La Revolución de Asturias de 1934 ha sido un hecho histórico clave en la primera mitad del siglo XX español, pero no por ello ha sido menos víctima del olvido que otros muchos hitos ocultados por la “historia oficial” de los cuarenta años de dictadura. Una vez finalizada ésta, la alargada sombra de la Guerra Civil ha difuminado su importancia y excepcionalidad, que explican en gran parte el propio conflicto y sus consecuencias.
Era, quizás, el cómic, el medio ideal para narrar una historia como ésta. El lenguaje secuencial sufre en nuestro país (más o menos) los mismos males que el evento que yo quería narrar en viñetas. Sufre del desconocimiento de quienes le niegan su valor, pasa desapercibido en comparación con otros lenguajes y formas de expresión artística, es una mezcla de muchas cosas, un lenguaje híbrido, caótico a veces. Pero su valor está en su afán de ser popular, de llegar a todas partes, de ser accesible, de transmitir un mensaje. Este lenguaje, también revolucionario a su manera por su mecanismo narrativo, me sirvió para rescatar la memoria de una revolución olvidada y realizar de paso un retrato social, que abarca varias generaciones y diversos territorios, y que, andando el tiempo y siendo el libro traducido a otros idiomas, he descubierto que retrata asimismo otras gentes de otros lugares más o menos lejanos con un nexo común: la marca indeleble de la conciencia de clase trabajadora.
No conozco otras novelas gráficas sobre la Revolución de Octubre, lo que no significa que no las haya. Pero sí conozco otros autores o autoras embarcados en la tarea de la recuperación de la memoria de España. La memoria histórica no era un terreno vedado a los historietistas hace años, pero se ha convertido recientemente en una prioridad, casi en una urgencia, para un grupo numeroso de creadores que acomete la tarea como una responsabilidad cívica: la de traducir al lenguaje del cómic el país que fuimos para construir de la mejor manera posible el país que seremos.
Algunos ejemplos son los asturianos Ruma Barbero o Guillermo Menéndez Quirós, que retratan en sus obras la Guerra Civil o la posguerra para dejar constancia de una derrota que se alargará en el tiempo, o la madrileña Teresa Valero, que reconstruye los años dorados del Franquismo en contraste con la otra mitad de una nación que llevaba partida por la mitad desde mucho antes del octubre asturiano. El trágico río de inmenso caudal que desbordó España durante el siglo XX pasa por todos estos estadios, pero la fuente de la que nace hay que buscarla monte arriba: en la Revolución de 1934 (y quizá aún mucho más atrás, en las huelgas de los años 20, Annual, la Semana trágica, y todavía más lejos…).
Para mucha gente de los valles mineros de Asturias aquellos quince días duraron tanto como dura una civilización antigua cuyo eco se escuchaba todavía en algunas conversaciones
La balada del norte, que es mi particular homenaje en forma de canción dibujada a una época y un territorio, consta de cuatro volúmenes. Si hubiera podido, si hubiera tenido tiempo y energía, si dibujara páginas como los mineros de hace un siglo picaban carbón —es decir, a destajo— hubiera realizado otros cuatro libros, y quién sabe si no cuántos más. Porque la idea del libro nace de la necesidad de explicar un momento histórico para el que no encontraba un por qué. Un momento fugaz, además, que dura dos semanas. Apenas quince días, que vistos los parámetros que se utilizan para medir la gran historia, es un aleteo de mariposa, un suspiro, una gota de agua cayendo al suelo. Y sin embargo, para mucha gente de los valles mineros de Asturias aquel momento fugaz duró tanto como dura una civilización antigua, como un imperio, cuyas ruinas no podían contemplarse pero cuyo eco se escuchaba todavía en algunos pueblos, en algunas conversaciones, algunos días del año.
Albert Camus tradujo aquella revuelta a una obra de teatro, hoy casi tan olvidada como la insurrección que evocaba. La reverberación de todo lo que pasó en Asturias llegó al Argel de los años treinta, e impulsó a un grupo de jóvenes periodistas a dejar constancia por escrito del momento histórico que estaban viviendo a más de un millar de kilómetros de distancia. Este hecho da la medida de la importancia del “octubre asturiano”, y nos obliga a los autores asturianos a comprometernos con su memoria, su comprensión, su difusión y pervivencia. Decía Camus en aquella obra teatral hablando por boca de un minero revolucionario que “cuando llegue la próxima nevada, ya nadie hablará de mí sobre la tierra”. Pero Camus, que nunca estuvo en Asturias, no sabía que raramente nieva aquí en noviembre, y que casi un siglo después seguimos hablando de aquella vieja historia.







