En el año 1985 yo aún no era mayor de edad, Argentina había regresado a la democracia hacía dos años y todas las promesas emancipatorias acerca de un nuevo orden mundial de la información y la comunicación (NOMIC) discutidas a lo largo de los 70 en foros internacionales patrocinados por UNESCO a instancias del Movimiento de Países no Alineados (MPNA) y publicadas en un libro titulado Un solo mundo, voces múltiples, llevaban 5 años archivadas y muriendo de silencio. Ese año también aconteció el primer retiro de Estados Unidos de la UNESCO, y se estrenó en el cine de mi barrio Volver al futuro.
Han pasado casi 40 años. Estados Unidos regresó a la ONU y se volvió a retirar, hubo una cumbre Mundial sobre la Sociedad de la Información y el mundo se plataformizó progresivamente desde el 2000 y con una velocidad exponencial 20 años más tarde en el marco de una pandemia global, mientras veíamos cumplirse ante nuestra mirada perpleja el dictum que sentenciara que todo lo sólido se desvanece en el aire.
Aun así, recordar un antiguo film como hecho de la cultura masiva que sobrevive como huella mnémica intergeneracional, tiene un sentido. Porque frente al aceleracionismo cognitivo y la cultura memética que construimos cotidianamente, hay algo interesante allí que da lumbre a una idea que quisiera retomar como licencia retórica para el análisis de las políticas de comunicación y su vínculo con la democracia en el presente.
El argumento del film en cuestión es de ciencia ficción…pero en fin. Detengamos aquí el sarcasmo. Se enfoca en la vida de un adolescente, Marty McFly que por causas fortuitas viaja en el tiempo, hacia el pasado y de algún modo logra intervenir el curso de la historia para asegurar su existencia en el futuro, vale decir en su presente. La máquina del tiempo fabricada por el excéntrico Dr. Brown le permite ir hacia el pasado, arreglar los desajustes y regresar, sano y salvo.
Toca construir las políticas de comunicación para la democracia que se requieren en un mundo en el que las asimetrías de poder y las desigualdades se han profundizado
Pues bien, nuestro mayor desarrollo científico en el presente y también nuestra mayor incertidumbre como sociedad, es la inteligencia artificial generativa y ni aun desde esta frontera es posible viajar al pasado, arreglar lo dañado y regresar sano y salvo. Por tanto, toca construir desde el presente, con ciencia y sin ficción las políticas de comunicación para la democracia que se requieren en un mundo que ha cambiado de modo sustantivo en algunos aspectos pero en el que las asimetrías de poder y las desigualdades se han profundizado.
No hay nada importante sobre el vínculo entre comunicación y democracia que se haya omitido exponer en los numerosos documentos de derecho público internacional suscriptos desde 1970 en adelante por la comunidad internacional en términos de derechos humanos, pluralismo, diversidad y acceso. Pero digámoslo todo: muchas de estas declaraciones, directivas, pactos, tratados etc. no logran inscribirse en los plexos normativos nacionales y, aun cuando lo hacen, su implementación resulta controversial, demorada o parcial. Y, por otra parte, estos acuerdos se aplican en un mundo que ha cambiado en términos de volumen, velocidad, publicidad y capacidad de interacción de los individuos y por tanto se requiere una actualización y resemantización de términos, conceptos que ya no logran incluir nuevos problemas vinculados a la digitalización, la plataformización y los puntos oscuros de la infodemia.
Uno de los acuerdos internacionales fundamentales acerca de las políticas de comunicación y su vínculo con la democracia nos señala que es necesario para asegurar el desarrollo armónico, equitativo y justo de una sociedad que el acceso a los medios de información no esté restringido a unos pocos actores. Este principio estalla a diario con los sistemas de información plataformizados y no ha podido ser convenientemente regulado y moderado en sociedades de diversas características y en el marco de gobiernos presidencialistas o parlamentarios. El final del día vemos cada vez más y con mayor preocupación cómo los actores privados avanzan imponiendo sus propias reglas de juego sin encontrar demasiada resistencia.
Los Estados deben establecer límites a la propiedad de los medios de comunicación y garantizar el acceso, la participación y la transparencia en los mismos
Aquí ingresa el segundo punto crucial de las políticas de comunicación para la democracia, y es la idea de que son los Estados los que en primer lugar definen a partir de la construcción de consensos con diferentes actores sociales, las reglas de convivencia democrática en los ecosistemas de medios, estableciendo límites a la propiedad, garantizando formas de cuidado para los públicos, aportando elementos para construir una comunicación ciudadana en el marco de vectores tales como el acceso, la participación y la transparencia. Pero la escena contemporánea refracta la imagen un espejo trizado, donde una suerte de “anarcoplataformismo” busca reescribir por sobre los Estados y las uniones o mercados regionales reglas de juego que ya no solo atañen a los medios de comunicación tradicionales, sino que se engullen como una gran bestia, todo lo que circula en el espectro radioeléctrico o en la fibra o lo que se aloja en las nubes privativas. El capitalismo de datos ya no es una ficción, es la nueva máquina de producción de valor, y la sociedad del riesgo no es una proyección sino que se enuncia en IA Act, como un principio organizador de las futuras regulaciones, donde queda por discutir cuál es la parte del riesgo inadmisible que tienen los sistemas de IA aplicados a la comunicación.
En este contexto, construir un régimen de verdad que haga lugar a los trabajadores de los medios y a los ciudadanos cada vez más infoxicados, es tal vez el gran desafío de las políticas de comunicación para la democracia en el presente.
Si volviéramos al pasado, veríamos con asombro, que hubo un germen de democratización de las comunicaciones que tuvo lugar en el marco de un reordenamiento internacional, como respuesta alternativa a la guerra fría, y que no logró sostenerse y proyectarse con la suficiente fuerza. Que fueron diseñadas allí muchas claves que siguen siendo válidas para el presente pero en el marco de un orden mundial que se proponía y fracasó. Hoy el nuevo orden mundial es otro. Ganaron las plataformas y los Estados deben entender lo que ha pasado y actuar en consecuencia.
Desafortunadamente no tenemos la máquina del doctor Brown, para viajar en el tiempo y arreglar las cosas y evitar el curso de la historia que ha tenido lugar.
Lo que queda es el trabajo en el presente y las arqueologías del porvenir para, en todo caso, no replicar errores, realizar trabajos interdisciplinarios articulados y comprender de una vez la centralidad de la comunicación para el sostenimiento de nuestras democracias amenazadas.







