transformadora y su línea de futuro.

Estamos viviendo el primer capítulo de la construcción de un Estado compuesto, plurinacional y solidario. Una superación del régimen del 78, de ahí la actuación del partido de los jueces

De una parte está la conformación de la forma del Estado, rotos ya algunos perfiles de autonomismo, que se empezó a configurar a partir de 1978. Y hay que decirlo directamente en este breve texto: Sánchez, que habla ya sin tapujos de proyecto federal, ha pactado su continuidad con todas las fuerzas republicanas del país, y algunas de ellas, determinantes aritméticamente, son fuerzas territoriales, procedentes, por ejemplo de las nacionalidades históricas. En una de las cuales, Cataluña, se ha producido una coyuntura independentista en sentido fuerte. En todo caso, lo que estamos viviendo, se diga o no, es el primer capítulo, aún no consolidado, de la construcción de un Estado compuesto, plurinacional y solidario. Y se compone, no podía ser de otra manera, con los mimbres en presencia, entre ellos la falta de aquel poder andaluz que condicionó las simetrías a partir de 1980. Simetrías y estabilidades que a partir de ahora pueden cristalizar de otra manera, con otras hegemonías. Caben, al paso, algunas preguntas: ¿Cómo evitar un proceso que inicie la confederación de ciertos territorios y la regionalización del resto, con condiciones financieras diferentes? ¿Cómo evitar una espiral enfebrecida, e injusta, de catalanofobia?¿Cómo hacer comprender que el inicio de construcción de un Estado compuesto es un triunfo de la izquierda y no lo contrario? En cualquier caso hablamos de una superación del régimen del 78, de ahí la durísima oposición que está sufriendo, y así hay que entender la actuación del partido de los jueces.

De otra parte, cambiando de ámbito, la coyuntura nos arroja, como un golpe de dados sobre el tablero, la necesidad de aclarar el presente y el futuro de la izquierda transformadora española. Dicho tema parece urgente dada la prisa que se está dando la recomposición del bipartidismo.

Creo efectivamente en su urgencia. Los métodos y resultados finales en las elecciones de las nacionalidades históricas, incluida Andalucía, considero que exigen un análisis de cara a las generales. Y no vale decir que quedan tres años. El tiempo es agua entre las manos, máxime si se piensa el otoño convulso que nos espera. Y la izquierda transformadora no está en condiciones de volver a improvisar una respuesta, a riesgo de seguir alimentando el bipartidismo y de perder el tren de la nueva fase.

Me cabe, en todo caso, inspirarme en reflexiones que han hecho los órganos del PCE o reiterar los términos del discurso que sigue desgranando el actual coordinador de IU. Aunque no voy a repetir mecánicamente sus argumentos, que suelen estar más medidos que los que yo utilizo en versión libre. En este sentido, la idea de levantar un proyecto sin estructura ni arraigo territorial, que no se basa en la democracia interna y lo confía todo a la fuerza carismática de un hiperliderazgo, no es el camino. Al final todo se reduce a negociaciones bilaterales entra la “marca” y distintos adherentes minoritarios. Y, además, una “forma” con estas características no puede basarse siquiera en la construcción participativa ni en un programa.

El proyecto más adecuado parece ser la construcción de un frente amplio articulado y programático, donde cada parte conserve su mochila histórica y sus perfiles, y las decisiones se resuelvan de forma participativa.

Modestamente se trata de situar algunos elementos y realidades en el seno de una coyuntura que, dadas las condiciones creadas, puede estallar en cualquier momento. Estamos en una coyuntura histórica en la que es necesario definirse. Definirse para seguir existiendo y tener impulso hegemónico en el mapa político que se está diseñando en España con fuerte hegemonía del PSOE. Hay trenes que solo pasan una vez y, si no los has cogido desde el principio, es importante cogerlos aunque sea a mitad de camino. Yo no creo que haya una segunda oportunidad.

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